Disponible en: Catalán

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Foto de portada: Blackbird and Hoopoe, con permiso de Dorian Anderson.

… Esa noche hablamos. Hablamos del mar, de la tierra, de la vida que alojan, de la muerte y hablamos del hombre. Yo recordé una fábula que había escrito un año atrás para un trabajo de magisterio, me pareció adecuada para la ocasión y la conté. Tampoco estoy muy seguro de haberla contado, pero si no lo hice entonces, lo haré ahora…

Esta historia forma parte del relato Mi romance con el Zorba y viene a continuación de Un Hallazgo Funesto.

Prefacio

A principios de los años 90 me fui a vivir por mi cuenta. Había encontrado un estudio pequeño -muy pequeño- de 30 metros cuadrados terraza incluida, pero muy acogedor para mi gusto y fácil de limpiar, en el tramo del Arenal de Palma conocido como les Meravelles, topónimo al que siempre he querido encontrarle cierta sonoridad luliana pero que no es más que el resultado de normalizar del castellano el nada ancestral Las Maravillas. Arriba del todo y en la esquina orientada al mar del edificio Mar del Sur, tenía el privilegio de respirar en invierno la paz y el silencio más absolutos y, en verano… bueno… En verano tenía que soportar día sí día también las hordas indisciplinadas de teutones desfilando hacia el balneario 6 a hincharse de cerveza y sangría para volver bien abrevados a sus respectivos cubículos bien avanzada el alba, la música hortera a todo volumen que me llegaba de los hoteles vecinos, la incontinencia verbal y ruidosa a altas horas de la madrugada de los inquilinos, renovados de quince en quince días, del único apartamento con que compartía tabique… El verano era otra cosa.

La parte trasera de la finca daba -y, cosa rara, sigue dando- a un solar sin edificar que lindaba con un chalet antiguo que conservaba el encanto de los años previos al boom turístico y media docena de pinos del pinar que otrora había guarnecido toda aquella comarca. A veces, en lugar de salir a la terraza a ver pasar guiris, prefería sentarme en el rellano de atrás y disfrutar de la alegre y mucho más armoniosa compañía de un puñado de mirlos que cantaban de principio a fin de año, pero con especial dedicación en primavera, entre el ramaje del exiguo reducto de pinos supervivientes y de una pareja de abubillas que venían a anidar cada temporada en una grieta entre los bloques de arenisca de la pared del vecino. Todo ello, con el incomparable trasfondo de la puesta de sol tras el Galatzó que, en invierno y vísperas de días ventosos, era un espectáculo muy preferible al chaletarro con piscina que tenía que ver quieras o no cada vez que me asomaba a mi terraza.

Así, cuando mi profesor de lengua nos mandó escribir un cuento, aquellos dos pájaros tan diferentes me sirvieron de inspiración. Mis convicciones ecologistas hicieron el resto.

La Abubilla y el Mirlo

Para Carmen

Mirlo (Turdus merula). Foto: Oldiefan. Fuente: pixabay.com

-No me gusta nada ser negro. Quisiera ser tan elegante como tú; con tus vistosos colores, tu penacho…
-¿De qué me sirve la elegancia si no puedo cantar? Te regalo mi elegancia, mi penacho, mis colores y… Soy el animal más triste del bosque.
Así hablaban y eso decían encaramados a la rama más alta del pino más frondoso de su pinar, la abubilla y el mirlo.

-Es como si el artífice se hubiera quedado a medias y no hubiera sabido terminar su trabajo. -Era el mirlo quien piaba y la abubilla contestaba: -¡Pues nos la hizo buena! ¡Un pájaro sin canto! ¿Dónde se ha visto?
-¡Oye! ¿Por qué no vamos a verle y le pedimos que ponga remedio? Si se lo proponemos por las buenas, tal vez nos quiera escuchar.
-¡Venga! Por pedir que no quede. Canciones no saldrán de mi pico, pero créeme si te digo que le pienso cantar las cuarenta a ese hombrecillo. Me va a oír.
-Por las buenas, Abubilla; por las buenas. No se vaya a enfadar y hagamos el viaje en balde.
Y así, con este estado de ánimo, de buena mañana, la abubilla y el mirlo alzaron el vuelo hacia la casa del artífice de las aves, dispuestos a presentarle sus quejas.

