Disponible en: Catalán

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Foto de portada: archivo Kenneth Perdigón.

Esta historia es la continuación de Mi romance con el Zorba.

Como centinelas de una mar inmensa, oteábamos la infinita planicie azul. Foto: archivo Rafel Jaume.

La mar estaba plana. No como un espejo, como había estado a primera hora, mientras poníamos proa a la bocana del puerto de Palma; una ligera brisa se había levantado ahora y rizaba la líquida superficie, dibujando pinceladas de azul marino, añil y zafiro sobre el metálico lienzo grisáceo que se extendía hasta el horizonte, donde ya se vislumbraba sutilmente la sinuosa silueta de Cabrera.

Por la aleta de babor, dejábamos atrás la imponente mole del Cabo Blanco que hervía efervescente de actividad. Las escandalosas gaviotas reclamaban su territorio. Sus gemidos nos llegaban furiosos, como un “¡largo!” coreado a mil voces, horadando la atmósfera por encima del monótono y grave runrún del motor. Algunas planeaban a popa. A rebufo de la vela mayor, sobre la estela que íbamos dejando atrás, confiaban poder rapiñar algo que llevarse al pico. ¿Cómo iban ellas a saber que el Zorba no era un pesquero y que teníamos prohibido tirar nada al mar?

Como centinelas de una mar inmensa, esparcidos por la cubierta, oteábamos la infinita planicie azul al acecho de cualquier sombra que turbara su tensa quietud. Magdalena nos había dado la primera charla tras la merienda y el zafarrancho. Sentados en la bañera, habíamos conocido las especies de cetáceos que pueblan el Mediterráneo y cuáles de ellas teníamos más probabilidad de encontrar: delfines mulares, listados y comunes, calderones grises y negros, con mucha de suerte algún rorcual o algún cachalote despistados y muy difícilmente algún zifio de Cuvier. Nada invitaba a sospechar el macabro hallazgo que días más tarde nos depararía Poseidón.

El mar comenzaba a arrugarse con olas cada vez más altas que columpiaban el Zorba y entorpecían la navegación. A una orden del patrón, Orestes y Pep, sentados sobre cubierta y acompañando con golpes de voz el vaivén de sus cuerpos como dos galeotes, dieron más paño a la nave cazando la escota del génova. El winch chirriaba y, a medida que la gran vela de proa se iba desenrollando y entraba en escena, Lluis maniobraba la rueda del timón para caer a babor, hacer ceñir la nave y permitir a las dos velas cobrar viento. La mayor, que hasta entonces se había limitado a estabilizar el barco, se hinchaba ahora majestuosa, impulsando la nave dulcemente pero con firmeza. El Zorba escoró ligeramente. Le llegó el turno a la mesana. Soltados los tomadores, los dos marineros se aferraron con fuerza a la driza e izaron la vela de popa. Concluida la maniobra, silencio; el patrón había hecho callar a la máquina.

Paz. Cualquier palabra escrita de más sería superflua y mancillaría la belleza del momento. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

Quizás porque nos alejábamos de tierra, o tal vez por respeto a la quietud que de golpe nos envolvía, las gaviotas hicieron mutis por popa y se replegaron hacia la imponente atalaya del acantilado. Pronto, bandadas de endémicas pardelas baleares y de las elegantes cenicientas, tomarían su lugar, planeando a ras de mar y dibujando con su vuelo una invisible línea ondulada a escasas pulgadas de las olas. Quien no haya navegado a vela  mar adentro no lo podrá captar y los que sí lo hayan hecho no necesitarán ninguna descripción. Paz. Cualquier palabra escrita de más sería superflua y mancillaría la belleza del momento.

Con el viento y el sol en la cara y el aroma salobre del mar en el olfato, seguimos vigilando el horizonte en busca de vida. Procurando no perder detalle de todo cuanto pasaba dentro de mi campo visual, mi cabeza hacía un repaso de cómo había transcurrido el día… Todo había ido muy de prisa y casi no había tenido tiempo de asimilarlo.

