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Esta historia empieza con Mi romance con el Zorbay es la continuación de la crónica Basureros del arco iris.

Hoy los grupos organizados de basureros costeros voluntarios son más habituales. Creo que todos los que navegamos en el Zorba nos sentimos pioneros de esa fiebre. Así, al menos, nos sentíamos entonces, por más que aquel orgullo viniera acompañado de una cierta sensación de estar cometiendo una extravagancia, de ser de esos a quienes ahora llaman friquis, pero, también, como dijo alguien alguna vez, de ser basureros del arco iris.


Rafel Jaume, monitor del Zorba, Greenpeace VI, fent net a Cala Pi.
Limpiando en Cala Pi.

Tres años más tarde, el verano del 99, tendría una experiencia mediática capitaneando una brigada de aquellos basureros del arco iris. Ya era entonces un voluntario experimentado. Había tomado parte en la fundación del Grupo de Apoyo de Greenpeace de Mallorca y coordinaba el voluntariado para el proyecto conjunto con el GOB de reforestación de La Trapa Echando raíces. Había navegado un puñado de veces como marinero y ni los nudos ni las maniobras se me atravesaban.

Una productora de documentales se había puesto en contacto con la oficina de Greenpeace para grabar algunas imágenes del Zorba y de alguna de las actividades del proyecto. No sé bien cómo fue la cosa. Se había fijado lugar, Cala Pi, y día; y ese día le tocaba navegar a Alicia. La recuerdo muy preocupada por tener que hablar ante una cámara e intentando convencerme para que la sustituyera. También recuerdo que no le  costó demasiado.

Así lo recuerdo y no lo acabo de entender, porque meses antes, a finales de otoño del 98, otra cámara había embarcado a bordo del Zorba, Alicia había sido la monitora y habló mucho más tranquila que yo, que estuve más rígido que un garrote.


No sé, por tanto, de dónde le venía aquella inquietud a Alicia, pero a mí me vino de perlas. Cualquier ocasión de embarcarme en el Zorba era bien recibida.

Nuño Ramos, patrón del Zorba.
Amaia, marinera del Zorba.

Nuño fue el patrón. Era la segunda vez que navegaba con él como monitor sustituto. pero esta vez lo haría también como marinero. De esta experiencia, recuerdo que tuvimos un temporal muy fuerte para amarrar en Cala Rajada y tuve que hacer de práctico, empujando el casco del Zorba con la lancha neumática a contraviento, para que Nuño y Amaia, la otra marinera, pudieran abarloarse. También recuerdo que a Amaia, arriando la mayor, se le cayó el bichero sobre mis morros y me partió un trozo de diente. Aun así, conservo un muy grato recuerdo de ella. (Tranquila, Amaya. Ya me arreglé el diente.)

Como coordinador del proyecto, Nuño tenía que evaluar mi idoneidad como monitor. Estaba decidido a coger una excedencia en el banco si me escogían, pero me salió competencia. Ya te digo ahora que fue como que no. Mercè era bióloga y más simpática. Contra lo segundo podría haber competido. Lo otro era insalvable.

Desembarcando en Cala Pi.

Para mi primera navegación con Nuño, meses antes, me había aprendido con pelos y señales los nombres científicos y la vida en verso de los cetáceos, quelonios y aves marinas de las Baleares: delfines mulares, comunes y listados, calderones grises y negros, rorcuales y cachalotes, tortugas, cormoranes, gaviotas de patas amarillas y de Audouin, pardelas baleares y cenicientas, paíños …; había hecho un intensivo sobre las lagartijas endémicas y la extinta foca monje; había estudiado el Informe Metadona sobre la formación y posibilidades de recuperación de las playas de las Islas; había memorizado los hitos más importantes de la historia de Greenpeace

Seis días charlando a bordo es un trabajo agotador. Te pongas donde te pongas, entre actividad y actividad, siempre tienes a alguien que te quiere preguntar más detalles sobre la última charla o te quiere explicar qué no funciona dentro del engranaje de Greenpeace (como si yo pudiera hacer algo al respecto) o saber cómo debería hacerlo para entrar en la organización (¿me lo dices o me lo cuentas?) Recuerdo una conversación con un gaditano muy crítico. Me dijo que consideraba de mojigatos no dejar fumar hierba a bordo… a mí, que me habían reñido por beber una cerveza sobre la cubierta del Sirius.

Meditación a bordo del Zorba

En el Zorba se permitía fumar tabaco fuera de la cabina sin echar los restos al mar. En el puente siempre había, bien trincado con una goma elástica, un frasco de vidrio tapado donde se tiraban las colillas. Pero el cannabis y otras drogas no estaban permitidos a bordo. La explicación de esta norma era tan sencilla como que los barcos de Greenpeace necesitaban recalar en puertos de países donde el consumo de alcohol (no hablemos de marihuana) estaba penado. Una imagen en prensa de una cerveza o un porro a bordo podía suponer la negación de un permiso de amarre. Por más que le expliqué al gaditano que una denuncia o una noticia sobre consumo de drogas a bordo podría perjudicar gravemente a la organización, siguió pensando que éramos unos mojigatos. Debía trajinar un mono de los gordos.

