Disponible en: Catalán

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Lo peor para un tetrapléjico no es, como podría parecer, la inmovilidad, bendito reposo. Hay cosas peores. Una de ellas, que nadie ve y que casi nadie sabe o no quiere saber, bien podría ser el insoportable y perpetuo dolor neuropático y muscular que padecemos día y noche y la indiferencia de los que, como que a pesar de todo, te ven la sonrisa en la cara, minimizan tu mal mientras se quejan de su dolor cervical, su artrosis o su dolor de muelas.

Si me ves contento y me oyes o me lees bromear es porque, tras años de poner mala cara y quejarte de dolor, aprendes a sonreír, cuando entiendes que nadie quiere saber nada de ti si no sonríes al mal tiempo. La gente sana huye del dolor como del diablo; rechaza su mera contemplación. Si pones cara de dolor, de asco, nadie querrá a hablar contigo; sólo aquellos que más te quieren y sufren cada mueca tuya. También por ellos, para intentar paliar su sufrimiento, aprendes a endulzar el semblante. Muchos no volverán a verte porque prefieren conservar de ti el recuerdo de lo que fuiste antes; no se lo reprochas; lo entiendes. Te seguirán queriendo en la distancia y sabes que de vez en cuando pensarán en ti y tendrán que forzar sus ojos para evitar una lágrima. Tú quizás también lo harías y a veces lo prefieres así.

A veces, las personas responsables de tu cuidado, las que mejor deberían entender tu sufrimiento, interpretan tu mala cara, tus gemidos de dolor, tu llanto, como una queja por el trato recibido y te tienen por desagradecido, huraño y mal educado. Intentas explicarlo con el hilo de voz que te permite el agujero abierto en tu garganta y la debilidad de tu pecho y se te tensa el cuello por el esfuerzo, notas cómo se te hinchan las venas y te ves a ti mismo rojo como un tomate. Consecuencia: té chillan, te regañan y no hacen ningún esfuerzo por intentar entender qué quieres decir.

Frustrado, rompes a llorar. Entonces se van, te dejan solo hasta que se te pase la rabieta. Al terminar su turno, tomarán buena nota de lo que han visto para dejar constancia de tu mal comportamiento en tu historial, para que todos sepan qué clase de persona eres y estén prevenidos. Informarán a sus superiores y a tus familiares, siempre dando por buena su visión del hecho. Al cabo de un año, todavía hablarán de aquel día en que fuiste tan malo. Nadie vendrá a preguntarte qué te ha pasado para ponerte así; no interesa; ya te han etiquetado; “¡Déjalo! ¡Ya se le pasará!”, “los conozco bien yo a los tipos como este”, dirá alguna; “¡qué va!, ¡no puede ser!, ¡nosotras no tenemos por qué aguantar esto!”, dirá otra.

¿Cómo explicar que, cuando te han movido para colocarte en la silla, te han doblado la mano que tienes hipersensible y que el dolor te ha hecho gemir, si nadie intenta entenderte? Es más fácil pensar que eres un quejica, un malcriado que quiere sacar provecho de su discapacidad; y eso de ninguna manera te lo van consentir.

No, amigo mío. Si me ves sonreír y bromear no es que tenga motivos. Es pura estrategia; postureo, como se dice ahora. Es la experiencia del baldado.

¡Salud! y que tengas un buen día.

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