Sofía me había presentado a la tripulación: Magdalena la monitora, Elsa la cocinera, Orestes y Pep, marineros, y los cinco participantes de aquella experiencia: un joven y dos chicas de Barcelona y dos madrileños que debían rondar la cincuentena. Lluis me había mostrado mi camarote y, alzando el tablón que sostenía el colchón, el estrecho escondrijo donde, más justo que la piel de mi nariz, tuve que encofrar mi guitarra. Después, me había enumerado las normas de a bordo y enseñado el velero por dentro.

El interior del Zorba, de caoba y sapeli, delataba la amplitud de bolsillo de su primer propietario y hacía ruborizar de vergüenza e indignación a los ecologistas conocedores del origen de estas nobles maderas; más aún cuando se enteraban de que el casco y la cubierta estaban construidos con teca y el forro con iroco. Pero Greenpeace no había encargado la fábrica del buque, ni siquiera lo había comprado; solo lo había recibido en cesión temporal y lo mejor que podía hacer con aquel enorme cementerio de árboles tropicales flotante era darle el más digno uso posible. Y lo hizo.

… el tambucho conducía descendiendo tres escalones a la cabina. Foto: Rafel Jaume.

Al fondo de la elegante capota de madera que guarecía el puente con la rueda del timón, el tambucho conducía, descendiendo tres escalones, a la cabina. Cruzando la amplia estancia que hacía las veces de comedor, sala de estar y gabinete de lectura y dejando a mano izquierda la mesa de cartas, donde cada día el patrón calculaba el rumbo, consultaba la previsión meteorológica y lo anotaba todo en el cuaderno de bitácora, bajábamos a un nivel inferior donde se alternaban los camarotes, un baño con ducha y la cocina que, bajo un aspecto caótico, escondía un orden estricto donde cada utensilio ocupaba su lugar y donde no había lugar sin su utensilio.

Al final del angosto y umbrío corredor, a babor, el camarote de la marinería, con dos literas minúsculas, comunicaba con la cubierta a través del estrecho tambucho de proa abierto en el techo, que facilitaba la salida de los marineros. Al fondo, a proa, cerraba el recorrido un diminuto retrete con la taza empotrada en el ángulo, de manera que quien se sentaba en él quedaba mirando a popa mientras el vaivén del barco lo columpiaba de arriba abajo; una experiencia única que, según Lluis, ningún navegante del Zorba debería perderse porque, en palabras más o menos suyas, te daba una sensación de poder inigualable. A la espalda del audaz ocasional ocupante de tan privilegiado trono, una blanca puerta estanca abierta en el mamparo daba acceso al pozo de anclas, que cumplía también la función de pañol de proa. Sobre las cadenas que descansaban en el fondo como letárgicas serpientes dormidas que esperan el momento de ser liberadas, se estibaban las defensas que protegían el buque de fortuitas colisiones cuando permanecía amarrado en puerto. A los lados, firmemente trincados, viajaban los bidones de reciclaje, donde cada día se vertían por separado los residuos.

… mientras mi padre al timón dirigía el llaüt hacia el secreto caladero donde calaríamos los volantines. Foto: Gori Vicens

Volviendo a la sala, a mano derecha de la escalera de acceso a cubierta, un segundo pasillo conducía al amplio camarote de popa con una gran litera y su propio cuarto de baño; diseñado como suite, había sido reconvertido por Greenpeace en camarote comunitario. Los tres portillos cuadrangulares abiertos en el espejo de popa, daban a aquel magnífico espacio la luminosidad de una capilla gótica. Antes de llegar, a medio corredor, una puerta estanca daba acceso, descendiendo una escalerilla metálica, a la claustrofóbica sala de máquinas. El etéreo olor a gasoil que desprendía me resultaba muy familiar; me había traído a la memoria aquellas madrugadas de negra oscuridad, adormecido, tumbado bajo cubierta a proa de la Atlántida, mientras mi padre al timón dirigía el llaüt hacia el secreto caladero donde largaríamos los volantines. Ese aroma nos acompañaría a lo largo de aquellos seis días, inundando el interior de la nave a cada arranque del motor y amalgamándose con el olor a húmedo, a madera vieja amarada, a sentina, a hierbas y especies de la cocina, a cebolla sofrita, ajo, pan tostado, tomate de ramellet restregado, a café recién hecho…

