Disponible en: Catalán

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Foto de portada: Rafel Jaume


Esta historia forma parte del relato Mi romance con el Zorba y es la continuación de A Bordo del Sirius.

… quiero quedarme un rato más sentado aquí, en el bauprés del Zorba, donde no hay preocupaciones, ni dolor, ni calambres, ni espasmos musculares, (…) donde puedo abrir los brazos y planear como una pardela sobre las olas y sentir cómo el viento juega con mis dedos, porque aquí, en el bauprés del Zorba, mi piel es sensible al placer; todos mis sentidos lo son y me invitan a quedarme.


El Zorba se aleja de Formentor y cuanto más se aleja, con más alegría lo acompaña el levante.

Pep, el marinero silencioso del Zorba. Foto: Rafel Jaume.

—Rafel? has d’anar a popa. en rodó 1 —una voz plácida, casi un susurro, con acento de Girona suena tras de mí. Es Pep, el marinero silencioso, la antítesis de Orestes. Igual de esforzado y eficiente, pero callado, sosegado, siempre atareándose impasible, escuchando atento, deliberando circunspecto en su mundo interior o las tres cosas a la vez. Vuelvo la cabeza y veo a todo el mundo ya en la bañera. No me hago esperar.

A bordo del Zorba no hay órdenes a gritos, como en las películas de piratas y navegantes del siglo XVIII. Ni ¡largad amarras!, ni ¡aparejad el trinquete!, ni siquiera el clásico ¡todo a estribor! (tampoco a babor). En el Zorba las órdenes se dicen, cuando no se dan a entender con la mirada; no se proclaman. A lo largo de la maniobra que veré a continuación, de pie en la bañera, asomando la cabeza por encima de la capota y procurando no perder detalle, me doy cuenta de que, o los marineros se la saben de memoria o bien la han concertado antes con el patrón. Todo se hace en silencio, sin prisas pero sin demora, como un reloj de engranajes bien lubricados y con cuerda suficiente para no perder ni un segundo de cada minuto.

Lluis, al timón, emprende un viraje suave a babor para permitir al levante entrarnos por la aleta de estribor. Mientras tanto, Orestes suelta la retenida, que había estado hasta ahora sujetando la botavara de la mayor a una bita de proa para (eso me lo explicarán más tarde) evitar trasluchadas adversas. Libre la vela, los dos marineros la cazan hasta llevarla bien al medio. Es una maniobra fatigosa. Mientras uno hace girar la manivela del cabrestante, el otro le da la espalda y, sentado sobre cubierta de cara a proa, agarra la escota con las dos manos. Con brazos, piernas y riñones, va cobrando a fuerza de tirones rítmicos el cabo que caza tensado la botavara, al ritmo que marca tras de sí el gemir mecánico del winch. Así, a base de chirridos y resoplidos, como músicos interpretando a tempo un dúo andante sforzando, los marineros enrollan, compás a compás, la escota al cabrestante. Es el único momento de la maniobra en que se rompe el silencio y oímos algo más que las olas y el aire. No puedo evitar pensar que los productores de Hollywood de los años treinta no habrían perdido la ocasión de guarnecer la escena con una canción de marineros que la tripulación entera entonaría, a una sola voz, stridendo assai, y que versaría sobre tesoros enterrados, cofres de muertos y botellas de ron. No. En el Zorba eso no se hacía.

Escotas, drizas y winches. Foto: Rafel Jaume.

Acabada la maniobra, con la botavara ya bien centrada y a salvo de trasluchadas indeseadas (he tenido que escurrir la cabeza bajo la capota para que la larga pértiga de aluminio no me marcara la raya de oreja a oreja), los marineros tiran cada uno por su viento. Si uno va a proa y caza corta la trinqueta, el otro pasa a popa y lleva al centro la mesana. Así, con tres cuartos de arboladura alineados con la línea de crujía, sólo el génova, hinchado como la papada de un sapo, recoge a sus anchas el levante. El barco ha perdido escora, pero no está plano aún. Algo me dice que se acerca un instante crítico. Ahora Pep y Orestes toman posiciones, uno a babor, el otro a estribor. Encarados a popa, cada uno agarra la manivela de uno de los dos cabrestantes del génova. Con la mirada, dicen a Lluis que están listos para trasluchar.

El patrón les devuelve una señal de «de acuerdo» y empieza a girar suavemente la rueda del timón. La nave cae a babor; el velamen se desvienta; la escota de sotavento del génova se destensa y deja de trabajar. La gran vela triangular hace el burro como quien no sabe qué camino tomar. Bailando a merced del viento como la llama de una vela bajo el influjo de una corriente de aire, parece sacudirse la sal, como hacen los perros al salir del agua. El puño de escota va de lado a lado golpeando con violencia y gran estruendo la vela. La percusión hace así su entrada con un poderoso solo ad libitum que prepara mayestático el gran momento del viraje.

