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Éste es el capítulo 1 de esta aventura, pero no el primero. Si quieres ponerte en situación, deberás leer antes el capítulo O de la Fuga de Bernat y Rafel hacia Tierras del Norte.

Carátula del álbum Bring on the Night de Sting.

Si además quieres ambientarte musicalmente, puedes escuchar el que entonces era uno de mis discos de cabecera: Bring on the Night; el espléndido álbum en directo de Sting. El primer tema, con su vertiginoso solo de piano a cargo de Kenny Kirkland, es de aquellos que marcan época y hacía vibrar hasta al más pasota de los moradores de la oscuridad del Nibbas, uno de los antros que coronaban la última planta del complejo maremágnum de bares que se alzaba majestuoso frente a la plaza Gomila de Palma a finales de los años 80.

Al grano:

Capítulo 1

Un perro olisqueando el césped del Campo de Marte de París, con la Torre Eiffel de fondo. Foto: Rafel Jaume

Pues lo que debería haber sido la mayor aventura de nuestras vidas no pasó de ser un viaje en tren de dos buenos amigos, con muchas ganas de emociones fuertes, pero con poca suerte o maña a la hora de conseguirlas. Y no digo con esto que no valiera la pena hacer este viaje, que, si no de aventuras, de situaciones extrañas y divertidas sí tuvimos un buen puñado para contar; al menos así nos lo parecieron y así trataré de dejar de ellas fiel testimonio.

A las 08:25 del día 7 de marzo de 1987 despegábamos Bernat y yo de Son Sant Joan. A las 18:55 aterrizábamos en Barcelona. Primera pifia: no habíamos mirado bien los horarios de los trenes -no teníamos todavía Internet- y, a la hora prevista de salida, solo salía el Talgo. Hoy, a ninguno de los dos le habría parecido nada mal pasar la noche en litera y no sentados en los incómodos asientos de los trenes de la época, pero entonces íbamos cortos de presupuesto y 7.120 pesetas del año 87 por cabeza fue un sablazo que nos arruinó las expectativas de una entrada triunfal en la Ciudad de la Luz. Pero dicen que París bien vale una misa; nosotros nos dejamos la camisa. Con inesperada puntualidad europea, a la hora señalada, las 9 menos 5 en punto de la noche, partía el tren que llevaba a Bernat Oliver y a Rafel Jaume rumbo a las tierras del norte.

Compartimos compartimento y un par de cafés con Yoshitaka Suzuki, un japonés que durmió como si no lo hubiera hecho en un año, no como Bernat, que arrastraba un tremendo resfriado y no pudo pegar ojo en toda la noche.

Un enorme y polvoriento bobtail vigilaba la calle de la golondrina.
Un perrazo vigilando y acumulando roña en la Calle de la Golondrina. Al fondo, el Delhy’s Hôtel. Más allá de los soportales, la plaza Sant Michel.  Foto: Rafel Jaume

Yo sí. A las 6’30, noche cerrada, me espabilaba desvelado por mi reloj interno de empleado de banca y mecido por el traqueteo de las ruedas del tren fregando las vías. Un ruido que nos acompañaría aún por un buen puñado de horas y que ahora añoro nostálgico.

Como buenos mochileros, no habíamos reservado alojamiento. Llevábamos la imprescindible Guía del Trotamundos y, siguiendo sus consejos, al cabo de 2 horas de trotar por las calles de París, yo con mi mochila azul, repleta a punto de reventar, y Bernat con su enorme saco rojo, dimos con el mítico Delhy’s Hôtel incrustado en el corazón del Barrio Latino, en la Rue de la Hirondelle, que significa calle de la golondrina; un nombre muy adecuado para aquel callejón, punto de encuentro de nómadas de todo el mundo. Un antro de una estrella con los precios más tirados de todo París. Ahora se llama Hôtel Le Clos de Notre Dame. Le han lavado la cara, le han añadido 2 estrellas y, ¿cómo no?, le han subido los precios. En su web recuerdan su historia:

“Este hotel fue conocido durante décadas como Delhy’s Hôtel. Fue un encantador y maravilloso hotel de una estrella, para viajeros de bajo presupuesto, con vigas de madera a través de los techos, una vieja y crepitante escalera y precios muy bajos.”

