Disponible en: Catalán

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Escribí este cuento entre mayo y junio de 2019, como trabajo de clase, casi terminando el primer curso de Narrativa de la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonés. El tema era libre. Me inspiré en unas personas y en un hecho que conocí durante mi estancia en San Juan de Dios, entre Navidad de 2010 y abril de 2013. Dos años y medio dan para muchas historias y siempre había pensado que un día contaría esta.

Con un poco de experiencia propia y otro poco de ficción, apañé este relato al que quise dar un toque de ritmo y otro de intriga. Incontables revisiones después, aquí tienes su versión (de momento) definitiva.

 


Diez a uno, y el perro no cuenta

—Diez a uno, y el perro no cuenta —dice Toni mientras Julia se sienta en el banco del paseo mirando al mar. El recuento ha comenzado veinte minutos antes, cuando él y Julia han salido de la habitación y se han cruzado con Ester, la enfermera, que ha dicho:

—¡Hola Julia! —Uno a cero.

Como cada jueves, Julia ha venido a buscarlo a las cinco. Esos son los mejores días. El resto los pasa mirando la televisión y pensando; sobre todo pensando. Toni piensa a todas horas. Si no puedo hablar, ¿qué otra cosa puedo hacer?

La silla de ruedas chirría por el corredor de la última planta del hospital, llena de gente que va y viene o pierde el tiempo ante las puertas mirando cómo viene y va la gente.

—¿Cómo estás Julia? —Gori, médico. Dos.

Toni no puede mover su cuerpo de cuello para abajo. Por eso Julia lo lleva a ver el mar. A Toni le gusta mirar, oler y escuchar el mar, pero le gusta mucho más mirar, oler y escuchar a Julia.

—Cada día estás más buena, Julia. ¿Cuándo quedamos para…? —Borja, celador. Tres a cero.

La conoció un día que entró en su habitación y dijo:

—Hola. Me llamo Julia. Soy voluntaria. ¿Quieres ir a pasear?

Además de pensar, Toni se fija en los detalles. Hoy se ha fijado en el periódico que asoma de la bolsa de Julia. Nunca la había visto con uno. De camino al ascensor, Aina, auxiliar de enfermería, los detiene, le pellizca la mejilla y dice con aquella vocecita con que algunas mujeres hablan a los niños y a los perros:

—¡Cosita guaapa! Vigila bien a este bergante, Julia. Que no se vaya con ninguna extranjera. —Cuatro a uno.

Toni tiene cuarenta y cinco años, el cuerpo consumido y la cara demacrada por una enfermedad degenerativa. De él se puede decir cualquier cosa salvo “cosita guapa” y es improbable que se vaya con una estranjera. Le revienta que, por el hecho de llevar pañal y no hablar, lo traten como a un bebé. Tampoco le gusta que se les hable así a los perros. En realidad, Toni sí habla, pero con los dientes apretados. La parálisis no le permite abrir la mandíbula. Por más que se esfuerza en pronunciar palabras, sólo le entienden Julia y Nuria, su logopeda.

—¡Julia! Tenemos que hablar del paciente de la doscientos cuatro. —Mar, fisioterapeuta. Cinco a uno.

Julia también es fisioterapeuta del hospital. Trabaja por las mañanas y por las tardes es voluntaria. Es muy joven y Toni sabe que tarde o temprano partirá, como tantas otras, pero confía en que no lo haga antes de morirse él.

Aun sabiendo que le queda poco tiempo —¿días?, ¿meses?— Toni se preocupa por los problemas del mundo y piensa soluciones. Soluciones sencillas que, si todo el mundo las pusiera en práctica, sanarían al mundo de todos sus males. Tiene una para cada caso, aunque, dice, hay un único problema global. Toni no tiene cura pero está convencido de que el mundo sí la tiene. Es de eso de lo que habla con Julia. Ella le pone peros a sus razonamientos y trata de encontrarles resquicios. Toni, dos pasos por delante, siempre tiene la respuesta o dice que lo pensará y comienza la conversación del jueves siguiente con la solución al problema en cuestión.

Se abre la puerta del ascensor y salen seis personas. Cuatro de ellas saludan a Julia. Toni gesticula con los labios y, escupiendo unas gotas de saliva, emite un sonido gutural —nueve a uno— que tan sólo Julia entiende y corresponde con una sonrisa socarrona.

Tancant portas. Asçansor baixant. —dice una voz metálica con acento de Barcelona.

El ascensor se detiene.

Tarcera planta. Ubrint portas.

Entra Nuria.

Tancant portas. Asçansor baixant.

—¿Qué?, ¿Toni? ¿Vas a arreglar un poco el mundo hoy? Acuérdate de respirar con el diafragma y no tenses el cuello. ¿Vigilarás que no se canse, Julia?

Toni detecta una mirada de complicidad entre las dos compañeras. ¿Es cosa mía o justo antes Nuria ha dejado caer la mirada sobre el periódico? Toni es muy suspicaz y es consciente de ello; pero también sabe que a veces ve misterios donde no los hay.

Planta baixa. Ubrint portas.

Salen. Eloi, el psicólogo, saluda a Nuria y a Julia. Toni cuenta mentalmente, para no tener que explicar su juego a Nuria, un punto a favor de Julia. Se despiden y enfilan el camino de salida. Ya falta poco para dedicar un rato a arreglar el mundo. Toni sabe que sus soluciones morirán con él. Le habría gustado ser articulista para poder pregonarlas, pero esta es una de tantas frustraciones que se consumirán cuando lo incineren. Las puertas automáticas se abren de par en par y el aroma salino de la brisa marina alivia las fosas nasales de Toni de todos los hedores de hospital acumulados.

Bajan la empinada pendiente tambaleándose sobre el bacheado suelo de la acera, cruzan una calle y ya están en el paseo que bordea el mar de Cala Gamba. De camino hacia Es Carnatge, un cachorro se sube a las rodillas de Julia. Ella se agacha, le acaricia las mejillas y le rasca tras las orejas. Julia sí que sabe tratar a la gente. El cachorro le lame los labios. Ella se deja hacer. Toni tiene un arrebato de celos y valora si ha de incluir eso en el recuento. No puede evitar echar un vistazo al escote de Julia y se ruboriza cuando ella levanta la cabeza y lo pilla. Julia finge indignarse, pero sonríe después indulgente. Deja marchar al perro y sigue empujando la silla paseo abajo. Llegan.

—Diez a uno y el perro no cuenta —dice Toni mientras Julia se sienta en el banco del paseo mirando el mar.

—Haces trampas. Yo he contadas dos a tu favor.

—Nuria no cuenta.

—¡Vaya si cuenta! Once a dos.

—Pues el perro también. Doce a dos.

—¡Ja,ja, ja! ¡Tramposo!

Hacia poniente, la tarde no tiene prisa; el sol gravita por encima del Galatzó, violáceo sobre un lienzo de terciopelo azul con tendencia al rubor. Julia coge el periódico y lo abre por las páginas centrales. Lo hojea adelante y atrás. Qué extraño. ¿Hoy no hablamos? ¿Qué buscará? ¿Trabajo? ¡¿Se va?! El ceño de Toni se frunce intentando desvanecer la sombra que amenaza nublar su jueves. Julia cruza las piernas, mira solemne a Toni y lee en voz alta:

—Soluciones sencillas a un problema global.

Los ojos de Toni se abren de par en par como resortes y se humedecen a medida que oye de boca de Julia un discurso que conoce bien. Las lágrimas no le impiden, sin embargo, leer su nombre al pie de la carta al director que Julia le planta ante su cara al haber terminado.

Fin


Y eso fue todo.

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