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Esta historia empieza con Mi romance con el Zorba y es la continuación de la crónica Chalecos de algodón en Cala Pi.


Mi minuto de “gloria” no saldría en antena hasta un año más tarde en el documental Entre las espuma y la arena, de la serie del segundo canal de TVE Guardianes del hábitat, donde tuve el privilegio de compartir espacio televisivo con algunos de los personajes más conocidos y carismáticos del ecologismo isleño.


Primavera de 1996. Aguas de Tramuntana.

El mar, cuando se enfurece, es un vómito que pretende hacerte echar las tripas por la boca. El viento, cuando se cabrea hace ventosa y no la deja salir. Sentado sobre cubierta, aferrado al guardamancebo de sotavento, mientras me pasan por la mollera estas chorradas sin pies ni cabeza, intento ver si algo de aire fresco en la cara me hará superar el colocón que he pillado. Es humillante, pero debo reconocerlo: me he mareado. Yo. En el mar.

Elsa. Foto: Rafel Jaume

Contemplo indeciso la manzana que me ha dado Elsa. Elsa, siempre atenta y preocupada porque la estancia a bordo sea inolvidable para todos, en lo que concierne a la parte que le corresponde. Nunca faltará una picada antes de comer si ella decide que esto hará más agradable la travesía. Reservada sin timidez, algo misteriosa, le gusta alejarse esporádicamente del grupo, ya sea en la cocina o cabalgando sobre el bauprés, para adentrarse en sus pensamientos; pero participa como la que más en las actividades y suele tener las posturas más radicales en cuanto a la defensa del medio ambiente y de la mujer. Seguro que la suya fue una de las voces que se acordaron de las madres de los que habían cortado la cola a las dos crías de delfín (Un Hallazgo Funesto).

Orestes. Foto: Rafel Jaume

Contemplo, decía, indeciso la manzana que me ha dado Elsa cuando me ha visto tan hecho polvo, supongo que para que tenga algo en del estómago o para limpiarme la boca cuando haya sacado la hiel por ella, pero yo no necesito nada de eso. Aún no he podido vomitar… ni podré. Me daba tanto asco vomitar siendo un niño que se me debió anquilosar la vomitera. He tenido muchas veces, pero no recuerdo la última en que conseguí consumar el acto del vómito.

También sufrí bastantes mareos. Cuando íbamos a pasar el domingo a la caseta de aperos que mis abuelos tenían en la marina de Valldemossa o de excursión en coche, si la carretera tenía curvas, tenía que sentarme delante, sobre el regazo de mi madre, que, de flaco que estaba, solía decir que en el culo tenía agujas en lugar de carne. Al crecer, aprendí a controlar esta  alergia a las curvas. Pero en el mar, nunca, que yo recuerde, me había mareado. Bien de niño, me acostumbré a los balanceos de una barca. Alguna madrugada de mucho sueño, mi padre me enviaba a meterme bajo cubierta a proa del laúd, y ni el olor a pescado rancio ni la de gasóleo conseguían descomponerme la ventresca.

¿Qué me había pasado pues? ¿Qué hacía al Zorba diferente del Atlántida?

La cocina. Recordarás que dije que cada día tocaba a uno de los pasajeros hacer de mozo de cocina y te habrás fijado en que durante toda la travesía el mar ha sido, si no una balsa de aceite, sí lo bastante amable como para que nadie tuviera que consumir biodraminas. Pues se ve que Poseidón y Eolo se habían conchabado contra mi reencuentro con el arte de la navegación y habían preparado para mi día de pinche un buen menú: temporal temperado con batucada de utensilios culinarios.

Lluis: Foto: Rafel Jaume

Habíamos zarpado de madrugada de Cala Tuent. Lluis sabía lo que nos esperaba y no quería sorpresas. Además, había un buen trecho hasta Palma y tampoco quería llegar demasiado tarde. Las primeras horas fueron tranquilas, pero, llegado el momento de enclaustrarme en la cocina para fregar los platos sucios de la merienda, el viento empezó a soplar y el mar pidió al Zorba para bailar pegados a su ritmo. A los barcos les suele complacer que el mar les proponga un baile. No suelen negarse. No saben, sin embargo, que el mar es puñetero y traicionero; primero, porque pone los cuernos; que el mismo baile se lo propone a otros barcos de los alrededores y todos suelen caer seducidos a sus encantos; segundo, porque lo que empieza como una galante balada romántica, poco a poco se anima y puede acabar convertido en una frenética danza contemporánea.