Ahora yo le añadiría unos cuantos epítetos más: estrafalario, roñoso, decadente, mugriento, tenebroso, cutre… nada que ver con el actual Le Clos de Notre Dame; pero entonces lo encontramos acogedor, o así lo describía la Guía del Trotamundos y lo que rezaba nuestro vademécum iba a misa.

Guía del Trotamundos de Paris
Portada de la edición de 1986-87 de la Guía del Trotamundos de París.

Debíamos andar muy desamparados porque, según nuestro diario, solo quedaba una habitación con una cama individual y la aceptamos; uno de los dos tendría que pasar la primera noche sobre un colchón tirado en el suelo. El diario no dice quién fue el afortunado; supongo que, cuando lo escribí, todavía no estaba decidido, pero, con la mala noche que había pasado Bernat, te puedes imaginar a quien le iba a tocar.

A las 12:00, dejamos los equipajes y salimos, ligeros como dos liebres, camina caminarás, hasta Notre Dame llegarás. En la catedral de París, según nuestro diario, Bernat alucinó visitando la cripta arqueológica. A las 18:00 sacábamos cuentas y veíamos que nos quedaban 22,55 francos, unas 450 pesetas de antaño, del presupuesto diario para cenar y salir de copas. “Esto ha sido un fracaso económico”, escribía yo. “Así es”, sentenciaba Bernat.

El Pont Neuf, sobre el Sena. Foto: Rafel Jaume

La primera tarea la cumplimos a buen precio en McDonald’s. Bernat me había hablado mucho de aquella entonces mítica hamburguesería. Él la había descubierto durante su viaje por Alemania un año antes. En Mallorca no habían abierto aún ninguna y yo estaba ansioso por probar sus delicadas viandas. Ese mismo 1987, según consta en los anales de la prestigiosa multinacional, Ronald McDonalddeslumbra con su primera actuación en España“. Al año siguiente, comenzaría a lo largo y ancho del territorio hispano una invasión de clones del “simpático” payaso americano. Quién nos iba a decir entonces que aquel apellido escocés, entonces evocador de suculentos manjares, llegaría a ser el paradigma internacional del mal comer. Ahora da hasta vergüenza decir que nos gustaba, pero éramos jóvenes, flacos y de bolsillo más flaco todavía. McDonald’s era una buena opción, por no decir la única.

Interior del bar 10 de la calle Odéon. Foto: www.lebar10.com

Las copas las tomamos en el 10 de la calle Odéon. “Mucho ambiente y una cosa curiosa; el ‘sistema rotatorio’ que tiene sus ventajas”, anotaba Bernat. Por “sistema rotatorio” quería decir que el bar tenía una norma: cada equis tiempo -no recuerdo la frecuencia- tocaba cambiar de mesa. Eso te obligaba a arreglar el mundo con gente diferente cada vez. Si dabas con alguien que te gustaba, no podías quedarte en Babia; con pocas palabras tenías que conseguir cambiar de bar. Así se vaciaba una mesa, el portero dejaba entrar al primer grupo que hacía cola fuera soportando la gélida noche invernal parisina, y el camarero servía una nueva ronda. Negocio redondo para todos, salvo para los bàmbols, como Bernat y yo, a quienes nos costaba entender todo aquello, acostumbrados como estábamos a dejar calentar nuestras cervezas en sus vasos, mientras intentábamos desentrañar el sentido de la vida o adivinar lo que estaba sonando, que bien podía ser In Between Days de The CureDigging Your Scene de los Blow Monkeys o la canción del momento C’est la Vie de un tal Robbie Nevil, de quien afortunadamente no volvimos saber nada.

La Torre Eiffel. Foto: Rafel Jaume

Al día siguiente, nos hicimos los turistas profesionales: de las 8:30 a las 17:50 recorriendo Paris. Cuzamos el Sena por el Pont Neuf para dar con el Louvre y de ahí, bordeando el río, hasta la Torre Eiffel. Era mucho más inmensa de como me la había imaginado. Le dediqué 5 de las 12 fotos que le hice a la Ciudad de la Luz aquel invierno de 1987. Volvimos a pie al hotel, para dejar caer nuestros reventados cuerpos, cada uno -ahora sí- en su cama.

