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Àngel nos ha dejado y, ahora que no está, quiero recordar cómo lo conocí, cómo nos llegó a Carmen y mí y algunas fechorías del único año que disfruté de él, antes de quedar lisiado.

Tres tensos palmos de cadena ataban el cuello del animal a la cruz de un almendro. Toda su longitud no le bastaba para tumbarse en el suelo sin que los eslabones de hierro le atenazaran la garganta. Así, patas torcidas, costillas marcadas, cara asustada, lo vi por primera vez, el invierno de 2008, en la foto que Ana Aranda, entonces vicepresidenta de Baldea, le hizo a través de la rejilla que cerraba el solar.

Un plato vacío en el suelo era todo el atrezzo de la escena. Ni una vasija con agua, ni un triste bidón donde cobijarse se. Dos compañeras de cautiverio, esparcidas por la finca con la misma suerte que él, tenían, ellas sí, el privilegio de poder tumbarse en el suelo. Un pony y cuatro caballos, dos siempre encerrados en un pequeño establo, completaban el reparto de aquel thriller carcelario, que rozaba, si no superaba ya, decían los vecinos, el año de rodaje.

Descendiente del dios Anubis, pertenecer a la raza más ancestral del Mediterráneo no supone, para un perro ibicenco, ningún privilegio, en una tierra donde los cazadores confinan a sus compañeros de armas en caniles fuera de temporada. Sort y sus hermanas de infortunio, Luz y Liberty, así los bautizó Ana, eran perros ibicencos y yo fui el presidente de Baldea que redactó y presentó la pertinente denuncia que los liberó de aquel sufrimiento.

Las perras fueron fáciles de colocar, pero a Sort solo le salían novios de escopeta y cartuchera y no nos resignábamos a no darle un futuro más acorde con su nombre. Mientras no salía nada mejor, quedó en una casa de acogida. Lo conocí aquel verano, durante una fiesta en el Festival Park a beneficio de una protectora. Unas modelos desfilaban acompañadas cada una de un perro para adoptar. Sort fue uno de ellos, pero tampoco ese día tuvo suerte.

Estuvo muy tranquilo, a pesar del jaleo de la fiesta, y fue especialmente amable conmigo. Me gustó especular con la idea de que, de alguna manera misteriosa, mediante alguno de los sentidos que hemos perdido o no sabemos emplear los animales humanos, aquel perro flaco, largo y desaliñado, sospechaba que yo había tenido algo que ver con su liberación.

A finales de año, en casa, Nena y Ombra nos habían dejado. A pesar de la dulce compañía de Clara, que nos había encontrado y adoptado un año antes en las montañas de Puigpunyent, Bru había permanecido muy triste. A Bru nos la habían dejado caer en el jardín de casa de Carmen, en Son Ramonell, ocho años atrás siendo un cachorro, y había crecido con aquellas dos madres.

El día de fin de año de 2009, decidimos llenar el vacío dejado por las perras con aquel desafortunado perro, pero no nos convencía el nombre. Un par de días más tarde, Sort salía de su casa de acogida y, hecho un saco de huesos, famélico y descompuesto de vientre, Àngel entraba en casa. Bru, sin embargo, muy tocado de artrosis en el codo, no estaba para juegos y Àngel tenía más hambre que ganas de jugar. Hambre y nervios. El animal, acostumbrado a los espacios abiertos, no sabía dónde hacer el huevo en una planta baja y no se estaba parado. Suerte de Clara, que nos lo tenía entretenido y consolaba de vez en cuando a Bru de tener que aguantar todo el día a aquel terremoto.

Muy pronto, Àngel encontró su vocación: ladrón de víveres y saqueador del cubo de la basura. No podíamos dejar nada a la vista ni un segundo, ni que fueran verduras crudas. En un abrir y cerrar de ojos nos lo había quitado de ante las narices y lo apretaba fuerte para que no le pudiéramos abrir la boca. Los minutos previos a cada cena eran para Àngel un sufrir y un no vivir. Salivaba como un penitente invitado a una bacanal mientras Carmen hacía hervir la olla llena de carcasas de pollo. Las babas le goteaban de las comisuras de los morros como estalactitas mientras fijaba la mirada en las volutas de vapor que aromatizaban la cocina.

Por San Antonio ya había engordado un poco y lo presentamos en sociedad en las beneïdes.

—¿Como así está tan flaco?

—¡¿Flaco?! Deberías haberlo visto hace dos semanas.

Un día, lo quisimos mostrar a la gente de Baldea. Aprovechamos que tras una junta hacíamos una pequeña fiesta para los amigos y socios de las protectoras. Entonces, empleábamos el local de la escuela de Animalots como sala de juntas. Cuando Carmen abrió la puerta y compareció Àngel, no tuvo tiempo (Carmen) de decir buenas tardes que ya lo teníamos de zarpas sobre la mesa de los cocarrois.