A la hora señalada, habíamos largado amarras y zarpado del puerto de Palma. Elsa había tomado posesión de la cocina y comenzaba a deleitarnos con suculentos y exóticos aromas. El patrón y los marineros habían izado la mayor y los demás nos habíamos replegado en torno a Magdalena. Mientras la escuchaba, no había podido evitar echar un vistazo al resto de los tripulantes. Uno de los dos madrileños -creo recordar que de nombre Arturo- había captado mi curiosidad.

Médico de profesión, delgado y de baja estatura, lucía una calva prominente rodeada de cabellos negros por los flancos y la retaguardia, que ya empezaban a blanquearle las sienes. La nariz aguileña y el bigote bien arreglado le daban un aire gongorino. La mirada penetrante delataba una inteligencia superior a la de la mayoría de los mortales y su aspecto cuidado y elegante, así como su apostura calmosa y educada invitaba a sospechar una procedencia aristocrática. La primera impresión hacía pensar en alguien aburrido, estirado y pretencioso, pero las primeras impresiones suelen servir de poco.

Arturo -le llamaré así a riesgo de equivocarme- resultó ser un hombre culto, generoso de su conocimiento y dispuesto a aprender cosas nuevas; polifacético, conversador y participativo, de un agudo sentido del humor y mucho más divertido de lo que su aspecto hacía presagiar; tirando más a Quevedo que a Góngora. Uno de los personajes más interesantes que conocí a bordo del Zorba, y llegué a conocer a muchos. Pero dejemos ahora a Arturo; más adelante volveré hablar de él y de una faceta suya que nos hizo pasar un rato muy agradable.

… amarrábamos a una boya fondeada en el puerto de Cabrera. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

Al cabo de unas horas y varios bordos más tarde, sin más novedad que las lejanas aletas de una bandada de huidizos delfines, amarrábamos a una boya fondeada en el puerto de Cabrera.

¿Qué te podría contar de Cabrera que no sepas o que no puedas encontrar en la enciclopedia? Cinco veces hice noche allí a bordo del Zorba y, es curioso pero, de todas, la que más a menudo me viene a la memoria es una en la que no visité la isla. Era mi cuarta navegación. Sería poco más o menos dos años después de la primera, me estrenaba como marinero i tuve que quedar a bordo haciendo tareas de mantenimiento. El otro marinero, Emili, había pedido permiso al patrón para bajar a tierra y Pinxo había consentido. Quedamos a bordo Pinxo y yo.

Conocía a Pinxo de antes. Habíamos coincidido en alguna experiencia musical, él tocando el saxo tenor y yo el bajo y la guitarra. Más adelante, me había invitado a compartir el ático que había alquilado en Palma y yo, que aún vivía con mi padre y no encontraba el momento de partir, había aceptado. Se podría decir pues que éramos colegas. Pinxo siempre me había parecido un espíritu libre. Corpulento, bonachón, afable, siempre con una sonrisa entreabierta en la boca y dispuesto a reír cualquier ocurrencia de su interlocutor. De hablar educado y correcto, aunque salpicado de algunos barbarismos voluntarios de argot que delataban su afinidad con la subcultura nocturna de los escasos garitos que Palma destinaba en los años 90 al blues.

