Disponible en: Catalán

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El tercer cuento del curso Cuento I de la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, tenía que estar ambientado en los alrededores de una granja y tenía que versar sobre un padre o una madre que tiene un hijo en la guerra, pero no podíamos emplear ninguna de las palabras hijo, guerra ni muerte. En algún momento, el padre o la madre tenía que recordar una escena de la infancia del hijo. No podíamos superar los cinco mil caracteres. Opté por ambientar el relato en una era de batir y poner la voz del narrador en boca de la madre hablando en segunda persona a su hijo. Y así me salió la cosa:

Aquellos hombres

Andábamos los tres en la era cuando vinieron aquellos hombres. Tú conducías la burra. Andreu y yo, manos a las horcas, aventábamos las gavillas. Era un mediodía de julio. Caía una solana que astillaba las piedras. Sólo se oía el barullo del trillo batiendo el trigo y los rebufos de la res. Recuerdo la ropa húmeda pegada a mi cuerpo, y la piel de mi cara y mis brazos rebozada de cascabillo, polvo y briznas de paja. Lo recuerdo bien porque, al verlos de lejos llegar por el camino de la villa, con los cañones asomando a su espalda, el sudor se escarchó bajo mi ropa y se me heló la sangre. Mis sienes, por el contrario, ardían y tamborileaban desbocadas.

Fui la primera en dejar de aventar y quedar plantada mirándolos acercarse. Andreu me vio y apoyó sus manos sobre el mango de la horca, las puntas clavadas en el suelo. Me preguntó si sabía quiénes eran aquellos hombres. Yo, viendo la inocencia que rezumaba su cara redonda y encendida, temí que aquella dulzura de espíritu se pudiera quebrar de golpe para siempre, me encomendé al Espíritu Santo y mentí que no lo sabía.

Aquellos hombres me preguntaron dónde estaba tu padre y yo les dije que nos había dejado aún no hacía un año. Que si vivía alguien más en la casa, y yo, que no; que erais todo cuanto tenía. ¡Uno de los dos se viene con nosotros!, me soltó el que parecía mandar. Se me hizo un vacío en el vientre, me temblaron las piernas, se me desmoronó el cerebro. Les rogué, tú lo oíste, por el amor de Dios y María santísima, que erais dos niños aún, que os necesitaba a ambos para cultivar las tierras, que si me quitaban a uno, me partirían el alma en en dos. Querían darme a elegir y no tuve suficiente coraje.

Siempre fuiste más valiente que tu hermano mayor, miedoso y delicado como él solo. ¿Recuerdas cuando tu padre le quiso enseñar a cazar? Tú tenías diez y él doce. No tenías que ir, eras muy pequeño, pero te empecinaste y tuvo que llevarte.

—Pero no pegarás ningún tiro. Solo mirarás. Tienes que comer muchas sopas, todavía.

Andreu ya había dado el tirón y tu padre lo quería espabilar. Volvió hecho una furia, blasfemando improperios. Que nunca haríamos un hombre de él, que en lugar de cojones tenía cerezas, que yo tenía la culpa por haberlo mimado… Andreu no se había atrevido disparar. Los tiros le daban miedo.

—Se tapaba los oídos con las dos manos —dijo— como un puto mariquita.

Cuando tu padre le había dado la escopeta, la había cogido como bien había podido y había apuntado. Aquella liebre estaba a tiro, había dicho tu padre, pero tu hermano no había querido matarla. Tu padre decía que había tosido a propósito para asustarla. ¡Dispara, collonera, que aún se te escapará! Le quitó la escopeta y le partió la cara de una bofetada. Así me lo contó él entre llantos. Tú estabas delante y lo sabrás mejor que yo.

Al día siguiente al amanecer no estabas. Habías partido aún a oscuras. ¡¿Dónde está mi escopeta?! ¡¿Quien ha cogido mi escopeta?! Tu padre salió poseído y a medio vestir de casa. Al cabo de una hora, compareciste por el camino del bosque, arrastrando la escopeta con una mano y con una liebre en la otra. Tu padre te castigó sin comer, pero no te tocó ni un pelo. No podía esconderse de babear por ti.

—Este sí que será un hombre con lo que hay que tener en la entrepierna —dijo delante de Andreu mientras comíamos— y no el bàmbol de su hermano mayor.

—¿Quién es el mayor? —Dejó caer como un hacha el que mandaba a aquellos hombres. Vi desfallecer a Andreu. Tú habías detenido la burra. Mis ojos húmedos te buscaron. Los tuyos, entornados, me miraban sin entender qué quería de ti. Los abriste de repente. La duda mudó en estupor; el estupor, en despecho. Tu madre cargaba sobre tu coraje todo el peso de su angustia. Te condenaba, te suplicaba tomar el camino del cadalso. Pensarías que, de los dos frutos de mi vientre, encomendaba al infierno al más tierno para salvar al más querido; pero tú sabes, no lo niegues, que enviaba al único que sabría regresar.

Dijiste que tenías que coger la escopeta de tu padre. Uno de aquellos hombres rebuznó que ahora deberías cazar piezas más grandes que liebres o perdices. Ya te darían un fusil de matar rojos. Un soplo caliente de lebeche te llevó por el camino de la villa, en medio de una niebla de polvo, paja y cascabillo. Te seguí con la mirada, esperando un gesto, un adiós, una señal de perdón, pero ya no te volvería ver la cara…. hasta hoy. Y ahora estás aquí, Miquel. Has podido perdonarme?

No sabes cómo me duele no tenerte en casa. Andreu está casado, ahora, y esperamos un bebé. Si es niño, llevará tu nombre. ¿Has encontrado cómoda la cama? La he hecho vestir de gasa y terciopelo blanco, para que estés a gusto. Estarás a nada de casa y te vendré a ver a menudo para que me cuentes cosas. Sé tan pocas, de ti… ¿Te trataron bien, aquellos hombres?

—Ya lo podéis bajar, muchachos. Intentad no balancear mucho la caja.

Fin

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