Disponible en: Catalán

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Foto de portada: Port de Cabrera, por Josep Maria Rigo. Wikimedia Commons.

 

Esto es la continuación de

  1. Mi Romance con el Zorbay
  2. Centinelas de una Mar Inmensa

¿Qué te podría contar de Cabrera?, decía…

 

Cabrera es… una piedra, una hoja, un misterio sagrado 1; un promontorio de piedras, un océano de hojas, un islote inculto lleno de historia y de historias; de cada piedra, de cada hoja, de cada historia, se desprende la esencia del Mediterráneo; una mezcolanza de perfumes sacudidos por el embate y por los ocho vientos del mundo; olor a tierra mojada, a guijarro calcáreo abrasado por la canícula, a pino, lentisco, hinojo y romero; el mismo que decía reconocer Bonaparte con sus regias narices, millas antes de vislumbrar su Córcega natal.

Cabrera es un disperso mosaico vegetal sobre un árido y arrugado lienzo rocoso; una amalgama, sobre el ocre terrenal, de todas las tonalidades imaginables de verde; el de las sabinas, madroños, aladiernos… el del carrizo, reluciente y traicionero y el de los endémicos astrágalos, que adornan las cumbres como ásperas almohadillas de monja; i de amarillo; el de la flor de la retama, el hipéricon, la aliaga… el de la cañaheja, alzándose altiva sobre las formas redondeadas que tapizan la ladera, y el de los titímalos en primavera, antes de que el letargo estival los enrojezca, salpicando la maquia de curvas estructuras sanguíneas que, al perder la hoja, se convertirán funestos cadáveres, sembrando la garriga de grises esqueletos semiesféricos, que revivirán con las primeras tormentas de agosto. Vestirán entonces sus leñosos tallos de un intenso escarlata oscuro,  justo antes de brotar sus primeras hojas tiernas, de un pálido verde aterciopelado. Arbusto caducifolio estival, la Euphorbia dendroides es el paradigma vivo de la inteligencia vegetal: duerme en verano cuando el astro rey libera todo su poder abrumador; no se somete a su tiranía ni la combate; tan solo la ignora, sumiéndose en una larga y dulce siesta de verano.

Cabrera es una lagartija, una gaviota, una pardela; un ejército de lagartijas; oscuros y minúsculos dragones, huidizos y atrevidos a la vez, perfectos anfitriones de los huéspedes que llegan a la isla, a quienes se acercan curiosos, al acecho de alguna recompensa que llevarse a las fauces; un enjambre de gaviotas, de pico y patas amarillos las más comunes y ruidosas, de pico rojo y oscuras patas verdes las elegantes y frágiles gaviotas de Audouin, que encuentran en el archipiélago su fortaleza perfecta, compartida con las pardelas cenicientas; y con la pardela balear, gran viajera y hábil nadadora, pero torpe y vulnerable en tierra firme, donde tan solo osa aterrizar para la puesta. Endémica y fiel a su origen, no anida más que en tierras baleares y es aquí, en los islotes de Cabrera, donde lo hace más a placer, lejos de ratas, gatos y turistas.

Cabrera es un cormorán solitario posado sobre un arrecife costero que, vigilando como una esfinge negra el acceso al puerto, alza impúdico su cola y saluda a los visitantes cagando al aire desvergonzado ante sus narices atónitas. Cabrera es una bandada de aves migratorias, golosos invitados al gran banquete de la garriga, a mesa siempre puesta, que esparcen las semillas de todo lo que engullen; diseminadores de vida sobre un paraje inhóspito donde la vida es en sí un milagro.

Cabrera es un halcón marino anidando tardío en el acantilado al caer el otoño, sabedor de que es entonces cuando llegan los pequeños comensales viajeros, hambrientos y cansados ​​por el largo trayecto, y les da caza al vuelo a fin de llenar los buches de sus crías con las preciadas vísceras frescas, aún calientes por la sangre que derraman. Los invitados a la mesa devienen en menú de este astuto predador, llamado halcón de Eleonor en honor a la culta y bella Leonor de Arborea, reina catalana de Cerdeña que lo protegió por ley allá por el siglo XIV. Cabrera es un águila pescadora que planea inmóvil como un espectro en blanco y negro contra el firmamento azul, se deja caer en silencioso picado sobre las limpias aguas y alza de nuevo el vuelo batiendo majestuosa sus alas, con una desventurada presa enganchada en sus garras mientras se sacude el agua del bello plumaje.