Cualquiera que quisiera describirlo con un único rasgo físico tendría que mencionar su cabello. Corto como un cepillo, cuando lo conocí, le rodeaba la cabeza redondeada confundiéndose con la barba, generosa y de similar calibre. Sólo la zona destinada a la frente, nariz, orejas y ojos, oscuros y redondos, se salvaban de la vellosa invasión y le evitaban parecer un erizo marino. Este aspecto, junto con su apellido, Espina, lo había hecho merecedor de ese inevitable apodo, Pinxo, con el que él mismo se presentaba siempre ufano con una risa, consciente de que la evidencia del motivo de aquella denominación debía divertir por fuerza a la concurrencia.

… había dejado a Emili encargado de no dejarme respirar hasta que no me hubiera entrado el oficio. Foto: archivo Rafel Jaume

Mi sorpresa al encontrármelo, con el pelo un pelín más largo, como patrón del Zorba fue mayúscula y consideré una suerte poder estrenarme como marinero a las órdenes de un amigo. Pero Pinxo patroneado un barco, no tenía amigos ni estaba para risas, y así me lo había hecho saber antes de subir a bordo. -Cuando estemos en tierra- me había dicho -nos vamos de birras como buenos coleguis y, si me tienes que decir algo, me lo dices; pero a bordo, yo, patrón; tú, marinero. Estuve a punto de contestarle con un tranqui, tronqui, pero decidí que no era el momento. Cuando el primer día le había dicho que no sabía hacer un as de guía se había llevado las manos a la cabeza y había dejado Emili encargado de no dejarme respirar hasta que no me hubiera entrado el oficio. Al principio, Pinxo me vigilaba de cerca y con la correa corta. Después aflojó un poco, y eso que le hice una de bien gorda. Más adelante tal vez la cuente.

El trabajito que me tenía reservado aquella tarde era bien fácil, pero nada agradable a priori. Tenía que dar pintura al motor. Nunca me ha gustado mucho pintar; pero hacerlo sentado en la sala de máquinas de un barco columpiado por el mar no me pareció un buen plan para pasar la tarde en Cabrera. El olor a gasoil, grasa, pintura y disolvente, combinado con la falta de ventilación y el monótono vaivén del buque, era el cóctel perfecto para provocarme una buena limpieza de estómago y añadir un amargo olor a la amalgama de aromas que me rodeaban. Pero no; le cogí el gusto a la cosa y perdí la noción del tiempo dando azul a la máquina. Al cabo de un buen rato, Pinxo, que a buen seguro confiaba en que no aguantaría ni media hora allá abajo y saldría pronto a suplicar clemencia, se asomó para comprobar que no hubiera perdido el mundo de vista. –Rafel, estàs bé? – oí. –Beníssim– contesté saliendo de mi ensueño. – ¡Pues venga! Sal de aquí que te vas a dejar la piel; y ven a tocar un rato.

Después de cenar, quisimos regalar a la tripulación el fruto de nuestro esfuerzo. Foto: Mercedes Alba

Así, mientras nuestros compañeros desembarcados en Cabrera visitaban el castillo, el museo, el monumento a los franceses y, sobre todo, la cantina, Pinxo y yo pasamos el rato, él con su saxo soprano y yo con mi guitarra, ensayando Stormy Weather, un título, la verdad, nada apto para marineros supersticiosos. Después de cenar, quisimos regalar a la tripulación el fruto de nuestro esfuerzo, pero la performance no nos quedó demasiado fina. Emili nos acribilló a sarcasmos y se oyeron más risas que aplausos.

Aunque todo eso fue mucho tiempo después de la historia que te estaba contando. Perdona si me voy por la tangente.

¿Qué te podría contar de Cabrera?, decía …

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Y como he hablado antes de Stormy Weather, te dejo con la versión de mis admirados Ella Fitzgerald y Joe Pass que he tenido la suerte de encontrar. Nada que ver con nuestra versión. O no, Pinxo?

 

Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

Si te ha gustado, me lo dices; y, si no, perdices.

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Salud y buen viento.

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