Disponible en: Catalán

Share

Fuente de la imagen de portada: artículo Una semana a bordo con Greenpeace

de Arturo Valledor


Esta historia empieza con Mi romance con el Zorba y es la continuación de la crónica El Zorba vira en redondo

Y en pocos minutos tenemos al Zorba, velas arriadas, navegando a motor hacia Sa Calobra, y a Pep y a Orestes sentados con nosotros en la bañera. Y yo me pongo a hacer fotos; fotos que hoy me ayudan a recordar a Lluis, y a Orestes, y a Pep, y a Magdalena, y a todos los demás; y el mar y las velas y el levante; y las nubes rasgadas y las cumbres de Tramuntana… y el bauprés del Zorba, donde no hay quebraderos de cabeza ni te duele el alma.


Magdalena sobre el bauprès del Zorba ante sa Calobra. Foto: Rafel Jaume

Al abrigo de la sierra de Tramuntana la calma es absoluta. La gran muralla pétrea que resguarda la isla del mistral invernal nos escuda hoy del levante. La oscuridad enigmática y tenuemente arrugada del agua oculta profundidades tan crípticas como excelsas son las cimas que se acercan a la proa del Zorba a cada vuelta de hélice.

Fondos fértiles, polícromos, animados; guarida de morenas, vivero de meros, parque temático de la fauna y flora marina. Un espectáculo vetado a nuestros ojos por la impenetrable negrura azulada, surcada ahora mismo por la quilla de nuestro anfitrión. Un universo paralelo, arcano, callado, sólo perturbado por la presencia esporádica de intrusos palmípedos de un único ojo vidriado o por el rumor explosivo de los motores, los días que, como hoy, el levante o una encalmada alisan la superficie y permiten a buceadores y navegantes acercarse a los peñascos.

Hoy, el del Zorba es el único rumor audible cerca de la ancha bocana natural que custodia, a mano derecha, Sa Calobra y, al fondo, a mano izquierda, la desembocadura del Torrent de Pareis. Asomamos la proa solo un instante para contemplar la grandiosidad y belleza del paraje, medir la altura de sus acantilados y vislumbrar, exigua, el fondo de la cala, la playa mallorquina que más toallas por metro cuadrado hospeda los días de verano. Hoy, un día cualquiera de principios de abril, no hallamos rastro alguno de la babélica vorágine en que se transformará pronto el lugar por obra y gracia del calendario. Con los ojos aún abiertos de par en par, viramos en redondo y continuamos nuestro derrotero, Tramuntana abajo, hacia el suroeste.

Cala Tuent y el Puig Major
Cala Tuent i el Puig Major. Foto: Plàcid Pérez. Licencia Creative Commons .

Un par de riscos y una caleta inexpugnable más allá, torciendo el Morro de sa Corda, Cala Tuent se nos ofrece más fecunda y dulce de contornos que sus vecinas. A ambos lados, como colchas con flecos a ras de mar, los pinares se precipitan sedientos, vertiendo verdor sobre las empinadas laderas, para ir a saciarse de agua salada. Cierra la cala una fina línea ocre. Sobre ella, una acuarela de tonos verdosos parece emerger de la orilla para ir a fundirse, al fondo del conjunto, contra el vaporoso tapiz violáceo de unos acantilados que dibujan sus cimas oscuras contra un blanco inmaculado, vestigio rasgado de nubosidades antiguas.

A medida que nos adentramos en la cala, los colores se definen y las formas se perfilan. A mano derecha, una torrentera parece emanar directamente del Puig Major. Sobre la playa, una franja de un verde grisáceo, menos estridente que el de los pinos, delata la presencia de olivos. A mano izquierda, una casa de piedra se apoya sobre otra más vieja, de fachada encalada y cobertizo de ramaje seco, que más claros que cobijo da a quien se sienta a su sombra. Más a la izquierda, un pantalán de listones de madera adosado a un muelle de cemento ofrece amarre a un único llaüt azul, aparejado con cabrestante para la pesca. Hacia allí ponemos proa. Fondeamos.

En Pep passant a terra part de la tripulació del Zorba. Foto: Rafel Jaume
Pep desembarcando a parte de la tripulación del Zorba. Foto: Rafel Jaume

En dos tandas, Pep nos desembarca a bordo de la pequeña lancha neumática. Alzo la vista y el inmenso macizo calcáreo del Puig Mayor me cautiva. Años más tarde, volveré a Cala Tuent con el Zorba más entrado el calor y repetiré la experiencia con el cuerpo en remojo y el agua a ras de mis orejas. Será entonces cuando tomaré conciencia de este privilegio. Quizá no tengamos los montes más altos del mundo, pero en ningún otro lugar mis ojos han podido contemplar 1.436 metros de montaña desde 10 centímetros de altitud.