El artífice de las aves era uno de los siete artífices mayores que, al principio de los tiempos, habían dedicado tiempo, sabiduría e ingenio a componer el mundo. A él le había correspondido la tarea de crear los animales de pluma y mucho trabajo le había llevado. Al haber terminado, los cielos quedaron llenos de criaturas aladas de toda forma y color y con toda clase de sonidos; demasiado ruido, pensó el artífice. Tan harto acabó de piares, graznidos y chillidos, que decidió hacerse muy lejos de aquellas bestezuelas gritonas y se retiró a vivir a una casita de campo de fachada soleada y porche umbrío. Allí lo encontraron dormitando al fresco, meciéndose en su balancín.

-¡Míralo! -gruñó la abubilla- Bien apalancado y sin nada que hacer. Desde la creación que se rasca la panza como si hubiera puesto un huevo de dos yemas.
-¡Chit! Abubilla, ¡por las buenas! Déjame a mí.
Y así cantó el mirlo:

-¡Buenos días, maestro! ¡Qué bien se está bajo este porche!
-¡Anda! -dijo el artífice- ¿Cómo vosotros dos por aquí? ¿Qué os traéis entre plumas?
¡Na… nada! -balbuceó el mirlo -Bueno… sí… no… El otro día hablábamos y… pensamos que llevábamos tiempo sin saber de ti y… dijimos de hacerte una visita para…
-Para pedirme alguna cosa. ¡Venga! ¿Qué habéis hecho?
-¡Nosotros nada! -bramó la abubilla -¡Tú, la liaste!, ¡y gorda!
-¡¿Qué quieres decir?! Contestó entre asombrado y divertido el venerable artesano. A ver, ¿qué es eso tan gordo que hice?
-Nada… -pio el mirlo, intentando recuperar el timón de la conversación y mirando de reojo a su ofuscado compañero -que pensamos que, al crearnos, no acabaste de…
-¡No acabaste tu trabajo y nos dejaste a medias! -le largó impaciente la abubilla.
-Pero ¡¿qué me decís?! -dijo el artífice algo más exaltado -¡¿De dónde me salís vosotros dos con estas chorradas?! ¡¿Creéis que tenéis que venir aquí a decirme cómo hago o dejo de hacer mi trabajo?!
-¿Y a ti, maestro?, ¿te parece normal hacer un pájaro que no sabe cantar y otro más negro que el carbón, y quedarte tan pancho?
-Pero… ¡si sois perfectos! ¡Todos los animales se rinden a vuestro encanto!

Abubilla (Upupa epops) Foto: Arturo Nikolai. Fuente:  wikipedia.org

Las caras del mirlo y de la abubilla eran todo un poema. El mirlo entreabría el pico boquiabierto y la abubilla habría echado fuego por las muelas de haberlas tenido.
-Tú, abubilla, eres el pájaro más hermoso del bosque. No hay otro más elegante.
-Y dale con la elegancia -farfulló la abubilla.
-Y tú, mirlo, eres el mejor cantor. No se oye a otro mejor entonado que tú.
-¡Pero, soy negro!, como… como…
-Como el hollín -le ayudó la abubilla.
-¿Y por qué no como la noche? ¿Qué tiene de malo el color negro?
-Para empezar, que no es un color -aclaró la abubilla.
-¡¡No me salgas con tecnicismos!! -tronó el artífice -¡¡No me vengas a dar lecciones de física a mí!!
-¡Abubillaaa! -silbó por lo bajo el mirlo, viendo que la cosa se salía de madre y el artífice de sus casillas.
-¡No! ¡No me pidas que me calle! No pienso irme de aquí sin un buen canto; y si no, no volverás a verme volar. Me agazaparé en algún tronco hueco todo el día y tan sólo saldré de noche para que nadie me vea. Mira tú de qué te servirá mi elegancia.
-Pues yo… ¡no volveré a cantar hasta tener un plumaje como merezco! -se envalentonó el mirlo viendo que, total, no haría callar a la abubilla y pensando que era mejor ir los dos a por todas que quedarse a medias.
-¿Sabéis que os digo? -dijo el artífice -Que cada palo aguante su vela. No quiero oír más tonterías por hoy. ¡Sea! Tendréis lo que habéis venido a buscar, pero luego no vengáis a lloriquear si os vienen mal dadas.

