Disponible en: Catalán

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Imagen de portada: Rafel Jaume


Esta historia forma parte del relato Mi romance con el Zorba y es la continuación de Sentado en el Bauprés, Cabalgo sobre las Olas.


Dúo de guitarras con Emili en la navegación de mayo del 98, la más divertida y gamberra de mis salidas al mar. Foto: archivo Rafel Jaume

Debió ser a finales del verano de 1998 cuando Emili me convenció para acompañarlo en aquella descerebrada aventura de la que no hay gran cosa que contar, salvo que, llevando el timón, estuve a punto de reventar el casco de aquella cáscara de huevo que parecía estar hecha de papel de fumar. La mar gruesa —oleaje de 2,5 a 4 metros— no supone mucha dificultad en el Atlántico, donde las olas vienen bastante distanciadas y son fáciles de surcar, pero en el Mare Nostrum las puñeteras parecen perseguirse y dejan muy poco espacio entre una y otra para maniobrar. En palabras de Kenneth, amigo y asesor en materia náutica de este relato, «el Mediterráneo, con más de mar gruesa, es un muro. Más vale mostrarle la popa». Yo no sé si tenía ante mí olas de 3, 4 o 5 metros; no tenía tiempo ni ánimo para medirlas. Sólo recuerdo que te hacían perder el mundo de vista  que hasta que no estabas sobre la cresta de una, no veías la que le venía detrás.

En palabras de Kenneth, amigo y asesor en materia náutica de este relato, «el Mediterráneo, con más de mar gruesa, es un muro. Más vale mostrarle la popa «. Foto: archivo Rafel Jaume

Tras horas de abrir una y otra vez la proa al viento para remontar una tras otra las olas, orzando rápidamente a golpe de timón para descenderlas, como había aprendido a hacer de niño, con olas mucho más amables, al timón del Atlántida, tras un interminable navegar arriba y abajo y en zigzag como un caballito de feria desbocado sin ningún incidente, no conseguí ofrecer la amura a una enorme ola demasiado arrimada a la anterior y la acometí de proa. El velero, de cuyo nombre ni me acuerdo ni quiero acordarme, se alzó majestuoso sobre la cresta mostrando impúdicamente dos tercios de su obra viva. Del pantocazo que dio aquella cáscara de fibra de vidrio al caer de lleno contra la dura superficie del enfurecido Mediterráneo, Emili, que en aquel momento estaba en la cabina con Helena, intentando recuperarse ambos de una inoportuna indisposición, salió como alma a quien persigue el diablo, pensando si no habría llegado el fin del mundo o, por lo menos, el punto final de nuestra aventura. No fue ni lo uno ni lo otro, pero para mí que los síntomas de la indisposición debieron esfumársele de golpe.

Finalmente, llegamos sanos y salvos a puerto, pero aún nos esperaba una última sorpresa. En el momento de amarrar el velero, no encontramos a bordo ni un solo cabo suficientemente largo como para merecer el nombre de amarra. No recuerdo cómo salimos del paso pero dejamos aquel barco sin sentimiento alguno de añoranza y no creo que Emili aceptara ningún encargo más de su propietario.

El Sirius ponía rumbo a la costa valenciana… Foto: Rafel Jaume

En cambio, la primera de mis dos travesías a Barcelona fue una experiencia de las que hacen currículum y merecen ser recordadas. En mayo de 1997, el Sirius, entonces buque insignia de Greenpeace Holanda (Wikipedia), ponía rumbo a la costa valenciana con la intención de documentar y denunciar las malas prácticas de la flota pesquera de arrastre, para luego virar a estribor e ir a recalar en el puerto de Barcelona.

El Sirius, como todos los barcos de Greenpeace que pude visitar en el puerto de Palma, parecía un museo flotante. Tanto la cubierta como cualquier rincón del interior estaban en todo momento en perfecto estado de revista. El orden y la limpieza a bordo me parecieron casi enfermizos, como si una epidemia de trastorno obsesivo compulsivo se hubiera adueñado de los miembros de aquella tripulación de aspecto desarrapado, que más bien parecían integrantes de una comuna hippy que lo que en realidad eran: una tropa disciplinada y dispuesta a enfrentarse pacíficamente a fuerzas más poderosas en número, medios y presupuesto.

Corrí a coger mi Minolta X-300 y me dediqué a inmortalizar el momento. Foto: Rafel Jaume

La jornada a bordo empezaba temprano. A las ocho, habiendo desayunado, todo el mundo estaba atareado hasta las doce, cuando se detenía la actividad una hora para comer. A la una se reanudaban los trabajos hasta las cinco de la tarde. A los voluntarios se nos encargaron diversas tareas de limpieza y mantenimiento; básicamente, dar capas de pintura allá donde el óxido devoraba el acero del venerable navío. Ese día, sin embargo, al divisar la flota pesquera, se nos permitió interrumpir el trabajo. Corrí a por mi Minolta X-300 y me dediqué a inmortalizar el momento. Fruto de aquel febril ataque de entusiasmo documentalista tengo un buen puñado de fotos de pesqueros valencianos con las que no sé qué hacer.

Uno de los pesqueros valencianos inmortalizados por mi Minolta. Foto: Rafel Jaume.

Mientras hacía prácticas de reportero gráfico, me dijeron que Xavier me requería en el puente. Extrañado, me presenté en el acto preguntándome qué querría de mí el director ejecutivo de Greenpeace. Lo encontré hablando por radio con los pescadores Les informaba educadamente de la prohibición de pescar con aparejos de arrastre en aquella área y los conminaba a dejar de incumplir la legislación vigente, una exigencia que, por supuesto, sabía bien que los pescadores se pasarían por las criadillas, pero que formaba parte del protocolo de Greenpeace: informar al infractor, documentar el hecho y denunciarlo a las autoridades.

