Disponible en: Catalán

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Foto de portada: archivo Kenneth Perdigón. Photoshop: Rafel Jaume. 

Esta historia es la continuación de 

  1. Mi Romance con el Zorba
  2. Centinelas de una Mar Inmensa 
  3. Cabrera es…
  4. Cabrera a Vista de Halcón
… ante el hule de cuadros rojos y blancos que protegía la oscura y reluciente caoba … (La imagen es de mayo del 98 y las manos, obviamente, no son las de Elsa, sino las de Carlos Rodríguez, otro gran cocinero.) Foto: Mercedes Alba.

Comenzaba a oscurecer y volvimos al Zorba. Elsa ya nos tenía preparada la cena. Un delicioso aroma especiado inundaba la cabina. Al instante, estábamos todos sentados a la mesa, dispuestos a recobrar fuerzas, ante el hule de cuadros rojos y blancos que protegía la oscura y reluciente caoba de los inevitables derrames accidentales. Habiendo terminado, mientras el pinche de turno -cada día, uno de nosotros ayudaba en cocina- recogía la mesa y fregaba los platos, el resto pasábamos a la bañera.

La noche resplandecía diáfana. Sin luna, el cielo nocturno centelleaba esmaltado de estrellas. La ausencia de contaminación lumínica hace de las noches de Cabrera un espectáculo para la vista y la imaginación. Aunque no entraba en el temario de aquel cursillo avanzado e intensivo de ecologista, con la ayuda de un planisferio celeste, nos pusimos a identificar estrellas, constelaciones y planetas.

El universo brillaba en estática agitación por sobre nuestras dilatadas pupilas. Venus, diosa del amor, el astro más resplandeciente de la noche cuando no está la luna, cruzando incansable el firmamento de oeste a este; Casiopea, vanidosa reina etíope castigada por Poseidón a permanecer eternamente sentada en el cielo nocturno, rotando sobre sí misma; Orión, cazador de estrecha cintura, con Rigel brillando con fuerza en su pie izquierdo; no tanto como lo hace Sirio, la estrella más reluciente cuando el sol duerme, adornando el pecho del mayor de sus dos lebreles; los gemelos Cástor y Pólux, señoreando la constelación de Géminis… y, presidiendo el magnífico espectáculo celeste, la Osa Menor, con la estrella Polar, gravitando inmóvil en el norte, mientras las demás danzan en torno a ella.

La noche era espléndida, las estrellas infinitas y se hacía imposible abarcarlas todas. La curiosidad humana es difícil de aplacar, pero la capacidad de asimilar conocimientos no es ilimitada. Nuestros ojos comenzaban a languidecer y las cervicales nos decían que ya estaba bien de mirar hacia arriba. Era el momento de contar historias y de conocer mejor a los compañeros de travesía. Y fue aquí donde la personalidad abrumadora de Orestes se elevó por encima de las demás.

Orestes explicando una de sus vivencias a Elsa. Foto: Rafel Jaume.

Ya me había llamado la atención su carácter extrovertido. Aunque sus tareas de marinero le habían tenido algo al margen, había sido imposible no oírle en un momento u otro contando algo divertido que le hubiera pasado. No era el típico contador de chistes capaz de arruinarte las vacaciones convencido de su salero. Orestes no contaba chistes; explicaba sus vivencias como si su existencia fuera toda ella una gran comedia, con un no sé qué que enganchaba al oyente y contagiaba la risa. Reía mientras pensaba lo que iba a contar, reía mientras lo contaba y era imposible no reír con él, aunque el final de la historia no tuviera la gracia esperada, desde que abría la boca hasta que otro tomaba la palabra. Entonces, su semblante y su actitud cambiaban; abría los ojos como platos y obsequiaba a su interlocutor con toda la atención de que él había sido beneficiario.

Marger de profesión y vocación, vivía a salto de mata, alternando los trabajos que le salían practicando el noble oficio de trabajar la piedra con los más frecuentes e ingratos de albañil. Este modus vivendi le privaba de la estabilidad económica de que yo disfrutaba, pero le daba la libertad que yo tanto anhelaba. Solía ​​recoger con un gorro de lana o un turbante una melena larga y ondulada que, junto a su barba tupida y encrespada, le daba un aire salvaje y bohemio que se avenía perfectamente con su manera de entender la vida. Si Pinxo me parecía un espíritu libre, Orestes exhalaba libertad de espíritu por todos sus poros.

… exhalaba libertad de espíritu por todos sus poros. Foto: Rafel Jaume.

Siempre que podía, se enrolaba como marinero voluntario en el Zorba y era uno de los más asiduos. También solía dar una mano en las tareas de mantenimiento los días que el velero estaba en puerto y los meses que permanecía en dique seco. Después de aquella semana, fuimos buenos amigos, coincidimos en la creación del grupo de apoyo de Greenpeace y, más de una vez, en la Trapa como voluntarios del GOB.

