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Si aún no lo has hecho, antes de leer esto, deberías echar un vistazo a los capítulos 0 y 1 de esta aventura. Si ya lo hiciste, te recuerdo la lista de Spotify con la que te podrás transportar mentalmente a la época de los hechos.


Capítulo 2: Copenhague 

 

Dicen que la segunda cosa que perdemos es la memoria, pero como no recuerdo cuál es la primera, no seguiré por ahí. Probaré otra cosa.

Bernat pensaba,…

Dicen que pensar no es saber -o eso oí decir durante los 24 años que trabajé en la Banca March. Me lo decían cada vez que, habiéndome equivocado, trataba de excusarme con un “yo pensaba …”. “Pensar no es sebre!” -me soltaban como un golpe en la nuca. Eso cuando no me recordaban: “no te pagan para pensar“. Algunas veces habría preferido una buena colleja que uno de esos sabios dichos que tanto les gustaba repetir a los veteranos.

Pues Bernat y yo pensábamos que el tren que partía a las nueve de la noche de aquel martes 9 de marzo de 1987 de la Gare du Nord de París nos iba a llevar a Copenhague, pero no sabíamos que aquel era un tren de literas y que teníamos que pagar 614 francos cada uno de suplemento. Una vez más, la falta de información nos fastidiaba los planes.

… yo caí en redondo…

Esta vez no nos podíamos permitir tal lujo. París nos había dejado los bolsillos límpidos y la vida, cuanto más al norte te haces, más cara se vuelve. Aunque en Copenhague teníamos alojamiento gratis -mi tío Jaume nos prestaba su apartamento- si no queríamos tener que racionar las galletas de Inca y la sobrasada ni probar la gélida noche de Göteborg bajo un puente, teníamos que encontrar una ruta alternativa. Y la encontramos, aunque fue un poco demasiado… alternativa.

Estudiando a toda prisa los horarios de los trenes, encontramos una combinación hasta Copenhague. Así, sobre las diez de la noche, mientras yo dormía y Bernat tomaba notas en nuestro diario, cruzábamos Bélgica. Pasada la una y media, estábamos en Colonia, donde pensábamos hacer un transbordo para seguir hacia el norte, sin saber -otra vez la misma historia- que el tren que teníamos que coger también era de literas y con suplemento. Se ve que por allá arriba tienen la extraña costumbre de dormir de noche y el mal vicio de cobrarte por hacerlo. ¡Nada!, que tuvimos que permanecer en la estación de Colonia hasta que a las cinco y media de la madrugada salía el primer convoy con butacas para Hamburgo.

… y las galletas de Inca se acababan.

Hay poco que hacer en una estación de tren alemana una noche de invierno. Podíamos elegir entre sentarnos en una sala de espera maloliente donde dormían todos los mendigos de la estación o estarnos fuera de pie, donde hacía un frío que pelaba el culo a las liebres. Ni una triste cafetería abierta. Dentro, teníamos que sentarnos espalda contra espalda con algún pobre hombre que no recordaba su último lavado de pelo y, fuera, dábamos patadas contra el suelo con el fin de ahuyentar el frío y desperezarnos las piernas, igual que los neveros de la canción.

De aquella gloriosa noche tengo recuerdos confusos y surrealistas, como el de ver comparecer en la sala de espera a un hombre y una mujer disfrazados de Buffalo Bill. Ambos vestían ropa de ante con flecos, botas y sombreros vaqueros. Él lucía además un ridículo bigotito delgado y larguirucho. Como salidos de un western de Hollywood o, mejor aún, de un circo.

De alguna manera, aquella estrambótica visión me confortó porque pensé que, si entraba alguien con ganas de pelea, aquellos dos personajes tenían todos los números para llevarse los primeros garrotazos; y ellos, pobrecillos, ponían cara de pensar igual. Supongo que tampoco tenían previsto pasar la noche en aquel antro de mala muerte. A veces es mejor ir descamisado que bien arreglado.

