Disponible en: Catalán

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Para escribir el segundo cuento del curso Cuento I de la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, teníamos que elegir entre cuatro estilos: el objetivo de Raymond Carver, el interiorizado de Mercè Rodoreda, el barroco de Edgar Allan Poe o el estilo ironicodistante de Giorgio Manganelli. Opté por este último.

Hay dos maneras de escribir un relato. Partir de un esquema previo y saber por tanto como acabará la historia, o partir de una idea inicial, una escena, una frase que se te pueda acudir e ir avanzando a partir de ella dejando que la historia se desarrolle dentro de tu imaginación a medida que escribes. Es de esta segunda manera cuando, a veces, los personajes actúan por su cuenta en tu cabeza y van hilando ellos mismos el argumento.

La mujer que no conoce a nadie fue el primero de mis cuentos en pertenecer a este segundo tipo de de relato. Ideé primero el título, después la primera frase y empecé a escribir sin saber que pasaría ni cómo terminaría y creo que eso se nota en el resultado, con un final abierto a diferentes interpretaciones. Ya me lo dirás tú, si no.

Presenté el cuento el 9 de noviembre de 2019. Algo retocado, ha quedado así:

La mujer que no conoce a nadie

La mujer a quien nadie conoce está sentada frente a una mesa del Bar Central de un pueblo cualquiera desde donde puede ver a todo el que entra. Que no la conoce nadie parece evidente, porque nadie le ha saludado ni ella saludó a nadie al entrar. Por otra parte, da la impresión de no querer ser reconocida. A pesar de la oscuridad que se respira en el antro, lleva unas anchas gafas de sol que lejos están de hacerla pasar desapercibida. La gabardina beige, el pañuelo floreado y los zapatos de tacón alto tampoco le ayudan a mimetizarse con la sórdida vulgaridad del local.

Ha pedido una manzanilla. Un hombre corpulento le ha dicho, mientras se secaba las manos detrás de la barra con un delantal, que no tiene y ha tenido que conformarse con una tila. Con dedos temblorosos, rasga un sobre de sacarina, vierte su contenido en una taza que desprende juguetonas volutas de vapor y remueve con una cucharilla el cálido brebaje amarillento como quien hace sonar una campanilla. Dos hombres sentados en la barra, que hablan de poca lluvia y malas cosechas, vuelven la cabeza al oír el tintineo. La mujer parece darse cuenta, inclina la cabeza y acaba de remover la tisana sin hacer ruido mientras la punta de su pie derecho tamborilea el suelo. Coge con la cucharilla la bolsita de papel empapada, la rodea con el hilo y prensa el contenido hasta exprimir la última gota.

Un toque agudo de campana rompe el rumor de conversaciones. La mujer levanta la cabeza y otea la puerta de entrada. Entra un hombre con cazadora de piel y vaqueros. Le acompañan dos mujeres más jóvenes que él con faldas cortas. Entre risas, se sientan en una mesa en el otro extremo de la sala. La mujer vuelve a mirar la taza de tila. La campana suena dos, tres, cuatro veces más. A cada tintineo, la mujer levanta la cabeza y, por cuatro veces, vuelve la vista a la taza. De los cuatro parroquianos que entran, tres se añaden al grupo de la barra, dejando caer una mirada sobre la desconocida.

A la quinta campanada, entra un hombre maduro, canas peinadas hacia atrás, americana azul, pajarita morado y un clavel rojo en el ojal. Mira a ambos lados sin decidirse a terminar de entrar. El hombre del delantal hace una seña al grupo de la barra. Los cinco se giran, lo miran y vuelven hablar de lluvias y cosechas con una sonrisa socarrona en la boca. La mujer de la tila hace una tímida señal con la mano al hombre del clavel, que no parece captarla. Finalmente le llama:

—Enric?

El hombre del clavel la mira. Ella le saluda con la mano. El hombre se señala el pecho como quien dice: es a mí? La mujer asiente con la cabeza y le invita a sentarse con una amplia sonrisa. El hombre se acerca y se queda plantado delante. La mujer insiste y el hombre se sienta.

—¿Así que es aquí, donde vives? —dice la mujer.

—¿¡Aquí!? —el hombre, serio—. No. Yo vivo en mi casa.

Ella ríe.

—Quiero decir que este es tu pueblo. Es muy bonito.