Orestes. Foto: Rafel Jaume

Llegados a este punto, nada es como en horas de calma, a bordo de un barco. Donde todo era antes orden y concierto, hay ahora desconcierto y desenfreno. Y donde más evidente se presenta esta metamorfosis es en su cocina. Dije al principio de estas crónicas sobre la cocina del Zorba que, “bajo un aspecto caótico, escondía un orden estricto donde cada utensilio ocupaba su lugar y donde no había lugar sin su herramienta.” (Centinelas de una Mar Inmensa). Bien, pues, cuando la mar se enfurece, con la oscilación convulsa de los utensilios colgados de sus asas y el repiqueteo obsesivo de vidrios y metales, el aspecto caótico parece tragarse al orden estricto.

Magdalena. Foto: Rafel Jaume

Aun sabiendo que, vuelta la calma, cada cosa recuperará su lugar, durante esas horas de mar movida y angustia, en la cocina, te parece ser el protagonista de una de esas películas donde se combinan personajes reales con dibujos animados, en las que los utensilios de cocina se rebelan contra ti y eres víctima de sus maldades. El ojo de buey cerrado para evitar la entrada de agua ayuda a aumentar la temperatura y la sensación claustrofóbica en la reducida estancia. A cada sacudida del buque, el miedo a que algún utensilio caiga al suelo y se rompa eleva el nivel de angustia por encima de los de humedad y calor. Sólo tienes cabeza para pensar una cosa: he de salir de aquí.

Pep: Foto: Rafel Jaume

Cuando empiezas a imaginarte a ti mismo rodeado de dibujos o a pensar que los utensilios de cocina te quieren mal, es hora de que el aire fresco te devuelva el color a la cara. Y en este punto estoy ahora mismo: sentado sobre cubierta, aferrado al guardamancebo y asomando la cabeza por sotavento para que el viento de barlovento no me estampe en la cara lo que de un momento a otro podría sacar por la boca. Con una manzana en la mano y fijando la mirada tan lejos como puedo, hacia la costa escarpada de la marina de Valldemossa, pienso que alguien, desde la caseta de mis abuelos, podría ver con suerte, entornando los ojos, en un mar azul oscuro salpicado de borreguitos blancos, una mancha blanca diferente al resto: la vela del Zorba.

Elsa. Foto: Rafel Jaume

Aunque navegamos a motor, Lluis ha mandado izar la mayor con dos rizos para mantener la estabilidad de la nave. El viento ha rolado a mistral de buena mañana y se ha atemporalado. Ahora la Sierra de Tramuntana no nos resguarda del viento y nos hemos alejado un par de millas de ella para evitar la proximidad de los acantilados. Tramuntana, antes bien definida y aliada cercana que nos protegía del levante, es ahora una turbia sombra violácea que nos amenaza desde la lejanía y a la que es mejor no tener demasiado cerca.

Una compañera de navegación. Foto: Rafel Jaume

Los marineros se han enfundado sus trajes de agua y maniobran como si la tormenta les divirtiera. Ellos han venido para ganar experiencia, no de paseo. Verlos tan alegres ante la adversidad me hace pensar si tal vez Pep u Orestes o ambos juntos no habrán conjurado a los ocho vientos del mundo para que nos envíen un temporal de mistral de los gordos que nos haga bailar de verdad. ¡Nada! Chorradas de un hombre mareado.

Meritxell. Foto: Rafel Jaume

Sin embargo, hasta la peor tormenta acaba por pasar de largo y deja a todos la sensación de que no ha sido para tanto y, a quienes no la han sobrellevado bien, como es mi caso, un sentimiento de vergüenza que no puedes ocultar, sobre todo si ves que gente más joven y menos marinera que tú ha permanecido fresca como la manzana que ahora sí que estoy devorando.

Un compañero de navegación. Foto: Rafel Jaume

Cuando perdemos el control de nuestro cerebro por un mareo en alta mar, nos asusta pensar que ni el mar ni el viento tienen mesura. Nadie te dice de aquí no pasa, y si te lo dicen, mienten, porque nadie puede poner límites a los fenómenos atmosféricos. Eso lo sabemos todos, pero, cuando perdemos el norte a causa de un mareo, esa certeza nos aterra.