En Rafel Jaume afaitant-se a Copenhaguen
Nos duchamos, nos afeitamos…

A las 5:30, por fin, embarcábamos de nuevo hacia el norte. Yo caí en redondo al tocar el asiento. Bernat, que siempre ha sido más noctámbulo, había perdido el sueño y escribía en el diario. Dusseldorf, Bremen, Hamburgo y para arriba, hacia la península de Jutlandia. Supongo que dormí toda la mañana porque no recuerdo nada más hasta que embarcábamos en el ferry que nos llevaría a Copenhague.

A las 16:30 llegábamos. Dos autobuses más tarde, estábamos en el apartamento, donde nos recibió Fru Jepsen, una vecina a quien mi tío había avisado de nuestra llegada. Nos contó una historia en danés mientras asentíamos con la cabeza como si lo entendiéramos todo y nos mostró los manjares que nos había comprado para cenar: huevos, pan, mantequilla y queso azul. Cuando acabó su disertación y nos dejó solos, nos abalanzamos sobre aquellos deliciosos víveres como quien no ha comido en dos semanas. Aquella buena señora también nos había comprado dos periódicos daneses, detalle que le agradecimos por señas. Nos duchamos, nos afeitamos, cenamos, salimos a tomar una cerveza y, a las diez y media, ya estábamos de retiro.

Vista desde nuestro apartamento en Copenhague.

Nuestra rutina aquellos dos días en Copenhague consistió en bajar al centro en autobús, tomar un buen expreso en el café Colombia, explorar, comer cualquier porquería, seguir explorando hasta que la oscuridad nos invitaba a volver al apartamento, cenar, ponernos guapos y salir a continuar nuestro estudio sobre los hábitos nocturnos de la fauna urbana del norte de Europa.

A pesar del frío y las pocas horas de luz, Copenhague superó nuestras expectativas, tanto en el aspecto arquitectónico, como por el encanto de su centro histórico, un trenzado de canales y callejuelas, como Strøget, que, con más de un kilómetro de longitud, es una de las calles peatonales más largas de Europa, o Grønnegade, que remonta su nombre al siglo XIV. Los daneses nos parecieron muy extrovertidos y amables. De cómo nos parecieron las danesas prefiero no entrar en detalles, que no es cuestión de ir perdiendo la escasa audiencia femenina que aún conservo.

Casa del siglo XVII en Grønnegade

La primera noche no dio mucho de sí. En la discoteca Alexandra escuchamos dos grupos en directo y conocimos a una danesa de nombre impronunciable. Un vez más, las matemáticas no nos fueron propicias. Mejor habría sido dar con un solo grupo y dos danesas. Ni la música ni la danesa debían ser gran cosa –o tal vez éramos nosotros quienes no dábamos la talla y andábamos parcos de fuerzas– porque a la una y media dábamos por terminada la jornada. Tras un buen rato esperando el bus, un guarda de seguridad que había trabajado en Tenerife, nos explicó en perfecto castellano y con gran dolor de nuestros bolsillos, que no había servicio de autobús nocturno. 70 coronas de taxi más tarde, llegábamos al apartamento y nos acostábamos.

Strøget, una de las calles peatonales más largas de Europa (1,1 km), a su paso por Amagertorv.

A las diez del día siguiente, nos sacábamos las sábanas de encima y a las doce desayunábamos en el Colombia, boquiabiertos por un suceso sorprendente que nos acababa de ocurrir. Entrando en el café habíamos dejado a mano derecha a un grupo de danesas que hacían algo más que dejarse mirar, todas con unas pestañas como abanicos de un azul cenital -eran los años 80-, solo superado por el de los zafiros, turquesas y topacios que ocultaban a cada parpadeo. Una de ellas nos había soltado un hellow Mallorca” que nos dejó anonadados para el resto del día, del viaje y tal vez de por vida, porque, a menudo lo rememoramos y aún nos cuesta digerirlo.