Pinxo y dos tripulantes en el puente del Sirius. Foto: Rafel Jaume.

Por la radio, se escuchaba a los pescadores contestar de malas maneras y charlar entre ellos en un idiolecto del valenciano que no había cristo que lo entendiera. Para eso me había hecho llamar Xavier, por si yo me vería capaz de hacer de traductor. Pese al interés que ya profesaba entonces por los dialectos del catalán y entender perfectamente el valenciano, un habla que me resulta especialmente agradable al oído, aquella retahíla de insultos, blasfemias y palabras groseras, pronunciadas a una velocidad vertiginosa y con una voracidad fonética que dejaba el discurso reducido a un vómito de ladridos, relinchos y bramidos impropios de cualquier lengua moderna con vocación de perdurar, me resultó del todo indescifrable. Aquellos hombres no hablaban; mutilaban el idioma.

De las conversaciones entre los pescadores, que era lo que más interesaba decodificar, sólo pude captar algunos vocablos dispersos con los que fui incapaz de componer frase alguna con un mínimo de coherencia. Fracasé en la misión encomendada, pero tuve el privilegio de disfrutar de una vista incomparable del espectáculo. De todos modos, todo el mundo en el puente intuía el leitmotiv de toda aquella palabrería: que nos podíamos ir a tomar por la popa.

Tres tripulantes del Sirius de buen rollo. Foto: Rafel Jaume.

Las horas de ocio las dediqué a dejar constancia fotográfica, en blanco y negro y en color, de la experiencia y a relacionarme con la tripulación. De aquellos momentos y de aquellas personas, de tan diversos orígenes, razas, religiones y costumbres, conservo una sensación de concordia y buen rollo como en pocos lugares he encontrado. Después de cenar, el capitán, Peter Schwarz, un suizo fornido, barbudo y callado que durante el día se había mostrado serio y distante, se mostraba de bastante mejor talante y parecía sentir un placer especial por invitar a quien lo quisiera catar a un espeso y delicioso café turco que preparaba él mismo taza por taza. Lo degusté y puedo dar testimonio de que espoleaba el ánimo y derrotaba el sueño.

Peter Schwarz, capitán del Sirius. Foto: Rafel Jaume.

Llegando al puerto de Barcelona, me dieron una enorme defensa esférica y me hicieron tomar posición en un punto de la borda de babor. El Sirius iniciaba la maniobra de amarre para quedar abarloado. Mi tarea era muy simple. Debía dejar colgando aquel enorme balón rojo entre el acero del casco y el cemento del muelle, sosteniéndolo por la cuerda a la que estaba atado. Pero, llegado el momento en que el buque se acercaba implacablemente a tierra, el capitán, que supervisaba la maniobra desde cubierta, se me quedó plantado justo detrás, observando fijamente mi defensa. Mi imaginación empezó a hacerme la puñeta. ¿Colocaría la bola en el punto y el momento preciso? ¿Me fallarían las manos y la dejaría caer? ¿La pondría demasiado arriba y saldría disparada hacia el cielo abierto como un globo aerostático?

Autorretrato a bordo del Sirius. Puerto de Barcelona, 1998. Foto: Rafel Jaume (con temporizador).

Llegó el momento crítico. El motor del Sirius rugía a toda máquina marcha atrás para aminorar la embestida haciendo bullir las grasientas y oscuras aguas del puerto de Barcelona. Con la incómoda i severa presencia de Peter haciéndome cosquillas en el cogote, dejé suspendida entre el casco y el muelle —mira tú qué proeza— la gran pelota de plástico, que se aplastó hasta lo imposible bajo la enorme presión del choque, como si fuera a reventar. En aquel momento, oí, como un susurro detrás de mí, —I like this, —y el capitán siguió tranquilamente su ronda. No soy tan inocente como para creer que con aquel comentario pretendiera alabar mi pericia colocando la defensa. Peter debía hablar en voz alta pensando que le gustaba como estaba yendo la maniobra en general, pero quedé aliviado de por lo menos no haberla cagado ante sus helvéticas narices.

Lástima de no haber vivido a bordo del Sirius una acción de aquellas con lanchas neumáticas a toda velocidad portando pancartas a las que Greenpeace nos tenía acostumbrados. Más adelante tendría la ocasión de participar por dos veces como fotógrafo en pequeñas acciones locales, una con pancartas en Es Trenc y la otra a bordo de una lancha, de noche, en el puerto de Palma.

Elsa sentada en el bauprés del Zorba. Foto: Rafel Jaume.

Pero esas son otras historias que tal vez un día te contaré. Ahora quiero quedarme un rato más sentado aquí, en el bauprés del Zorba, donde no hay preocupaciones, ni dolor, ni calambres, ni espasmos musculares, ni úlceras por presión, ni infecciones de orina; donde mi cuerpo se mueve libre y no necesita las manos de otros; donde mis piernas se balancean sobre el agua, donde puedo abrir los brazos y planear como una pardela sobre las olas y sentir cómo el viento juega con mis dedos, porque aquí, en el bauprés del Zorba, mi piel es sensible al placer; todos mis sentidos lo son y me invitan a quedarme.


CONTINUARÁ


Para acabar, esta vez te dejo dos vídeos:

  1. Una pequeña historia de las acciones más espectaculares del Sirius y una buena noticia:
  2. El Sirius no fue finalmente desguazado y permanece actualmente en el puerto de Amsterdam. El año 2014, el proyecto Save the Sirius pedía ayuda para restaurarlo.


Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

Si te ha gustado, me lo dices y, si no, perdices.

Deja un comentario si viene a cuento; compártelo en tus  redes y me tendrás contento.

Salud y que tengas un buen día.

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