Antes de zarpar, me previnieron sobre lo que nos encontraríamos en Cala Pi. No sería una limpieza habitual de primera línea de playa, y no porque estrenáramos chalecos de algodón con el logotipo de Greenpeace. El dueño de un hotel tenía la concesión de las hamacas, sombrillas y mantenimiento de la playa. Sabíamos que en lugar de limpiar, se escondía la suciedad bajo la alfombra; es decir, que en lugar de subir la suciedad hasta lo alto del promontorio y tirarla en los contenedores, se almacenaba, oculta a simple vista, al fondo de la torrentera.

Explicando la actividad de limpieza selectiva.

Cala Pi es la desembocadura del torrente homónimo que fluye entre dos despeñaderos en la parte de levante del Migjorn mallorquín. La cala no está urbanizada más que en lo alto del acantilado que da al norte. Una escalera de piedra comunica la urbanización donde estaba el hotel con la playa. Subir la suciedad debía salir bastante más caro y fatigoso que trajinarla torrente adentro. Greenpeace quería aprovechar las cámaras para denunciar este atentado contra el medio natural y contra el paisaje. Y para hacerlo, me habían designado a mí.

Mi relación con Cala Pi se remonta a mi primera infancia y se limita a un día de playa en familia. Era el año 65. Aún no había bolsas, platos, vasos, cubiertos de plástico ni servilletas ni pañuelos de papel.El recuerdo que tengo es fruto del repetido visionado, a lo largo de mi niñez, de la película de súper-8 que rodó mi padre, más que de la buena calidad de mi memoria a largo plazo. Aquí tienes un pequeño fragmento.

Después de aquella primera experiencia, nunca había vuelto. Y ahora me tocaba hablar de ella como si fuera mi casa y me la hubieran llenado de basura. Y así lo hice. Lamentablemente, que un productor quisiera aprovechar el proyecto de Greenpeace para llenar un minuto de un programa de veintiocho no quería decir que estuviera dispuesto a facilitarnos la difusión de una denuncia.

Recuerdo perfectamente haber mostrado a los periodistas los rodamientos de la máquina que había acarreado los montones de suciedad, restos de neumáticos, hamacas viejas apiladas con los tejidos de plástico deshaciéndose en microplásticos y haber criticado el sistema de limpieza, pero en un momento de la entrevista me pidieron que resumiera en pocas palabras qué habíamos ido a hacer y eso fue todo cuánto salió. Un gol entre las piernas al portero suplente.

Recogimos cuatro bolsas grandes de basura, pero, esta vez, no las estiba a bordo del Zorba. La playa tenía un servicio de limpieza que no hacía bien el trabajo. Dejamos las bolsas al pie de la escalera de piedra para “facilitarles la tarea”, pero no les gustó la broma. Cuando estuvimos frente al embarcadero, en la orilla contraria de la cala, oímos unos gritos a nuestra espalda que nos increpaban de mala manera.

Limpiando Cala Pi

Me di la vuelta y vi a un joven que venía enfurecido hacia nosotros. Un uniforme de trabajo le identificaba (supuse), como responsable de mantenimiento. Mi experiencia como monitor se complicaba. Demasiado bien había ido la cosa. Tragué saliva antes de dar un paso adelante y encararme a él. Le saludé amablemente con toda la firmeza que pude simular. No me gustan estas situaciones y probablemente me temblara una pierna.

Que qué nos habíamos creído y que nos teníamos que llevar “nuestra” basura (la palabra que empleó fue mierda). Y yo, que la suciedad no era nuestra y que eran ellos quienes la habían retirado de la playa y arrinconada al fondo del torrente. Y él que sólo hacía lo que le ordenaban, y yo, condescendiente, que la entendía, que la culpa era de su jefe pero que aquello no estaba bien. Y él, más enfadado aún, ladrando que no podíamos dejar las bolsas allí y que quien éramos.

A pesar de la evidencia de los chalecos con el logo, le expliqué que éramos voluntarios de Greenpeace y que habíamos venido con un cámara de televisión para … Al oír las palabras “cámara” y “televisión” cambió de tono. Pareció acojonarse y, tras preguntar cuándo saldría y decirle que no lo sabíamos, dio media vuelta y nos dejó en paz. La adrenalina me rezumaba por las orejas, pero creo que a él le rezumaba otra cosa. Quizá después de todo no estaba cumpliendo órdenes y no tenía la conciencia tranquila.

Tripulación de Chalecos de algodón en el puerto de Palma.

De vuelta tuve que aguantar al gaditano crítico, diciéndome que había sido blando. No sé qué idea tenía de Greenpeace, pero no era la mía. ¿Esperaba que la emprendiera a gritos y a tortas? No debía saber inglés ni qué llevaba escrito en el chaleco.

Mi minuto de “gloria” no saldría en antena hasta un año más tarde en el documental Entre las espuma y la arena, de la serie del segundo canal de TVE Guardianes del hábitat, donde tuve el privilegio de compartir espacio televisivo con algunos los personajes más conocidos y carismáticos del ecologismo balear.


El mar enfurecido

El mar, cuando se enfurece, es un vómito que pretende hacerte echar las tripas por la boca. El viento, cuando se cabrea hace ventosa y no la deja salir. Sentado sobre cubierta, aferrado al guardamancebo de sotavento, mientras me pasan por la mollera estas chorradas sin pies ni cabeza, intento ver si algo de aire fresco en la cara me hará superar el colocón que he pillado. Es humillante, pero debo reconocerlo: me he mareado. Yo. En el mar.

CONTINÚA


Así me habló mi memoria y así te conté mi historia.

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