El artífice se puso manos a la obra y, en un abrir y cerrar de ojos, transformó la capa negra del mirlo en otra de tres colores nunca vistos; tres colores nuevos que nadie podría nombrar porque aún no había nombre para ellos. Cuando la abubilla lo vio, abrió el pico asombrada y de su garganta brotaron unos sonidos jamás oídos que daba gusto escucharlos.
-¡Y ahora partid! -bramó malhumorado el artífice -que no os quiero volver a oír piar por aquí en una buena temporada. ¡Venga! ¡Largo!
Y así lo hicieron. La abubilla y el mirlo regresaron a su pinar más ufanos que dos pavos reales en celo.

Los animales del bosque no salían de su asombro viendo aquel prodigio. Los de pluma se amontonaban en las ramas de pinos, acebuches y encinas y los de pelo alzaban la vista y aguzaban el oído desde el suelo. Todos contemplaban boquiabiertos a aquellos dos cantantes engalanados como si no hubieran visto antes nada parecido y se decían unos a otros: son los animales más hermosos del bosque. Y así era.

Pasaron los meses. El mirlo volaba todo el día sin parar, mostrando su bonito plumaje a todo animal que quisiera contemplarlo y ni siquiera los más envidiosos podían dejar de mirarlo de reojo. La abubilla cantaba desde que el sol asomaba por levante hasta que el crepúsculo le invitaba a cerrar los ojos.

Abubilla (Upupa epops) Foto: Martin Mecnarowski. Fuente: wikipedia.org

Una tarde soleada de otoño, mientras cantaba distraída sobre la rama de un acebuche, una enorme garra agarró a la abubilla por el cuello. Le faltó tiempo para girar la cabeza y clavar el pico en la carne de aquella mano rosada, fofa y repugnante, que aflojó su presa lo suficiente para que pudiera sacar su cabeza de un tirón. Salió volando como quien ha visto al diablo. Mientras batía las alas con todas sus fuerzas, sintió un intenso escozor en la coronilla, pero no dejó de volar hasta que estuvo muy lejos. El susto le había dejado la garganta seca y, al ver el cielo reflejado en un charco, recogió las alas y bajó para echar un trago. Al ver su imagen en el agua, no pudo evitar un grito de horror. Donde antes había una preciosa cresta de plumas rojizas, blancas y negras, ahora veía una calva pelada.

El mirlo no paraba de volar mostrando orgulloso a toda alma viviente el brillo de sus plumas al sol de la tarde, que es cuando todo se ve más claro. De vez en cuando, se detenía sobre una rama y cantaba, sabedor de que, con sus relucientes colores y su melosa voz era el punto de atención de todos. Una de esas veces, mientras entonaba su canto, una piedra pasó volando ante sus ojos. Antes de que pudiera decir este pico es mío, una lluvia de cantos y guijarros le hizo levantar el vuelo y huir escopeteado. No pudo evitar, sin embargo, que uno de esos proyectiles le rozara el pico. Voló y voló despavorido y, al sentirse por fin a salvo de todo peligro, eligió la rama más alta que encontró y se posó en ella. Aliviado, dejó escapar un suspiro que le dejó helado de pánico; un pánico como no lo había sentido nunca antes; el pánico de haber perdido su tesoro más preciado. El chillido que salió de su pico descantillado le dolió mucho más que el golpe recibido. Intentó cantar bajito, pero donde antes había música, ahora sonaba un soplo escardado que lastimaba los oídos. Probó de hacerlo más fuerte y fue peor aún. Ahora sí que era el punto de atención. Todos le miraban con cara de asco e incluso alguien le chitó para que callara. Avergonzado, alzó el vuelo y partió a buscar su amigo por ver si le daría algo de consuelo.
-No me hables -lloriqueó la abubilla. -Mira lo que me han hecho a mí; me han dejado la coronilla más desplumada que el culo de un polluelo.
Así que decidieron volar de nuevo a la morada del artífice de las aves. Se lo encontraron dormitando como siempre al fresco, bajo el porche del portal de su casa.