Desembarcamos. Las piernas me flaquean. Se tambalean como las de un niño que aprende a caminar. Tantas horas de navegación hacen que tierra firme me parezca la casa inclinada de un parque de atracciones. La sensación cesa pronto y el cerebro recobra el equilibrio. Unos caminantes sentados sobre toallas tendidas aprovechan los últimos rayos de sol, con sus mochilas preparadas para partir. Hemos llegado a media tarde, con suficientes horas de luz por delante para evaluar el escenario de la jornada de limpieza de mañana. Vamos a tener faena. A simple vista, la suciedad parece surgir bajo los cantos rodados que conforman la playa, como efervescencias emanadas del subsuelo. Pero sabemos que no es así. La madre tierra no nos hace esta clase de presentes.

... una caseta de pedra es recolza sobre una altra més vella, de façana emblanquinada i porxada de brancam sec
… una casa de piedra se apoya sobre otra más vieja, de fachada encalada y cobertizo de ramaje seco… Foto: Rafel Jaume

Vidrios, metales, plásticos, chapapote y demás inmundicias están aquí por obra y gracia de quien dice ser la criatura más inteligente del planeta; aunque no siempre es el hombre quien las deposita a orillas del mar. Si encontramos, latas, pañales, toallitas higiénicas, compresas o preservativos, podemos deducir una excursión familiar o extrafamiliar; pero el grueso de la enmerdada lo ha dejado un temporal o un torrente. El mar y la montaña son los grandes vertederos de los militantes del no-han-de-venir-a-decirme-a-mi-qué-puedo-y-qué-no-puedo-hacer, de los prosélitos del toda-la-vida-lo-hemos-hecho-así, de los devotos del el-mar-se-lo-traga-todo-y-no-deja-migajas. El agua, ya sea en forma de lluvia, riada, escorrentía o de ola, es el basurero incansable que nos devuelve lo que es nuestro y lo deja donde más daño nos hace y más vergüenza nos da; donde no podemos hacer como que no lo hemos visto y mirar hacia otro lado.

El sol se pone sobre el Morro des Forat y el contraluz oscurece la torre que corona el promontorio. La luz mengua; los colores se desvanecen. Los excursionistas recogen su equipaje, nos saludan incapaces de disimular una mirada de envidia al Zorba y se ponen en camino. Orestes ya viene a buscarnos remando hacia el pantalán. La cena nos reclama. Dejamos la suciedad donde la hemos encontrado. Nadie se la va a llevar. Mañana va a tocar doblar el espinazo. Subimos a bordo, nos sentamos a la mesa y devoramos las delicias que nos ha preparado Olga. Hora de sacar la guitarra y escudriñar el firmamento hasta que la luz de las estrellas acabe por dormirnos uno a uno.

El sol es pon sobre el Morro des Forat i el contrallum enfosqueix la torre que corona el promontori.
El sol se pone sobre el Morro des Forat y el contraluz oscurece la torre que corona el promontorio. Foto: Rafel Jaume

La playa está desierta cuando volvemos al día siguiente. Los altos montes cortados a pico que cierran el valle por oriente proyectan su presencia sombría sobre la orilla. El sol no nos muestra aún su cara, pero el día se ha despertado claro y pronto se hará pesada la tarea que ahora nos parece fascinante. Recoger suciedad de una playa da materia para una tesis doctoral de antropologia. Todo lo que usamos y rechazamos tiene aquí su representación inanimada. Lo separamos en bolsas diferentes según la clasificación establecida por la entonces innovadora moda del reciclaje. Reciclar: la única de las tres erres predicadas por los ecologistas que ha sobrevivido al embate del tiempo. De reducir y reutilizar poco se habla; nunca han sido rentables a ojos de quienes cortan el bacalao.

