Disponible en: Catalán

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Foto de portada: Rafel Jaume. 

Esta historia es la continuación de 

    1. Mi Romance con el Zorba
    2. Centinelas de una Mar Inmensa 
    3. Cabrera es…
    4. Cabrera a Vista de Halcón 
    5. Cabrera a Oscuras

 

Maite, Kenneth y yo, arriando la mayor en un día mucho más calmado que la madrugada de aquel 24 de octubre del 99. Foto: archivo Rafel Jaume.

La oscuridad es absoluta. El viento sopla con rabia, como no recuerdo haberle visto hacerlo nunca. La jarcia del Zorba está poseída. Estayes y obenques silban furiosos; vibran con la tormenta como las cuerdas de un gigantesco instrumento musical. Las drizas martillean coléricas los palos de aluminio con estridente escandalera. El generador eólico, en lo alto del palo de mesana, se suma a la fiesta con su lejano aullido salvaje. Todo el velero parece una siniestra orquesta sinfónica afinando antes de un concierto, como el fúnebre preludio de una estridente misa de réquiem. A pesar del cobijo que le ofrece por el suroeste Na Picamosques, la cima más alta de la isla, el fuerte temporal de lebeche sacude las aguas del puerto de Cabrera transformándolo en una violenta montaña rusa.

El barco-escuela de Greenpeace, con todo el trapo arriado, baila frenéticamente de babor a estribor y de proa a popa. Sobre cubierta, enfundados en gruesos trajes de agua, tan sólo Kenneth en el puente y Maite y yo a proa, sujetos mediante arneses a las líneas de vida. Navegamos a motor y recibimos el viento de ceñida amurados a estribor. Se hace difícil mantener el equilibrio y parece imposible encontrar alguna de las 50 boyas que debería haber en el puerto; como si el mar se las hubiera engullido a todas. Finalmente, avistamos una hundiéndose y surgiendo del agua a merced de las olas, como un náufrago que se ahoga. La maniobra sería sencilla en un día normal, pero no con rachas de 40 nudos.

Mientras Maite, más experta, indica por señas a Kenneth el rumbo a seguir, yo, con brazos más largos, me dispongo a pescar el boyarín con el bichero. Cada vez que parece a mi alcance, un golpe de viento nos desvía de la deriva correcta y lo dejamos atrás o lo pasamos por la quilla antes de poder atraparlo. Ese diabólico flotador de plástico descolorido parece tener vida propia y un espíritu de conservación que ya quisieran para sí muchas criaturas marinas. Tras un puñado de virajes y más intentos de los previstos, consigo hacerme con mi presa. Tan rápido como puedo, izo el boyarín y cojo la amarra que cuelga de él; la agarro con fuerza por la gaza y cobro de ella con todas mis fuerzas -que no son muchas, todo hay que decirlo-. El guardacabo de acero me hiela los dedos.

Con Maite y Kenneth, habiendo terminado el trabajo. Foto: archivo Rafel Jaume.

Maite me toma el bichero de las manos y me acerca el chicote de la amarra que ha atado a la bita de estribor. Un instante antes de poder pasarlo por la gaza, una ráfaga de viento nos aleja violentamente de la boya. La tensión de la amarra a punto está de arrastrarme por la borda. No quiero soltarla y, en un inútil intento de vencer con mis escasos músculos la furia desenfrenada de los elementos, mantengo firme mi presa hasta que una nueva racha aumenta aún más la tensión y la amarra sale disparada hacia la oscuridad al tiempo que siento una fuerte punzada en mi índice izquierdo. No sé cómo, me he retorcido el dedo. Un buen puñado de intentos más tarde -15 en total- conseguimos completar la maniobra. El Zorba está amarrado y mi dedo hinchado y palpitando como una zambomba.

