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Foto de portada: archivo Kenneth Perdigón.

Esta historia es la continuación de 

El Zorba en Cabrera. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

Cabrera es un obsequio para los ojos, pensaba contemplando, a vista de halcón, el magnífico y acogedor puerto natural y los cerros que lo envuelven, desde la torre de la pequeña fortaleza que corona el acantilado. Allá abajo, a la cálida luz de aquella tarde de primavera, el Zorba, solitario sobre el refulgente espejo líquido, al contraluz del sol poniente, me evocava las películas de piratas, barcos de época, islas del tesoro y países de nunca jamás que me habían fascinado de niño.

Habíamos llegado al puerto hacia las seis y media. Mientras Lluis acercaba el velero, ya con el génova replegado y la mayor arriada, a la boya más cercana al muelle, Pep y Orestes habían pescado con el bichero el boyarín, del que colgaba una pesada amarra, sujeta a la boya grande, con una gaza en su extremo; habían pasado el chicote de un cabo atado a la bita de estribor por la gaza y, cobrando de él hasta conseguir la tensión deseada, lo habían amarrado a la bita de babor.

En aquel momento, no había dado importancia a la sencilla maniobra, similar a la que ayudaba a hacer a mi padre cuando amarrábamos la Atlántida al muelle de Cala Gamba. Viendo la facilidad con que los dos marineros la habían completado, no imaginaba lo complicado que podría llegar a ser amarrar a una boya de Cabrera de noche cerrada y con rachas atemporaladas de fuerza 8. Tres años más tarde, ya como marinero del Zorba, lo sabría y sufriría las consecuencias.

Ancladas al fondo, en el puerto natural de Cabrera flotan 50 boyas de amarre. Cabrera es parque natural desde 1991 y, para proteger las praderas de posidonia del indiscriminado fondeo masivo que sufre este frágil ecosistema que colma de vida el litoral mediterráneo, está prohibido largar el ancla en todo el archipiélago… con contadas excepciones.

A finales de los años 90, la familia real española lo hacía a sus anchas, pero con religiosa y fiel devoción por la reserva integral de Cala Santa María, donde los monarcas y sus invitados quedaban a salvo de miradas indiscretas y de objetivos fotográficos. La reserva integral se convertía así, cada mes de agosto, en reserva real. Tortugas y focas monje deberían esperar algo más drástico que una simple declaración de parque nacional para recuperar su paraíso perdido.

El Zorba también gozaba de un pequeño privilegio, no tan afortunado como el del Fortuna. Tenía permiso para fondear, siempre sobre fondos arenosos, en Es Burrí, una cala en el levante de la isla, y desembarcar para limpiar las playas de plásticos y otras inmundicias. Este enclave tiene mal acceso por tierra y las autoridades del parque estaban encantadas de que alguien se llevara la porquería humana que los temporales vierten cada vez que Poseidón nos dice: ¡Tomad! ¡Todo esto es vuestro!

Puerto de Cabrera. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

No había comenzado aún la temporada turística ni era fin de semana y habíamos encontrado desierta la rada. Los marineros habían botado el dingui, la pequeña lancha neumática auxiliar, y en dos tandas nos habían pasado a tierra. En el muelle, un único laúd, el Tres hermanos, compartía con las lanchas de los guardas del parque y del Seprona el privilegio de reposar sus nadaderas en aquellas diáfanas aguas que mostraban un fondo incólume. Sobre la arena inmaculada salpicada de matas de posidonia, se arrastraba con perezosa parsimonia, roja como una guindilla de cinco puntas, una esbelta estrella de mar.

Aquella onírica visión me trajo a la memoria el recuerdo muy lejano de haber contemplado con ojos de niño una escena similar desde los muelles de Cala Gamba, antes de que el vertido de aceites y carburantes y la podredumbre convirtiera el alga, que otrora tapizaba el fondo del pequeño puerto de pescadores, en un limo pútrido y limoso que había hecho a aquella dársena merecedora del nombre de merdera. Sobre el muelle, las gaviotas ignoraban impasibles nuestro desembarco, convencidas de que aquello no iba a perturbar su plácida existencia; no nos fue difícil identificar a las elegantes gaviotas de Audouin de pico rojo, que nos había descrito Magdalena.

Los guardas nos habían acogido encantados de nuestra llegada. Casi cada semana, el Zorba visitaba el parque y eso les rompía la monotonía. Les gustaba mostrar su pequeño paraíso y explicar su trabajo a personas que llevaban en la frente la etiqueta de ecologista y en los ojos hambre de conocimientos. Un puñado de soldados mal uniformados holgazaneaban sentados a la sombra del porche de cañizo que protegía la entrada de un edificio de dos plantas con el encalado descascarillado, que por fuerza tenía que ser la cantina. Nos observaban aburridos; para ellos, la estancia en aquel virginal edén era una pesadilla de la que no veían el momento de despertar.