—¿Bonito? ¡Qué va!

—No creas que hago esto a menudo. De hecho… es la primera vez que acepto una cita por Internet. —el hombre la mira impasible, ella deja pasar un rato, bebe un sorbo y continúa—. Si te he de ser sincera, te hacía más joven… ¡No es que me importe! Tenemos la edad que se nuestro espíritu quiere tener. —tose—. Esto no es mío; lo leí en un libro. No es que crea, en esos libros de autoayuda. No suelo leerlos, pero este me lo recomendaron. —otro silencio y otro sorbo—. Estás muy callado.

—¿Como has sabido quién soy? —dice él.

—Por… por el clavel.

—¿Qué clavel?

—El que llevas en la americana. Me dijiste que te lo pondrías.

El hombre del clavel lo mira, lo coge y se queda observándolo como si no la hubiera visto antes.

—No es mío —dice, y lo deja sobre la mesa.

—¿Es para mí?

—Si lo quieres. Ya te he dicho que no es mío.

Otro silencio. La mujer vacila pero no coge el clavel. Finalmente, él dice.

—Oye, Mercè…

—Marta —Rectifica ella.

—¿Marta? ¿Quién es Marta? —se gira esperando encontrar a alguien detrás.

—Yo. Yo soy Marta. ¿No te acuerdas? Hemos quedado por teléf…

—¡Ah!… Y la has visto, a Mercè?

—¿Quién?

—Mercè. Habíamos quedado aquí, pero no la veo.

—Enric… no te entiendo. ¿Quién es Mercè?

—¿Quién va a ser? Mi mujer.

—¿Tu mu…? ¿Quieres decir que estàs casado?

-¡Vaya si estoy casado! ¿No has venido a la boda?

La mujer queda boquiabierta mientras suena una musiquilla electrónica amortiguada pero insistente. Con un notable temblor en las manos coge el bolso de encima de una silla. Lo abre. La música, ahora audible por todo el café, se apaga cuando la mujer saca un móvil y roza la pantalla con un dedo. Los tertulianos de la barra callan y la miran sonriendo con sorna sin disimulo. La mujer parece un ratón acechado por una manada de alimañas rapaces. En la pantalla del móvil lee: Enric. Pone cara de no entender nada.

—¿Di … diga?

—¿Marta? -una voz de mujer-. ¿Has visto a Enric?

—S… sí. Está aquí, pero… ¿quién és…?

—¿Me pones con él? Será un segundo.

La mujer vacila de nuevo y le da el móvil al hombre.

-E … es para ti.

-¿Sí? ¡Mercè¿ ¿Qué haces que no…? ¡¿Qué dices ?! No te muevas. Ahora vengo.

Deja el teléfono sobre la mesa, se levanta de un impulso y enfila como un poseso la salida.

—¡Enric! ¿Qué pasa?

—¿¡Qué pasa?! ¡Que Mercè se ha puesto de parto! —Tintinea la campana y el hombre sale del bar. Alguien ríe en la barra. Vuelve a sonar el móvil. La pantalla vuelve a anunciar: Enric.

—¿Hola?… ¿Enric?… Sí… ¿Tu padre?… ¿¡Que se ha escapado!? ¿Qué quieres decir, escapado? Aaah!… Alzheimer. También se llama Enric… Sí. Ha estado aquí. Entendido… sí: me llamarás tú… A… adiós.

En la barra las risas contenidas se contagian entre los tertulianos. La mujer a quien nadie conoce saca la cartera, deja unas monedas en la mesa y la guarda con el móvil en el bolso, se levanta sin mirar a la barra. Antes de salir suena la campana y algunas voces entre un estallido de risas.

—¡Hoy se viejo lo ha bordado!

—¡Ja, ja, ja! ¡Mercè se ha puesto de parto!

—Eso es nuevo. ¡Ha, ha, ha! ¿De quién ha sido la idea?

—¡Qué cara han puesto los dos!

—¿Quién viene ahora?

—María Martínez. Cuarenta y tres años.

La mujer que no conoce a nadie no sabrá nunca qué ha pasado en el Bar Central de este pueblo cualquiera. Por un momento, pensará que, cuando la llame Enric, se lo aclarará; pero algo le dirá que él ya no lo hará más.

Fin

Y esto ha sido todo.

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Salud y que tengas un buen día.

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