Por entonces, Bernat fumaba, y su cigarrillo de después del café era sagrado. Así que pasamos de largo y nos sentamos solitos al fondo del café, en la zona de fumadores -un invento que no llegaría aquí hasta dos décadas más tarde-, preguntándonos cómo puñetas aquella exótica vikinga -¿o éramos nosotros los exóticos? -nos había podido ver los pasaportes, porque, de qué manera, si no, podía haber sabido de dónde veníamos? Al cabo de un rato echando humo por el cerebro, la boca y la nariz, Bernat dedujo que bien podría ser que aquella rubia de ojos espléndidos lo hubiera recordado de algún “encuentro intercultural” de los suyos, allá por el Arenal.

En Bernat amb la sireneta de Copenhaguen
Bernat con la única danesa con quien nos retratamos en Copenhague.

Opiné que debíamos ir a consultárselo para salir de dudas, pero Bernat, que ahora no soporta el humo, hasta que no se había tomado su dosis matutina de nicotina no era un hombre hecho y derecho. Un cigarrillo más tarde salíamos dispuestos a resolver el enigma, pero las escandinavas ya habían volado, como la amiga noruega de John Lennon. Aquel viernes 13 de marzo nos consolàbamos visitando a la danesa más retratada de la historia: la sirenita de Copenhague.

La segunda noche fue otra cosa. Dimos con el legendario Jazzhus Montmartre, uno de los clubes de jazz de más solera de Europa. En las paredes, fotos de músicos legendarios como Dexter Gordon o Stan Getz y otras figuras del momento como John McLaughlin o mi admirado Niels-Henning Ørsted Pedersen. Aquella noche el cartel no era tan sonado, pero sonó muy bien. Flipamos, no solo por la música, sino por cómo la vivía el público. Así lo anoté en nuestro cuaderno de campo: “Mucho público y muy joven. Se vive se jazz: se baila, se lleva se ritmo, se aplauden los solos, se contestan los gritos de los músicos…”.

La Aleksander Nevskij Kirke. La única iglesia ortodoxa rusa en Copenhague.

Sobre las dos acabó la actuación y, cuando ya íbamos a salir, que al día siguiente a las 9:34 teníamos que coger el tren hacia Göteborg, vimos que, en lugar de irse todos a casa, se llenaba aún más el local. Con un solo tocadiscos y cuatro luces, en nada tuvieron una discoteca montada. Música funky muy buena; probablemente en el Montmartre oyéramos por primera vez The Right Thing, aunque no supiéramos nada aún de Simply Red y no sospecháramos que la seguiríamos escuchando durante el resto del año y de la década. Y ya nos tienes ahí: dos exóticos mallorquines rodeados de aborígenes, bailando sin tregua hasta las cinco de la madrugada. De lo que hicimos o dejamos de hacer durante esas tres horas de desenfreno no diré nada; no quedó constancia alguna en nuestro cuaderno de campo ni tengo ningún recuerdo demasiado claro. La información recogida sobre este oscuro agujero negro de la memoria se limita a esto: “A las cinco al apartamento (…) Una hora de cama, una ducha, una recogida a la habitación y para la estación “.

A las 9:30 ya habíamos tomado posesión de un compartimento del tren. Con la esperanza de que no entraría nadie más y podríamos estirar las piernas, cerramos las puertas y corrimos las cortinas, pero la estrategia no dio el resultado esperado. “Nada más partir, se nos presenta un joven sueco, y así comienza una de las partes más interesantes de todo el viaje” -continúa nuestro relato de los hechos.

El hombre tendrá más o menos nuestra edad y va algo bebido ya de buena mañana. No recuerdo su nombre ni tomamos nota de él, por tanto, le llamaremos: el sueco. El sueco desprende amabilidad e irradia seguridad en sí mismo, como si ambas cosas brotasen de cada uno de los poros de su cara. Nos pregunta de dónde somos, le decimos que de Mallorca y le falta tiempo para demostrarnos estar bien informado de la situación sociopolítica española de aquellos últimos años 80: diversidad lingüística, nacionalismos, centralismo, terrorismo y demás.