Esto acontecía en la madrugada del 24 de octubre de 1999. Durante toda esa semana, no pude tocar la guitarra y estuve una buena temporada sin hacerlo. Mi dedo nunca volvió ser el mismo y nunca volví a hacer bien la cejilla. El Zorba me había devuelto tres años y medio antes el placer de tocar para mis amigos y el Zorba truncaba en un instante mi mediocre carrera de juglar de fin de semana. Al llegar a Palma, me diagnosticaron una fisura en la última falange del índice izquierdo, poca cosa, pero nunca más pude volver a estirarlo por completo. Curiosamente, en cambio, fue el primer dedo que conseguiría mover en 2010, cuando, inmóvil en la cama del Instituto Guttmann, esperaba una milagrosa curación que nunca llegó. Dicen que las viejas heridas tienen memoria. Pese a mi lado izquierdo insensible y mis extremidades en perpetuo calambre, hoy, recordando aquel hecho, vuelvo a sentir en mi dedo la punzada que me ha acompañado desde aquel día.

La madrugada del 27 de marzo de 1996, el puerto de Cabrera tenía un aspecto muy diferente. Había dormido como un crío y acabado temprano el sueño. Un haz de luz entraba tenuemente por el ojo de buey de mi camarote tiñendo de oro el universo de motas de polvo que flotaban ingrávidas, suspendidas en la penumbra de la estancia. Holgazaneando al cálido abrigo de mi saco de dormir, observaba aquel caos aparente. A diferencia del ordenado firmamento que me había cautivado la noche anterior, las minúsculas partículas se movían lenta pero implacablemente, sin chocar unas con otras, como si una fuerza arcana dirigiera sus trayectorias. En realidad, pensé, no hay tanta diferencia entre ambos universos… Los astros también se mueven sin colisionar… ¿o somos nosotros quienes nos movemos?… ¿Está todo en movimiento o hay algún cuerpo inmóvil en el cosmos?… ¿Se mueve el polvo aleatoriamente o sigue algún plan predefinido?… ¡¿Qué pu…ñe-tas haces, Rafel, filosofando sobre las sinergias que determinan el destino de las motas de polvo, mientras, allá a fuera… te está esperando Cabrera?!

La aurora nos dejaba en prenda un cielo espectacular cubierto por un tejado de algodón. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

En dos minutos estaba en cubierta contemplando cómo se alzaba el sol tras los cerros que encierran el puerto por oriente. La aurora nos dejaba en prenda un cielo espectacular cubierto por un tejado de algodón. Las nubes hacían los honores al sol dejándole una rendija por donde sonreír risueño. Él, agradecido, les pintaba los faldones de mandarina.

Unas horitas más tarde, en el muelle, conocíamos al alcalde de Cabrera. Así llamaban a Joan, el payés. También decían de él que mandaba más que el capitán general. Joan, su mujer, María, y sus dos hijas eran los únicos residentes civiles de la isla. Él era, además, el patrón del Tres hermanos, la única barca de pesca con amarre propio en el puerto de Cabrera y una de las pocas con licencia para pescar en aguas del parque. Estas licencias no se pueden traspasar a los herederos, sino que son inherentes a cada embarcación. Por ello, las pocas barcas autorizadas son objeto de frecuentes restauraciones a manos de los carpinteros de ribera con el fin de mantener su derecho. Y eso me lleva a plantearme la Paradoja de Teseo, explicada así por Bernat Oliver en su libro Una història de la nàutica a Mallorca:

La Paradoja de Teseo, muy bien planteada por Plutarco y antes que él debatida por otros filósofos como Heráclito, Sócrates o Platón ya trataba la cuestión de si un objeto al que se le han sustituido sus partes sigue siendo el mismo objeto. La paradoja hacía referencia al barco de Teseo que fue reconstruido a lo largo de los siglos a medida que la madera se iba pudriendo y rompiendo hasta que llegó un punto en el que se plantearon en qué momento había dejado de ser el original y en qué momento había comenzado a ser otra cosa. “

No quiero con ello, ni mucho menos, poner en duda la autenticidad del Tres hermanos y le deseo a su actual patrón, el nieto de Joan, que lo conserve por muchos años; solo he querido redimirme de mis filosofadas baratas sobre la ingravidez del polvo, con una pincelada de filosofía de la buena.

El espejo de popa del Zorba. Foto: Rafael Jaume.