-Ha sido el hombre ¡Menudo tarambana!-dijo.
-¡¿El hombre?! ¿Quién es el hombre? -pio la abubilla.
-¿Y de dónde sale? -chilló el mirlo.
-¡El Homo sapiens! -proclamó el artífice con un tono forzado de admiración que no sentía. Siempre ha estado ahí. Lo habréis visto muchas veces haciendo y deshaciendo, andando a dos patas.
-¿Y por qué hasta ahora no nos había hecho daño?
-Porque no os conocía. A ti, Abubilla, te veía atravesar los campos con tu vuelo ligero y elegante, sin embargo, una vez en el pinar, tu silencio te protegía de él. A ti, Mirlo, te oía cantar, pero rara vez el hombre se interesa por un animal negro. Os dije que erais perfectos y no me hicisteis caso. Ahora el hombre os desea, vivos o muertos.
-Pero, ¡¿por qué ?! – graznaron los dos.
-Porque le gustáis y, cuando al hombre le gusta algo, necesita poseerlo o destruirlo para que nadie más pueda disfrutarlo.
-¿Por qué no se sienta a escucharnos y a contemplarnos como hacen los demás animales?
-Sí. Cantaríamos y volaríamos encantados para él.
-El hombre no es como los demás animales. El artífice de los hombres lo dejó inacabado. Le otorgó una “inteligencia superior” y algo que él denominó libre albedrío, “la libertad de elegir su propia evolución”, decía, confiando en que, a la vista de la belleza del mundo, lo amaría y alcanzaría pronto su propia perfección. Pero la evolución del hombre es complicada, lenta y se desvía a menudo del camino previsto. Además, confunde fácilmente amar con querer. En cuanto a esa supuesta mayor inteligencia… En fin… yo la llamo estupidez.
-¿Por qué no hablas con el artífice de los hombres? Si sabe lo que nos ha hecho, no dudará en poner remedio.
-Ya has visto lo que pasa cuando queremos alterar la creación. Hice mal al escucharos y no diré al artífice de los hombres que haga como yo. La naturaleza es sabia, aunque a veces no lo parezca. Tenemos que confiar en ella… y también en el hombre.
-Aunque lo destroce todo a su paso?
-Aun así.
-Pero entonces, ¡todas las aves corremos peligro!
-No sólo las aves; todos los animales, las plantas, los ríos, los mares, las montañas, el aire e incluso el hombre. Él también.
-¿Como puede peligrar el hombre, si él mismo es el peligro?
-Porque este libre albedrío unido a su estupidez lo hacen el único animal capaz de exterminar su propia especie.
-¡Pero eso es absurdo!!-coincidieron los dos.
-Lo es; pero ya hemos hablado suficiente. Cometí un error y ahora mismo pondré remedio.

Mirlo (Turdus merula) Foto: Juan Emilio. Fuente: flickr.com

-El mirlo pestañeó y, al abrir los ojos, vio que volvía tener su reluciente plumaje negro. -Como la noche -dijo y, al decirlo, su canto le volvió a brotar melódico del pico. Su pico volvía ser el de siempre. Su pico volvía a estar entero. Su pico… -¡¡¡Mi pico!!! -chilló.
-¿Qué le pasa?
-¡Era amarillo! y se ha puesto… anaranjado! ¡Parece una zanahoria!
-Y así será de hoy adelante. Así siempre recordarás que tienes que ser feliz siendo quien eres y como eres.
-¡Pero es ridículo!
-Te acostumbrarás.
La abubilla, que se había estado aguantando la risa no pudo más y soltó una carcajada, pero de su pico sólo salió: -¡pu-pu-put! -Su rostro se transmutó en un gesto de horror. ¡Pu-pu-put! -repitió mirando al artífice con cara de no entender nada.
Este será ahora tu canto y tu pequeño castigo, pero mira tu penacho.
-El pájaro sonrió feliz al ver su cresta intacta reflejada en el cristal de la entrada de la casa.

Los dos amigos volaron de vuelta al bosque y, aunque, al principio tuvieron que soportar las burlas de sus vecinos, con el tiempo volvieron a ser respetados y admirados. Hoy, “tener pico de mirlo” es una expresión muy común en el pinar que significa que cantas muy bien (casi tan bien como el mirlo) y nadie encuentra ridículo su pico de zanahoria. Pero incluso los que tienen pico de mirlo callan cuando oyen hablar a la abubilla, porque, dicen, un animal tan bello solo puede decir cosas ciertas. Y cuando, en las reuniones de aves, se oye el pu-pu-put de la abubilla, nadie más pía; todos escuchan y asienten con la cabeza, aunque ninguno esté seguro de qué ha querido decir.

En cuanto al Homo sapiens, unos creen que por fin alcanzó su perfección; otros dicen que todavía no, pero que está en camino; hay quien piensa que hace tiempo que tomó el camino equivocado y que se empecina en no dejarlo… ¿Y tú? ¿Qué opinas?

Fin


Un Nudo Infame y un Árbol Sublime

Mayo del 98. El Zorba flota a la deriva en alta mar sobre un agua tersa como la de una alberca…

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