El Zorba se adriza por completo; la cubierta esta ahora bien plana y tengo una extraña sensación de incomodidad, como si, tras horas de pisar el suelo inclinado, fuera ésta la posición ingénita de mi cuerpo y la estabilidad ahora me estorbara. Parece que el cerebro necesite unos minutos para acostumbrarse. Es la primera vez que permanezco más de unas horas a bordo de un velero y la impresión me resulta nueva. Todavía no lo sé, pero, cuando acabe esta primera cita con el Zorba, añoraré sus cambios de escora como quien añora las mudas de humor de una mujer caprichosa pero hechicera a la vez. Tras un par de encuentros con mi nuevo amigo y amado, me aburrirá abismalmente la monótona horizontalidad de tierra firme.

El Zorba deviene la tribuna de un espectáculo espléndido. Foto: Rafel Jaume.

Ahora sí, la voz de Lluis !, trabugem! ² —indica el momento. Orestes suelta la escota de babor mientras Pep caza la de estribor. Los dos winches chirrían frenéticos. La entrada triunfal molto vivace los metales acalla la percusión cuando el puño de escota del génova pasa por sobre la relinga de la trinqueta y desiste de percutir la vela. El viento ya nos entra por la aleta de babor y el génova recupera poco a poco su orgullo, su virilidad, toda su inflación. Mesana, mayor y trinqueta se llenan de viento y hacen escorar levemente de nuevo la nave. Lluis continúa virando hasta alcanzar un largo abierto. El winch de babor calla. El de estribor canta sus últimos gemidos en un quejumbroso ritardando seguido de un silencio sobrecogedor. Como monjes que ofician un ritual atávico memorizado a fuerza de repetirlo, Pep y Orestes van abriendo el velamen al levante; primero la mayor, trinqueta y mesana después. Con todo el paño desplegado, Lluis pone rumbo a Sa Calobra, el viento vuelve acariciarnos por la aleta y volvemos a oír la incombustible voz de Orestes explicando alguna historia a alguien.

El Zorba deviene ahora la tribuna de un espectáculo espléndido. Navegamos en paralelo a la cara oculta (oculta para los que vivimos en secano y sabemos del mar que es azul, verde o negro, que en él se puede nadar o ir en barca, pero que es tumba fácil), la cara oculta, decía, de la Sierra de Tramuntana que se nos entrega con toda su magnificència. El generoso levante, que aquí es viento terral, ha purificado la atmósfera de nieblas y calimas. Tan sólo cuatro cúmulos dispersos resisten atrincherados en el Castillo del Rey de Pollença, temerosos de que un vendaval se los lleve mar adentro o los disipe como algodoncillos de azúcar en la boca de un niño. Otros permanecen rasgados, inertes, colgados del cielo; sábanas tendidas deshilachadas, suspendidas de un alambre invisible. Pero la generosidad tiene un límite. Los vientos a veces se cansan y piden permiso al padre Eolo para dejar de soplar un rato (que un rato para un viento puede significar horas, días o semanas). Y ¡toma! Permiso concedido. Ya tenemos la encalmada. Tanto trabajo para nada. Pero así es el mar, al menos en esta parte del mundo.

Orestes, Lluis y Pep arriando la mayor. Foto: Rafel Jaume.

Y las velas que se desinflan. Y el génova que pierde su orgullo y su virilidad y se deja caer sobre cubierta como un pulpo apaleado, falto de aquella inflación de que antes alardeaba. Y Lluis que lo mira todo; y Orestes y Pep que miran a Lluis. Y el embate que no es suficientemente fuerte y que el día no es suficientemente largo y no nos bastará; que Magdalena dice que quiere hacer noche en Cala Tuent para limpiarla un poco al día siguiente, pero que antes nos quiere mostrar el Torrent de Pareis. Y Lluis que da orden de arriar velas. Y los winches que vuelven a chirriar y los ciento sesenta caballos del Barreiros que dormitan en la sala de máquinas que vuelven a rugir. Y en pocos minutos tenemos al Zorba, velas arriadas, navegando a motor hacia Sa Calobra, y a Pep y a Orestes sentados con nosotros en la bañera. Y yo me pongo a hacer fotos; fotos que hoy me ayudan a recordar a Lluis, y a Orestes, y a Pep, y a Magdalena, y a todos los demás; y el mar y las velas y el levante; y las nubes rasgadas y las cumbres de Tramuntana… y el bauprés del Zorba, donde no hay quebraderos de cabeza ni te duele el alma.

Tienes que ir a popa. Viramos en redondo. =>
¡Trasluchamos! =>

Gracias a Kenneth Perdigón por la minuciosa descripción de una trasluchada con viento de levante, sin la cual, y sólo con mi escasa memoria, este relato no habría sido posible. Me he tomado la libertad de aparejar sus indicaciones marineras con un poco de imaginación terrenal.

Consultado Lluis Ferrés sobre la veracidad de la maniobra, me da el visto bueno (cosa que le agradezco) y me regala dos puntualizaciones léxicas (ya corregidas), aunque, dice, no recuerda las maniobras del Zorba tan elegantes como la que aquí se describe. Yo tampoco las recuerdo así, ni tampoco tan silenciosas, pero, ¿qué sería de una crónica marinera sin un poco de ficción?

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