No subimos a la torre. Por suerte, hoy tenemos Google Maps. Quién me iba a decir a mí entonces que, 30 años más tarde, baldado y sentado en mi silla, contemplaría París por los cuatro costados desde el mirador de la 2ª planta, sin hacer cola ni pagar entrada. Ahora mismo estoy ahí. Solo me falta el viento helado del norte en la cara. ¿Te vienes? ¡Venga! Si no tienes nada mejor que hacer, sube aquí y verás París.

Arrastra la imagen o haz girar la brújula que verás a mano derecha para mirar a los lados, atrás o hacia arriba y verás la inmensa estructura hasta la cima de la torre. Con el + de abajo a la derecha, te puedes acercar lo que quieras. Pulsa la flecha dentro del círculo blanco si quieres darte una vuelta por el balcón del mirador. ¡Ojo con las caídas!

La Torre Eiffel. Foto: Rafel Jaume

Al caer la noche, nos pusimos guapos y salimos a explorar el ecosistema nocturno parisino, a investigar más a fondo el “sistema rotatorio” del “10” de la calle Odéon y a ponernos ciegos de su especialidad, la sangría, y de la nuestra: las cervezas. La noche fue un éxito, o lo habría sido de no haber sido por un pequeño problema de aritmética.

Primero dimos con una francesa con quien pude practicar la leng… el idioma de Victor Hugo. Bernat había estudiado el de Shakespeare y quedó algo fuera de juego durante esta primera fase de la exploración. Tras un par de rotaciones infructuosas, terminamos la velada con dos irlandesas y una escocesa. Yo estuve hablando con una de las irlandesas, a la que llamaban Robbie, como al cantante de The Cure, porque llevaba el pelo igual. Bernat se hizo cargo de las otras dos y tuvo que lidiar con un siciliano que le quería quitar a Kim. No creas que tengo la memoria tan clara como para recordar con tanto detalle una noche de juerga de hace 30 años; de todo eso, como buenos investigadores nocturnos, tomamos buena nota en nuestro cuaderno de campo, de madrugada en el hotel.

El Barrio Latino. Foto: Rafel Jaume

¿Y el problema de aritmética? Pues que la francesa era una, las británicas 3 y que ni 3 ni 1 son divisibles por 2. Bernat y yo no estábamos muy puestos en el álgebra de grupos; además de ser de letras, éramos más de binomios y llegar a este tipo de acuerdos, con el cronómetro en marcha y con la paliza que llevábamos encima, era complicado. ¿Que cómo resolvimos el problema? Eso no es asunto tuyo.

Cuando a las 8:30 del día siguiente, martes 10 de marzo de 1987, nos levantábamos resacosos en el cuarto del Delhy’s Hotel, poco podíamos sospechar que, ese mismo día, en Dublín, iba a producirse un acontecimiento que marcaría… el verano entrante y las 50 o 60 próximas salidas nocturnas: el grupo irlandés U2 lanzaba The Joshua Tree. Los 3 primeros temas son de los que marcan época. El resto del disco, solo apto para friquis del rock de fines de los 80.

Pertrechados y consignados en recepción nuestros equipajes, salimos a dar una última vuelta por el Barrio Latino hasta los Jardines de Luxemburgo. No consta en nuestro diario ninguna aventura ni desventura alguna más de nuestro paso por la más grande ciudad de Francia.

Bernat Oliver. Foto: Rafel Jaume

A las 20:45 estábamos en el tren que nos tenía que llevar a Copenhague, o eso creíamos. No nos sobraban las fuerzas y no creo que nuestra dieta a base de hamburguesas, cervezas y cafés nos ayudara a recuperarlas. Un buen trempó no nos habría ido nada mal; suerte de la sobrasada y la bolsa de galletas de Inca que, como buenos mochileros mallorquines, custodiábamos como tesoros entre camisetas y calcetines.

Rafel Jaume. Foto: Bernat Oliver

 

 

 

Si quieres saber si conseguimos o no llegar a las tierras del Norte, no dejes de leer el próximo capítulo de esta historia, si algún día llego a escribirlo.

Y acabaré como he empezado: con Sting, Bring on the Night y con imágenes de la Ciudad de la Luz, todo ello en el documental grabado precisamente en París, meses antes de nuestra visita.

Salud y que tengas un buen día.

CONTINUARÁ

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