Un compañero de navegación. Foto: Rafel Jaume

El Zorba vira poco a poco a babor. Banyalbufar y Estellencs, como dos belenes colgados de los acantilados se nos acercan cerrando el espectáculo que empezó, millas noreste allá, en Formentor. Aunque todavía nos falta la guinda, el acto final: Dragonera. El mistral ha aflojado y ha rolado a poniente. Lluis decide no pasar por el estrecho y hacerle una visita a la cara oculta del islote. Manda soltar escota, los marineros se apresuran a ello y los winches que chirrían, y la mayor que se abre a sotavento y el motor que calla… y la magnificencia de los 350 metros verticales del acantilado de na Pòpia que nos hiela la sangre y nos corta el aliento.

Arturo. Foto: Rafel Jaume

Magdalena me sugiere poner banda sonora al sublime instante. Si fuera por mí, dejaría hacer al silencio, pero antes de que alguien proponga algún ritmo caribeño, tengo la música, la letra y los deseos perfectos: “… que el camino sea largo, que sean muchas las madrugadas en que verás un puerto que tus ojos ignoraban, y vayas a ciudades a aprender de los que saben. “Viatge a Ítaca de Llach, Mediterráneo en estado puro, es mi elección. Por suerte la había grabado en casete para escucharla a bordo. Con la excitación de los últimos días se me había ido de la cabeza. Ahora que el viento silba y las gaviotas graznan, es el momento.

Meritxell y una compañera de navegación. Foto: Rafel Jaume

Superado el enorme escollo de Dragonera, ya sólo nos queda bordear la costa de Sant Elm, y el disparate urbanístico de Andratx y Calvià. En este punto, tal vez para compensar las malas vistas hasta el puerto de Palma, hacemos el avistamiento vivo más claro y cercano de toda la semana: un delfín mular se nos coloca a proa y nos guiará durante unos minutos nadando y saltando a babor y a estribor del bauprés. Nuestro éxtasis es absoluto. Aún está fresco el recuerdo de las dos crías muertas de delfín listado (Un hallazgo funesto) y esta despedida la interpretamos como un acto de gratitud de Poseidón por haber denunciado el crimen y haberle limpiado Cala Tuent.

Rafel Jaume.

En unas horas atracaremos en el Puerto de Palma, haremos el equipaje, iremos a cenar con una representación de la oficina y de los voluntarios de tierra, contaremos anécdotas de la experiencia y escucharemos otras de otras navegaciones. Alguien contará la vez que un rorcual, nadando con rumbo de colisión contra el Zorba, se sumergió en el último momento y pasó por debajo del casco sin tocarlo y lamentaremos no haber vivido una experiencia así. Intercambiaremos direcciones y teléfonos, nos diremos adiós y nos enfrentaremos al síndrome de las colonias, aquel vacío en el pecho que padecíamos de adolescentes después de unos días de convivencia con amigos en colonias, acampadas, viajes de equipo, de estudios… Una sensación inexplicable de enamoramiento comunal y de añoranza súbita. Un sentimiento que ahora, mientras acabo estas últimas líneas de esta crónica, vuelvo a experimentar, no tan intenso, pero lo suficientemente claro como para querer describirlo.

Tripulación y pasaje del Zorba con Sofía, coordinadora del proyecto.

Y llegamos a puerto. El Zorba descansaría dos días y volvería zarpar con seis nuevos pasajeros y una tripulación diferente. Los compañeros partirían, dos a Madrid, tres a Barcelona, mantendríamos, tal vez, el contacto un tiempo, no más allá. Yo permanecería en Palma con la esperanza de repetir, totalmente inconsciente de que alguien en la oficina de Greenpeace urdía una telaraña para que así fuera (no hace falta decir que aún ahora le estoy muy agradecido a Sofía); una telaraña donde quedé atrapado por los próximos cuatro o cinco años siguientes.

El Zorba.

Cuatro o cinco años que me dejaron perpetuamente reservado, para un velero llamado Greenpeace VI, más conocido como Zorba, y para toda su gente, un rincón en el corazón. En mis oídos, ahora mismo, todavía suenan los toques de la campana de a bordo que Arturo hacía sonar antes de desembarcar, feliz como un niño con bicicleta nueva, ante la mirada cómplice de Lluis, y los últimos versos de un poema de Konstandinos Petru Cavafis, musicado por Lluis Llach: “… sabio, como bien te has hecho, sabrás lo que significan las Ítacas”.

 


Así me habló mi memoria y así te conté mi historia.

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