Los paseos de Àngel también fueron célebres. Vivíamos en Son Peretó, entre la Vileta y Son Rapinya. Cada tarde, embarcábamos la tropa en la furgoneta y la desembarcábamos cerca del golf de Son Quint. Nos solíamos reunirr un puñado de personas y una docena y pico de perros en un green construido a medias. Para llegar teníamos que dar una gran vuelta para salvar un desnivel. El primer día que llevamos a Àngel, a la hora de volver, encontró que era tontería dar tanta vuelta, que ya era hora de cenar. Partió en sentido contrario, no estuvimos a tiempo de cogerlo y se metió en el pinar. Al llegar al coche, Àngel esperaba con cara de decir “¿qué habéis hecho, tanto rato?” Había atajado campo a través y había ido directo al coche como si hubiera venido con GPS de serie.

Pronto encontró que aquello de correr con tanto perro no iba con él. De camino al green descubrió una zona que aún no habían sembrado de césped. Un pequeño ecosistema de hierbajos diversos, típico de regiones donde las excavadoras han dañado la vegetación centenaria. Un pequeño universo plagado de ratas y ratones. Àngel encontró más divertido jugar con ellos que con los otros perros. Bautizamos aquel santuario como la disco.

Cada noche dejábamos ahí a nuestro adolescente y pasábamos a recogerlo de vuelta a casa. Lo veíamos de lejos, cabeza baja, orejas derechas, concentrado escuchando la garriga al acecho de sus pequeños residentes. A veces lo veíamos erguirse sobre dos patas y observar/escuchar el suelo polvoriento de la disco desde alto para, de repente, saltar sobre alguna presa, real o imaginaria.

Al verle, lo llamábamos. ¿Crees tú que venía? Ni nos miraba. Seguía a lo suyo como quien oye llover. Y venga llamar a Àngel y venga silbar Carmen y yo, hasta que uno de los dos (normalmente yo, que había tenido la genial idea de adoptarlo) lo iba a buscar. La primera vez, lo cogí por sorpresa, pero nunca más. Me oía acercarme y, sin mirarme, me esquivaba manteniendo la mirada en el suelo. Y venga dar vueltas como una peonza detrás de Àngel, hasta que algún ratón o escarabajo captaba su atención y yo aprovechaba para cogerle.

Hasta que una tarde, noche cerrada, Ángel no estaba en la disco a la hora de ir a cenar. Lo llamamos y lo buscamos hasta que decidimos volver con la esperanza de que ya estuviera en el coche. No estaba. Con el corazón encogido, volvimos a casa. Mientras Carmen daba la cena al resto (la tropa había aumentado hasta la media docena), yo volví al golf con el miedo de que lo hubieran atropellado mientras volvía a casa y de encontrármelo tendido en medio de la carretera. Aún no conocíamos su instinto de supervivencia y, con la cara de inocente que paseaba, desconfiábamos de él. Me esperaba justo donde habíamos aparcado antes el coche.

Nuestro adolescente se había vuelto un bala perdida. Le cogió el gusto a la aventura y cogió el vicio de llegar tarde. Cada vez más tarde. Lo llevábamos atado un par de días, pero, en cuanto lo soltábamos para ver qué pasaba, volvía partir. Por lo menos ya no sufríamos. Sabíamos que no intentaría volver a casa. Àngel tenía muy claro el punto de encuentro: no tanto, sin embargo, la hora. Me lo tomé con calma. Los días que el niño no comparecía, volvíamos, Carmen daba cenas y yo me iba, con un sándwich y una bebida a esperar que el señor se dignase a volver. Cenaba, me acomodaba, ponía música y esperaba. ¿Las dos?, ¿las tres?, ¿cerca de las cuatro? Era impredecible. Me habría gustado ponerle un chip de seguimiento con un programa de esos que dibujan sobre un mapa la ruta seguida para saber qué otras discos frecuentaba nuestro Àngel. Al caer el otoño y llegar el frío, se le pasó el vicio. Se cenaba más calentito en casa que por ahí.

Pero donde los instintos de orientación y de supervivencia de Àngel se mostraron más evidentes fue en Puigpunyent. No importaba cómo de lejos nos hiciéramos de casa. Si no estaba junto al coche al llegar nosotros, le dejábamos que volviera por su cuenta y siempre encontró el camino.

Desgraciadamente, a mí me pasó lo que me pasó y me he perdido los últimos diez años de Àngel. Sé, sin embargo, que, junto a Carmen, ha vivido una vida feliz, cómoda, tranquila y llena de paseos por muchas garrigas diferentes: Son Quint, Puigpunyent, Sa Indioteria, Felanitx, Algaida, Sencelles…

Ha sido un perro independiente, aventurero, pero tranquilo y buen chico como él solo. Ha caminado hasta que sus trece años y pico le han dicho basta y ha muerto un 24 de agosto en su cama, acompañado de Carmen, tres perras, dos perros, dos gatos y de mis pensamientos.

No habrá otro como él. Descansa en paz, Àngel.

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