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Versión revisada del artículo publicado en el Diario de Mallorca el 16 de mayo de 2014.

Palma de Mallorca, 14 de mayo de 2014

Inteligencia Animal y Estupidez Humana

Parece demostrado que el hombre no es el único animal inteligente aunque sí el único que le da importancia al hecho de serlo.

Todavía hay, sin embargo, quien se aferra a este fenómeno, la inteligencia, para diferenciarnos de nuestros semejantes, las bestias. La definición de este vocablo ha sufrido tantos cambios que aún hoy es difícil saber en qué consiste. No sabemos si tanta modificación se debe a nuestra incapacidad para definir o a la necesidad de excluir a algún animal cada vez que cualquier insolente biólogo radical comete la desfachatez de descubrir en él comportamientos que se ajustan a la definición vigente. Inventamos el intelecto, lo definimos y lo circunscribimos a nosotros mismos para crear nuestro propio club privado. Algunos lexicógrafos solucionan el problema de raíz con un rotundo: “Capacidad humana para comprender y razonar”  y ya está. Aquí no entra ni Dios.

Otra cosa es la estupidez. La define el diccionario de la R.A.E. como torpeza y lentitud notable en comprender las cosas y, en segunda acepción, cómo no, como dicho o hecho propio de un estúpido; siendo estúpido su correspondiente adjetivo, es decir: necio, torpe, falto de inteligencia o bien palabra o hecho que demuestra la estupidez de su autor, lo que nos remite de nuevo al sustantivo en una de esas estúpidas definiciones circulares a las que nos tienen acostumbrados algunos diccionarios.

Aceptemos estúpido como falto de inteligencia. Haciendo caso a los lingüistas más estrictos y limitando esa cualidad al ser humano, estaremos condenando al resto de los seres vivos a la estupidez perpetua. Sí, incluso a Dios. La inteligencia suprema ninguneada por la más necia de sus criaturas, diría Aristóteles. El hombre crea a Dios y le despoja de su esencia, corregiría Nietzsche. Como tamaña atrocidad no cabe ni en la mente del menos torpe de los hombres, podremos concluir que alguien aquí se ha equivocado definiendo.

Porque ¿cómo podemos afirmar que un perro es estúpido cuando es capaz de entender sin haberlo estudiado nuestro complejo lenguaje vocal, mientras nosotros somos incapaces de entender su sencillo y universal idioma gestual? Los perros se comunican perfectamente con sus congéneres extranjeros y a nosotros nos cuesta comprender al vecino. A Idéfix le bastan cuatro viñetas para entenderse con el gran danés Kampfdolvarsa en La Grande Traversée, pero Astérix, el más astuto de los galos, es incapaz de hablar con los vikingos, lo que demuestra, entre otras cosas, que Goscinny tenía perro.

Algunos cetáceos, estúpidos por definición, pueden emitir simultáneamente dos mensajes a distancias y en direcciones diferentes. Los humanos, inteligentes en exclusiva, alcanzamos este logro a fines del s. XX y no por nuestros medios sino gracias a la tecnología; una tecnología que, por otra parte, nos convierte en el único animal capaz de exterminar su especie con sólo pulsar un botón.

Propongo pues una nueva definición de estupidez: cualidad exclusiva del ser humano, aunque no inherente a él, consistente en considerarse superior a sus semejantes -léase demás animales- por creer tener mayor inteligencia; donde inteligencia sería: cualidad que suele atribuirse el hombre a sí mismo para poder mirar a los demás por encima del hombro.

 

 Rafel Àngel Jaume
Presidente Honorífico de Baldea
(Plataforma Balear per a la Defensa dels Animals)

 

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