Tras una corta ascensión, habíamos llegado, escoltados por un ejército de curiosas y silenciosas lagartijas, a la señorial mole del castillo. Y allí estaba yo, dejando volar embelesado mis pensamientos mientras contemplaba la evocadora estampa del Zorba flotando al abrigo de la protectora dársena salvaje.

Castillo y puerto de Cabrera. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

El castillo de Cabrera, construido por primera vez en el siglo XIV, pero demolido y reedificado un puñado de veces, no es más que una torre hexagonal, sin otra fortificación que sus propios muros, el pequeño acantilado que lo limita por un lado y la empinada ladera que lo rodea por el otro. Esta intrincada ubicación, en lo alto del abrupto promontorio que domina el puerto, más que protegerlo, debía cortar cualquier posibilidad de retirada a sus defensores. Imaginé ser uno de los desgraciados torreros, condenados a preservarlo de los frecuentes ataques de corsarios bereberes, viendo fondear un jabeque con bandera sarracena y sentí en mis entrañas una sensación de pánico y desesperanza. Pensé si tal vez el único fin de mantener un destacamento de hombres en aquel desierto y agreste islote no sería el de alertar de la invasión, haciendo, antes de morir degollados, una buena fogata visible desde la costa mallorquina.

El sol enrojecía y se acostaba fatigado tras el Cabo Llebeig tiñendo de malva el cielo de Cabrera. Comenzaba a ser hora de volver. Antes de embarcar, no podíamos sin embargo dejar de echar un vistazo a la cantina. En el 96, aquel rincón sombrío conservaba todavía el encanto decadente y malsano de cualquier cantina destinada a la tropa del ejército español con el agravante que le otorgaba el aislamiento y las pocas probabilidades de ser objeto de una revista inesperada.

Nada más entrar, antes de que nuestros ojos se acostumbraran a la fresca oscuridad de aquel antro, nuestras narices se estamparon contra una sólida atmósfera cargada de humo, aromatizada con hedor a colilla mal apagada, algunas trazas de cerveza rancia y el exquisito buqué del acre olor corporal de un grupo de soldados huérfanos de higiene que, sentados alrededor de una mesa, mataban los días jugando a cartas. Una vistosa cenefa rojigualda decoraba de punta a punta las cuatro paredes de la estancia y un gran rótulo con la consabida consigna «TODO POR LA PATRIA» recordaba a la ociosa soldadesca el motivo de su presencia en la isla.

Hasta que en el 91 fuera declarado parque nacional y desde que, durante la Primera Guerra Mundial, el avistamiento de un submarino recomendara su expropiación por su alto valor geoestratégico, el archipiélago de Cabrera había sido destinado al uso militar. Esto lo preservó de la explotación turística y la especulación inmobiliaria, pero no del fuego de artillería.  Entre los años setenta y los ochenta, Cabrera y los islotes vecinos fueron el parque temático de los señores de la guerra.

De 1973 a 1986, todo ese paraíso insular se convirtió en un inmenso campo de maniobras terrestres y navales. Sin respetar la época de cría, algún islote desamparado devenía en el objetivo militar de un conflicto bélico ficticio destinado a prevenir una hipotética invasión de los enemigos de la patria. La presión del movimiento ecologista acabó por ganar la batalla al ejército; los obuses callaron y las suelas de las negras botas dejaron de levantar polvo, machacar la flora y espantar la fauna autóctona. Ahora, una pequeña dotación militar cultivaba el dominó, el mus y la brisca en la cantina y transmitía a las sucesivas generaciones de soldados el legado de una historia paralela de Cabrera: la de las leyendas.

Tumba de Johannes Böckler en el pequeño cementerio de Cabrera – Carlos Garrido. Fuente: abc.es/cultura.

Una de aquellas leyendas, seguramente elucubrada por algún veterano aburrido y más creativo que el resto para acojonar a los reclutas, nos la explicaron los guardas mientras refrescábamos la garganta. Era la historia del Lapa y estaba basada en un hecho real. El Lapa había sido un aviador alemán que murió cuando su avión se estrelló en aguas de Cabrera durante la Segunda Guerra Mundial. Su cuerpo fue enterrado en el pequeño cementerio de la isla junto a la tumba de un pescador mallorquín. Posteriormente, sus restos fueron exhumados y trasladados a un cementerio militar alemán en la provincia de Cáceres. Hasta aquí los hechos; ahora el mito.

Contaban los soldados que quien lo desenterró se equivocó de tumba y enviaron a Cáceres los huesos del pescador. Desde entonces, el alma en pena de Johannes Böckler, el Lapa, vagaba de noche por la isla tocando en el hombro a los desprevenidos soldados de guardia y los condenaba a, como él, no dejar nunca Cabrera. Pero nadie parecía preocuparse demasiado por el espíritu del infortunado pescador, enterrado tierra adentro, lejos de su mar y rodeado de soldados alemanes, preguntando a quien le quisiera escuchar: ¿que hay alguien que me pueda desir por dónde se va, a Mallorca? Mejor no pensar en ello.


Cabrera a Oscuras

Comenzaba a oscurecer  y volvimos al Zorba

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