Iglesia anglicana de St. Albania, en el Churchillparken.

Se va y vuelve al  rato con un colega finlandés, enorme, rubio y melenudo, que pasea una amplia sonrisa de felicidad de oreja a oreja, y aún más borracho que el sueco. Se sienta casi tumbado delante de mí, con sus generosos muslos bien abiertos a punto de reventarle las costuras de los vaqueros, de manera que mi espacio vital queda notablemente limitado durante esta parte del viaje. No habla demasiado, en parte porque no sabe inglés y en parte porque tiene los morros demasiado ocupados con una botella de litro y cuarto de vino francés. Nos ofrece un trago y nos excusamos con un torpe “we have not eat anything” (sic) que de todos modos no parece entender. De vez en cuando intercambia cuatro incomprensibles palabras con el sueco, pero parece de esos para los que la vida es demasiado maravillosa como para desperdiciarla hablando.

Mientras la botella del finés se vacía, el sueco, charla que te charla, nos muestra, fardando como si fuera un secreto de estado, una minúscula china de hachís, motivo de su viaje a Dinamarca. En Suecia -dice- las leyes son muy estrictas con las drogas; por eso, los jóvenes que se quieren colocar, cruzan a menudo el canal en busca de esta preciada hierba. La policía, que no es tonta, lo sabe y vigila; pero él lo tiene muy claro: si le fueran a registrar, se tragaría la piedrecita de costo y problema resuelto.

Mientras tanto, el tren ha llegado a Helsingør, en el extremo nororiental de la isla danesa de Sjælland y ha penetrado en la tripa del ferry que atraviesa el canal que nos separa de Helsingborg, en el extremo sur-occidental de Suecia. En eso que, a medio trayecto, comparecen dos policías suecos y nos piden los pasaportes a los cuatro. A la vista del panorama, nos hacen salir al pasillo a Bernat y mí y corren los visillos de la ventana del compartimento. Esto empieza a dar mala espina. Al cabo de unos minutos, vemos salir a un policía quitándose un guante de plástico de la mano. ¡Ay, ay, ay! -pensamos los dos- ¡Estamos arreglados! ¡Ahora nos toca a nosotros!

Nyhavn, puerto museo del siglo XVII, antigua puerta marítima de Copenhague.

Creo que Bernat y yo no habíamos tenido nunca el culo tan estrecho. Ya nos veíamos a los dos, agachados, con los pantalones bajados, esperando a que uno de esos apuestos vikingos uniformados nos inspeccionara a fondo las posaderas. Quién nos lo iba a decir: ir al norte en busca de aventuras y volver con la retaguardia desvirgada. Esos minutos se hicieron muy largos. Un cuartito de hora más tarde, nos dan permiso para volver a entrar en el compartimento y sentarnos, con el esfínter intacto, aunque aún bien fruncido, y con las piernas temblorosas.

La estampa es desoladora. Nuestro amigo sueco, sentado, sumido en la desgracia y la humillación, con un codo en cada rodilla y el rostro entre las manos, como si quisiera evitar un derrame excesivo de autoestima. En cambio al finlandés, con la botella, más vacía que llena, en la mano y sus gruesas piernas despatarradas, no se le ha ido la sonrisa de la cara, al contrario, se està partiendo el culo -valga la fea expresión, dado el contexto. Tras uno de esos incómodos silencios donde el aire se puede cortar, nos atrevemos a preguntar por fin qué ha pasado. El finés escupe de una risotada: “They’ve fucked him! ¡Mira! Sí que sabía inglés.