Había refrescado y el aire despejaba el espíritu. Comenzamos la suave ascensión hacia el norte de la isla, acompañados a ratos por una pequeña cohorte de solicitas lagartijas, dispuestos a limpiar de desperdicios humanos una de las bellas calas que soportan cada invierno los embates del mistral, la tramontana y el gregal. Caminábamos entre hierbas y matojos. Confieso que entonces yo era un perfecto analfabeto en botánica. Mi interés por la naturaleza se limitaba a los animales y, como la mayoría de ecologistas aficionados, de entre ellos prefería los amistosos cetáceos al resto de las criaturas de Darwin. Por eso, donde había jaras, albaidas, romeros, matas, acebuches, olivillas, sabinas, lechetreznas, aladiernos, labiérnagos o madroños, por no alargarme demasiado, yo sólo veía hierbas y matojos. Dos años más tarde, aprendería a amar a aquellos frágiles seres inertes, a conocerlos por sus nombres y a evitar pisar los individuos más tiernos, como voluntario reforestador de la Trapa.

Pasamos la mañana doblando el espinazo y maldiciendo a nuestra especie, al ver las cosas tan absurdas que somos capaces de echar al mar. Entre los lógicos restos de redes, boyas y otros utensilios náuticos perdidos accidentalmente y los inevitables coágulos de chapapote, encontramos bidones, botellas, tetrabriks, latas, anillas de latas, colillas, compresas y montones de bastoncillos para hurgarse los oídos, entre otras muchas andróminas de las que algunos sapiens deben pensar que el mar se nutre. No pudimos dejar la playa tan limpia como hubiéramos deseado, porque era imposible y por mor de un enorme plástico enterrado en la arena que nos tuvo ocupados por un buen rato. Lo separamos, lo pesamos y lo dejamos todo arrinconado en bolsas para que un vehículo del parque viniera más tarde a llevárselo.

Volvimos al Zorba, comimos y, cuando el pinche hubo terminado su trabajo y todos hubimos digerido los excelsos manjares de Elsa, regresamos a tierra para una tarea más placentera y menos onerosa: visitar el museo. De camino, nos desviamos por un sendero que se adentraba en un pinar; teníamos que visitar antes el monumento a los franceses. Nadie comprendía muy bien qué interés podía tener aquello y mucho menos cuando vimos el feo obelisco en cuestión, protegido por una reja de hierro y decorado por un ramo de crisantemos de plástico y otro par más de flores mustias. La historia que nos contó nuestro guía nos permitió entenderlo y nos dejó pasmados. En pocas palabras, los mallorquines tenemos el honor de haber albergado en el ala sur de casa el primer campo de concentración de la historia moderna de Europa.

Más de 9.000 soldados del ejército de Napoleón fueron confinados en Cabrera en 1809 por las Cortes de Cádiz tras la batalla de Bailén, en condiciones infrahumanas. Sólo 3.600 volvieron a Francia cinco años más tarde. Intentar explicar aquí todo el horror que sufrieron aquellos hombres en pocas palabras me parecería de mal gusto y un insulto a su memoria; hacer una descripción más minuciosa me alejaría demasiado del objetivo de mi relato. Algunos de los supervivientes dejaron por escrito sus malvivencias, pero muy poco se ha hablado de estos hechos al sur de los Pirineos durante los últimos 200 años. Los pueblos suelen hacer gala de sus glorias en sus libros de historia mientras esconden sus miserias bajo la alfombra.

El Zorba en el puerto de Cabrera. Foto: archivo Kenneth Perdigón.

En contraste a esta mancha negra en nuestra historia, el museo, alojado en la antigua bodega inacabada de la familia Feliu, destina con un gusto exquisito cada una de sus tres plantas al patrimonio histórico, etnológico y natural de la isla. Piedra, madera y vidrio conforman un espacio acogedor que invita a permanecer en él un buen rato y a olvidar por un momento la tragedia de los infortunados franceses.

El atardecer se desvanecía por ponente y una sensación de vacío en el estómago nos decía que era hora de volver a bordo. Después de cenar, más estrellas, charlas y canciones, pero no tantas como la noche anterior. La jornada había sido dura y el catre nos reclamaba. Al día siguiente navegaríamos hacia el norte, rumbo al faro de Capdepera, el punto más oriental de Mallorca.

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Un Hallazgo Funesto

El embate jugaba dulcemente con las olas, les daba forma, las redondeaba, las hacía a todas parecidas pero peculiares a la vez, sin permitir que ninguna de ellas se atreviera rivalizar con las demás…

Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

Si te ha gustado, me lo dices; y, si no, perdices.

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