Cabrera es una cueva a ras de mar, antiguo bastión de la foca monje, que aguarda enamorada la mirada de su ardiente amado para vestirse, deslumbrada por la luz del candente lucero amarillo, cada tarde de azul; de sus labios, brotan entonces reflejos de topacio, aguamarina, turquesa y de todos los azules soñables. Ante tanta belleza, el astro rey se ruboriza y se esconde avergonzado por poniente mientras el cielo enrojece furioso de envidia.

Cabrera es una pradera de posidonia, insólito y fértil bosque sumergido, último refugio de nacras, erizos y caballitos de mar, fuente de vida condenada a muerte por la desmesurada gula humana que le arrasa miserablemente el lecho en busca de los apetitosos tesoros que esconde; víctima de la locura del todo vale, del febril “pasen y vean” con que se invita cada verano a las legiones de visitantes con gorra de capitán de yate que no saben ni les importa donde no deben largar el ancla; un laberinto de hojas de alga -nombre ancestral de la posidonia que le pertenece por derecho milenario y designio de los antiguos latinos, pero proscrito ahora por los botánicos modernos- balanceadas melódicamente al ritmo del canto de las ninfas marinas que tan sólo ellas, las algas, escuchan y entienden sin enloquecer.

Cabrera es un grano de arena, una hoja de alga, un ritual atávico; de un grano de arena, de una hoja de alga, de un ritual atávico nacen y crecen los vastos arenales mediterráneos. Cordilleras de alga húmeda tostándose en la orilla depositan día a día, año tras año, siglo por siglo, miríadas de caracolas, conchas y caparazones, futuros granos de arena; vacías moradas de invertebrados seres marinos que llegan a tierra firme arrastrados por las hojas caducas de posidonia en un desembarco silencioso, desordenado, infinito, suicida, para ir a morir abrasados por el sol y regalar sus calcáreos refugios desahuciados al arenal. Alga y arena cumplen un pacto tan antiguo como el mundo. Si la posidonia vive, la playa vive; si la posidonia muere, la playa ha muerto.

Cabrera es la Ítaca de Ulises, la Creta de Minos, el islote de Montecristo; isla del tesoro, anhelo de indómitos corsarios, sudario cruel de miles de soldados franceses que pagaron con la vida los pecados de sus infames e insaciables generales; cuentan que tanto lloró por ellos la isla que sus lágrimas salaron el mar que la rodea. Cabrera es un castillo que emerge sobre un cerro rocoso como una floración del acantilado que lo ampara; el maderamen de una nave romana naufragada que reposa bajo un yacimiento de ánforas derramadas, olvidada sobre el arenoso fondo que la engulle; un monasterio soterrado junto al mar, morada de adoradores de un Cristo primitivo, socavado ahora por los modernos valedores de todo lo que es antiguo y que no debe caer en el olvido.

Esta es mi Cabrera, aunque hay otras. Tantas cabreras hay como almas inquietas han hollado su polvo, surcado sus lágrimas, explorado sus fondos; hombres y mujeres, amantes lujuriosos que hemos deseado, deseamos y desearemos eternamente poseerla, mientras ella, dulce doncella de redondeados y exuberantes senos, de húmedos y recónditos secretos, reposa postrada sobre las olas, mirando al cielo silenciosa, sabedora de que, por más que la amemos, no lograremos nunca arrebatarle su enigmático encanto, su virginal virtud, su sagrado misterio.

 

Cabrera es un obsequio para los ojos. Eso pensaba yo contemplando el magnífico y acogedor puerto natural y los cerros que lo envuelven desde lo alto de la torre del castillo…

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  1. Paráfrasis de las primeras líneas de Look Homeward, Angel de Thomas Wolfe: “… a stone, a leaf, an unfound door; of a stone, a leaf, a door. And of all the forgotten faces. ” He elaborado Cabrera es… tomando prestada esta sencilla y bella estructura gramatical del genial novelista estadounidense. Vuelve al texto ->

 

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Salud y que tengas un buen día.

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