El sueco, como puede, se recompone y nos explica que, al ir a meterse la mercancía en la boca, como tenía previsto, le ha rebotado en la mejilla. Los aduaneros han querido comprobar si llevaba algo más escondido, le han practicado una exploración completa y sustraído la virtud “al dedillo”. Respetamos el duelo de nuestro compungido amigo con unos minutos de silencio, más que nada, porque no sabemos qué decir, o tal vez porque ya está todo dicho. Es él quien rompe la incómoda quietud para explicarnos que ya la han pillado antes con hachís encima y que seguramente le caerán unas 400 coronas de multa.

L'ajuntament de Copenhaguen a Radhuspladsen
El ayuntamiento de Copenhague en Rådhuspladsen.

Pero la cosa no acaba aquí. Vuelven los policías y se los llevan a los dos. A Bernat y mí nos invitan a salir de nuevo y entra un perro policía a olisquear nuestros equipajes. ¡La sobrasada!, pensamos Bernat y yo al unísono con una cara de culpables que casi nos delata. El preciado embutido es la única mercancía presuntamente pecaminosa que ocultamos en mi mochila y desconocemos si la legislación aduanera sueca tiene algo en contra del tráfico de sustancias cárnicas -o si el perrito se alegrará tanto al olerla que pondrá en guardia a los aduaneros.

O no tiene hambre o el noble animal está muy bien entrenado, porque no halla nada digno de mención y sale del compartimiento meneando el rabo, tan alegre como había entrado. Bernat y yo entramos bastante más ligeros de cómo habíamos salido.

Cuando vuelven nuestros ocasionales compañeros de viaje, el sueco está muy cabreado. Le han metido una multa de 1.600 coronas, más de 30.000 pesetas de 1987, que dice no piensa pagar. El finlandés parece reírse del santo, de la fiesta y de todo aquello porque, viendo que el nivel del vino ya está bajo mínimos, saca de algún escondrijo cuatro briznas de hierba, las encaja, camufladas con dos pizcas de tabaco, en una pipa y, sin soltar la botella, se pone a fumarla a medias con el sueco.

Releyendo ahora este pasaje en nuestro cuaderno y rememorando con la perspectiva de los años aquellos hechos, quiero suponer que algún tratado entre Suecia y Finlandia lo protegía de los dedos indiscretos de la policía sueca porque, de no ser así, aquella paz espiritual tan fuera de lugar, visto lo que había visto con sus ojos -y que tanta gracia le había hecho-, me resulta muy difícil de entender, salvo que la idea de tener una experiencia similar a la de su deprimido compañero no le fuera del todo desagradable.

Así, mientras transcurría la mañana y el cálido sol invernal caldeaba nuestro aromatizado cubículo, aquellos dos bergantes boreales fueron sumiéndose en un plácido sopor y se quedaron dormidos como dos gigantes de cuento, uno con la botella, ahora ya vacía, agarrada por el cuello y el otro con un cigarrillo encendido pinzado entre sus dedos, hasta que el finés soltó por fin su presa sobre el suelo y el sueco dejó caer la colilla encendida cuando, con dos dedos de frágil ceniza a punto de caer, acabó por abrasarle la piel.

Atravesada la fina lengua de mar que hermana ambos países y adormecido también Bernat, me dediqué, huérfano de sueño como estaba, a saborear el gélido paisaje sueco, de un mullido blanco omnipresente salpicado de ocres, castaños y verdes esporádicos. Unos hombres parecían pescar sobre la inmaculada planicie de un lago congelado y pensé: ahora sí; ya estamos en tierras del norte.

Música funky muy buena; probablemente en el Montmartre oyéramos por primera vez The Right Thing, aunque no supiéramos nada aún de Simply Red y no sospecháramos que la seguiríamos escuchando durante el resto del año y de la década.


Así me ha pasado por la cabeza y así lo he puesto por escrito.

Si te ha gustado, me lo dices, y si no, perdices.

Deja un comentario si viene a cuento y, si lo esparces por las redes, me tendrás contento.

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Salud y que tengas un buen día.

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