De repente, una paz sepulcral nos sorprendió a todos e hizo enmudecer incluso a Orestes. El generador que alimentaba las instalaciones de la isla había callado. Cada noche a las doce lo apagaban y el puerto de Cabrera quedaba en silencio i, ahora sí, a oscuras. Hasta ese momento, nuestros oídos se habían acostumbrado a aquel temblor lejano que nos llegaba entre gemidos de gaviotas y se confundía con el rumor del mar y el murmullo del follaje de los pinos bailando al son de la brisa. Ahora, la voz de la naturaleza nos llegaba nítida como un bálsamo que todo lo cura. El debate surgió inevitable. ¿Por qué un lugar como aquel, declarado parque nacional cinco años atrás, no se alimentaba aún con energía fotovoltaica?

La quietud invitaba a algo más que a contar historias y chistes y no tardé en oír la esperada petición. -¿Por qué no nos tocas algo con la guitarra?- No me hice rogar. Si la había traído conmigo no era sólo para repetir hasta la extenuación arpegios y fraseos de Bach, Sor o Llobet. Siempre me había gustado tocar y cantar para los amigos. Desde aquellas noches de verano en la rotonda de la escollera, en los bancos del paseo o en las rocas de Cala Gamba, me había acostumbrado a vencer mi innata timidez convirtiéndome por unos momentos en el centro de atención a base de acordes y canciones aprendidas a medias en inglés.

De aquel tiempo a esta parte, a fuerza de clases y horas de práctica, mi técnica había mejorado, aunque no tanto como había previsto a los doce años, cuando soñaba escribir algún día una página de la historia del rock, cantando o tocando la guitarra a la sombra de alguna banda importante. A pesar de mis esfuerzos, me había faltado talento y ambición para alcanzar mi sueño y me quedé en simple animador de fiestas y veladas de amigos. Dominaba la púa, el finger picking, la armonía de jazz y aquellos últimos años había añadido la técnica clásica a mi bagaje.

También había ampliado mi repertorio y me había aprendido de memoria un buen puñado de letras; además, mis tres años en la Coral Universitaria habían mejorado mi técnica de canto, no tanto como para dar el do de pecho en la novena sinfonía de Beethoven, pero sí para entonar bastante dignamente A witer shade of pale de Procol Harum. Hacía años que no tenía la ocasión de tocar y cantar ante nadie, salvo alguna juerga esporádica con mis amigos calagamberos; y ya iba siendo hora.

… entre melodías y acordes y sorbitos de hierbas dulces y ron, se nos fue escurriendo la noche … Foto: archivo Rafel Jaume. 1999.

Norwegian wood, Blackbird, Just like a woman, Wish you were here, entre otras, se fueron sucediendo, sin olvidar Viatge a Ítaca de Llach y Una de piratas de Serrat, ineludibles a bordo de un velero. Layla y Tears in Heaven, del Unplugged de Clapton, muy de moda entonces, ponían la guinda a mi pequeño recital. Tampoco faltó, en una noche estrellada como la que nos envolvía, Space Oditty de Bowie. “Ground control to mayor Tom…” sonó más misterioso y la odisea del flipado astronauta yonqui pareció más creíble que nunca bajo aquel infinito firmamento salpicado de minúsculas lucecitas que iluminaban tenuemente mi improvisado escenario flotante.

Así, entre melodías y acordes y sorbitos de hierbas dulces y ron, se nos fue escurriendo la noche hasta que los bostezos empezaron a salir a escena y a robarme poco a poco el auditorio. Uno a uno, los tripulantes fueron haciendo mutis por el tambucho hasta que los más noctámbulos pensamos que también debíamos hacerlo.

Aquella noche soñé, acunado por el sutil vaivén del Zorba, que buceaba por dorados fondos arenosos, tapizados de frondosos bosques de posidonia repletos de rojas estrellas de mar. Me atrevía a coger una cuando, de repente, la arena parecía cobrar vida bajo mi mano. Una bestezuela marina surgía enfurecida del fondo rodeada de una polvareda de arena, con unas agallas enormes abiertas como dos espolones, la aleta dorsal izada como una vela y una cara de mala leche que conocía bien. Había visto muchas como aquella y había pescado más de una a bordo de la Atlántida. También había visto a mi madre escamarlas, cortando antes que nada con mucho cuidado las peligrosas púas envenenadas.

En cuestión de milésimas, esas imágenes pasaban por mi cabeza y no me costaba identificar al terrible pez araña de cabeza negra que atacaba implacable mi mano incauta, pero no tenía tiempo de esquivarla. Una punzada recorría de arriba abajo mi sistema nervioso como una descarga eléctrica que me dejaba entumecido e inmóvil del cuello hasta los dedos de los pies. Por más que intentaba revolverme, me resultaba imposible, como si se hubieran cortado todas las conexiones entre mi cerebro y mis músculos. Me desperté angustiado y, comprobando que podía moverme y que todo había sido un sueño, me di la vuelta en mi saco de dormir y seguí soñando.

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El Alcalde de Cabrera y la Paradoja de Teseo

La oscuridad es absoluta. El viento sopla con rabia, como no recuerdo haberlo visto nunca. La jarcia del Zorba está poseída

 

Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

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Salud y… Ojalá estuvieras aquí (Wish you were here) … ojalá estuviéramos allí.

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