Disponible en: Catalán

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Escribí este breve relato en octubre de 2019 como primera actividad del curso Cuento I de la Escuela de escritura del Ateneu Barcelonès. Teníamos que construir un cuento, con una extensión máxima de 5.000 caracteres, a partir de tres palabras clave: bogavante, fontanero y epitelio. La cosa quedó así:


Alergia

Se sientan a su mesa de siempre del café Argelia. Él la mira con la sonrisa apacible forjada a base de años de escucharla. Ella tiene la palabra.

—… y me invita a un arroz con bogavante. Te lo puedes creer? Y yo que no sé decir que no. Y mira que es feo, el pobre, pensé; pero me dio pena. Y allí me tienes, toda bien vestida esperándole, y se presenta, no te lo vas a creer, ¡con una furgoneta! ¡Una peste a perro…!

Nada ha cambiado en el Argelia, salvo el humo que ella ya no le sopla en la cara ni perturba el intenso aroma de café y licor que inunda el local; salvo las luces, que ya no son amarillas sino blancas y los nombres de los camareros, que conservan en cambio el tono de letanía —¡dos cortados, uno con leche fría y uno con sacarina!— con que declaman su eterno guión. Tú sí, que has cambiado, Greta. ¿O son tus historias que ya no desmigajan mis ganas de amar? ¿Mi gran amor? Aquello no era amor; ¿religión, tal vez? Tu eras el oráculo; yo el devoto feligrés, célibe y mártir.

—… unas manos de albañil con unos dedos como morcillas; y unas uñas … ¡madre de Dios, qué uñas! Ni que hubiera arañado carbón …

—Un café con hielo y un té con limón!

Los ojos de él van de los ojos a la boca de ella, sin poder mantener más de un rato la mirada en ninguno de los dos puntos. ¿Qué te has hecho en los morros? ¿No tenías suficiente glamur, que te los tenías que embutir como longanizas? ¿Y ese color? ¿No has encontrado un rojo más estridente?

—¿Has comido alguna vez bogavante? Es como la langosta, pero más… no sé… No hay mucha diferencia. Te dicen arroz con bogavante y te imaginas… ¿qué sé yo?… Tampoco me esperaba un dos estrellas, pero deberías haber visto qué antro. ¿Y él? ¡Dios mío, qué pinta! Parecía que más que comerlos, los tenía que ir a pescar, a los bogavantes. Y yo toda bien vestida…

—¡Un café irlandés y un Baileys!

Tal como los años han ido desnudando las capas del talante de ella, la venda de los ojos de él se ha deshilachado hasta llegar a desvanecerse su misterio. Acaba con esto, Xim. ¿Qué haces todavía, escuchando sus romances?

—… me coge una mano, con aquellas zarpas ásperas como piedra pómez, y le pregunto que de qué trabaja y, ¿sabes qué me dice? Que de fontanero, que arregla tuberías, que si tengo alguna por desatascar. ¿Te lo puedes creer? ¡Fontanero! ¡Ni en el más erótico de mis sueños! Y le pregunto si por eso tiene las manos tan rudas. Rudas, ¡madre del cielo!, No sé de dónde me salió esta palabra. Y él, que son los productos químicos que usa. Y yo, ¡ah! pensaba si no sería de apretar tuercas con su llave inglesa. ¿Te lo puedes creer?, ¡Con su llave inglesa! ¡Ja, ja, ja!

—¡Una manzanilla!

La sonrisa enigmática de Xim esconde, ¿quizá tolerancia, cinismo, indiferencia? Es la máscara que le permite aislarse de la palabrería de ella y sumergirse en sus propios pensamientos. Sus mejores años malgastados esperando, oyéndole las aventuras con pelos y señales, como si te fuera a importar qué le habían hecho; como si el relato de su placer tuviera que rellenar tu vacío y satisfacer tus instintos. ¿No eras acaso digno, de merecerla?, ¿de tocarla?, ¿de amarla? No, Xim. Somos amigos. No lo estropees, decías; pero bien que me explicabas los magreos de los demás.

—… ¡en su furgoneta! ¿Te lo puedes creer? ¡En el asiento trasero! Como si tuviéramos veinte años. Fue total, explosivo, salvaje …

—Unas hierbas dulces y otras secas con hielo!

¡Vamos, Greta! No te cortes. Dilo: ya podríais…

—Ya podriais tener cuatro manos, los hombres.

Y ahora redondéalo: U ocho …

—¡U ocho! Como los pulpos!

Gracias, Greta. La velada habría quedado coja sin eso.

—… y al día siguiente… tendrías que haberme visto. Roja de arriba a abajo, por delante y por detrás, y un picor… Rabiosa, estaba. Y yo venga rascar, y aquello que cuanto más rascaba más se encendía y yo más rabiosa todavía. Nada; que tuve que ir a urgencias. No sé ni cómo llegué…

En coche, supongo. ¿Pero qué haces aún aquí, Xim?

—… y me pregunta el médico si he comido algo fuera de lo normal, y yo, que había cenado de arroz con bogavante. Nada. Un antihistamínico y listos. ¿Te lo puedes creer? Alérgica al bogavante…

Tú tienes alergia al bogavante y yo a cada una de las cigalas que me has retratado en cada una de tus historias de alcoba.

—Y no le dijiste nada de tu aventura con el fontanero?

—¡Ja, ja! Que sarcástico.

—No. Lo digo en serio. Hay mucha gente alérgica al epitelio de los perros y… —la cara de ella dice que no lo ha entendido—. Epitelio… tejido epitelial… piel…

—¡Jesús, Ximet! ¿Por qué tienes que hablar así? ¿Ni que fueras dermatólogo?

—¿Porque soy… filólogo?

—¡Di piel, si quieres decir piel! ¿Sabes lo estirado que eres? ¡Por el amor de Dios! No me extraña que hayas mojado tan poco.

—¡Un carajillo de ron!

—No creo que el amor de Dios tenga nada que ver con mi… exigua promiscuidad. —Ella calcula si también se debe tomar esto como un sarcasmo; él aprovecha el silencio para sopesar sus próximas palabras—. ¿Sabes, Greta? Aunque no sea dermatólogo, no creo que seas alérgica al bogavante. Más bien diría que tu… piel… es sensible a los fontaneros rudos que no limpian su furgoneta ni se lavan las manos antes de ir a pegar un polvo.

Fin


Y esto ha sido todo.

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