De papel no encontramos gran cosa (el mar no se lo traga, pero lo deshace en innumerables partículas intangibles), salvo las servilletas (y limpiaculos) de celulosa sucios, que irán al cubo de rechazo. Sí que damos con botellas de vidrio, latas, restos de cuerda, de red, pedazos de trapo, de corcho blanco, envases de plástico (de PVC todavía)… y, sobre todo, lo que ahora llamamos microdesechos, encabezados por los omnipresentes filtros de cigarrillos, seguidos muy de cerca por los inevitables bastoncillos de colorines (ya desprovistos de algodón) para hurgarse los oídos y por las ubicuas anillas de aluminio desprendidas de latas de refrescos y cerveza, a las que la normativa vigente permite todavía emanciparse de su envase.

N'Orestes ja ve a cercar-nos remant cap al pantalà.
Orestes ya viene a buscarnos remando hacia el pantalán. Foto: Rafael Jaume

A finales del milenio, organizaciones ecologistas de todo el mundo alertaban sobe la urgencia de preservar el mar del nefasto legado del hombre; pero el mundo tenía otras miras y no quería ser salvado por un puñado de melenudos que ponían obstáculos al progreso y vaticinaban el apocalipsis. Hoy el mar no alcanza a escupirnos de vuelta toda la mierda que vertemos en él. Resulta que no; que el mar no se lo traga todo, y que las migajas que deja, los microplásticos, son la enésima plaga que amenaza con envenenar incluso a las formas de vida más resistentes.

La mañana transcurre morosa entre agachón y agachón. Un sol que intenta ser amable, pero que se hace a ratos insolente, nos caldea la espalda y nos invita a quitarnos ropa. Un hombre grueso (¿el dueño del llaüt?) Sale de la casa encalada y se sienta al sol, más que a la sombra, de su destartalado enramado. Nos mira entre curioso y divertido. No parece estar acostumbrado a que vengan a limpiarle el solar. Las relucientes bolsas de plástico cobran forma y volumen a medida que se llenan de porquerías varias.

Tres horas más tarde, Magdalena da por terminada la tarea; pesamos la cosecha y la trajinamos hasta el pantalán. Nos queda tiempo aún para deleitarnos un rato con la belleza salvaje del lugar. A pesar de la bonanza, el aire es fresco. Nadie se anima a desnudarse y dejarse acariciar por la mano helada del mar de abril. Ahora es Pep quien viene a buscarnos a bordo de la lancha. Hora de comer. Dejamos Cala Tuent sesenta kilos más ligera y más limpia que como la habíamos encontrado. Por la tarde volveremos para explorar sus rincones.

N'Orestes torna al Zorba després de deixar-nos a terra.
Orestes vuelve al Zorba tras dejarnos en tierra. Foto: Rafel Jaume

En el 96, pasear por una playa con bolsas de basura recogiendo porquería era algo inaudito. Allá donde practiqué la limpieza de playas como tripulante del Zorba, la gente nos miraba como quien ve llover sapos. Siempre había quien nos preguntaba, generalmente en inglés o alemán, quiénes éramos y por qué hacíamos aquello. Diciendo Greenpeace se aclaraba todo y nos solían corresponder con una sonrisa de oreja a oreja y una reconfortante alzada de pulgares (también con más de una mueca de desprecio, escepticismo o indiferencia). Más adelante, en vista de la expectación y extrañeza que suscitábamos, la oficina encargó chalecos de algodón con el nombre de la ONG impreso, para ahorrarnos explicaciones y añadir visibilidad al proyecto.

Hoy los grupos organizados de basureros costeros voluntarios son más habituales. Creo que todos los que navegamos en el Zorba nos sentimos pioneros de esa fiebre. Así, al menos, nos sentíamos entonces, por más que aquel orgullo viniera acompañado de una cierta sensación de estar cometiendo una extravagancia, de ser de esos a quienes ahora llaman friquis, pero, también, como dijo alguien alguna vez, de ser basureros del arco iris.


Chalecos de algodón en Cala Pi

Tres años más tarde, el verano del 99, tendría una experiencia mediática capitaneando una brigada de aquellos basureros del arco iris. Ya era entonces un voluntario experimentado. Había tomado parte en la fundación del Grupo de Apoyo de Greenpeace de Mallorca y coordinaba el voluntariado para el proyecto conjunto con el GOB de reforestación de La Trapa Echando raíces. Había navegado un puñado de veces como marinero y ni los nudos ni las maniobras se me atravesaban.

CONTINÚA LEYENDO


Así me habló mi memoria y así te conté mi historia.

Si te gusta, lo dices y, si no, perdices.

Deja un comentario si viene a cuento.

Compártelo y me tendrás contento.

Salud y que tengas un buen día.

Share