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Foto de portada: el Zorba navegando a todo trapo en aguas de Cabrera.
Archivo de Kenneth Perdigón.

 

… el reluciente dintel barnizado de madera de sapeli que contrastaba con la pequeña cenefa de abeto encolada en él… Foto: Rafel Jaume.

Xurxo agachó la cabeza a fin de no darse con el reluciente dintel barnizado de madera de sapeli que contrastaba con la pequeña cenefa de abeto encolada sobre él, de un tono más amarillento y mortecino que el resto del marco, donde se leía, mutilada en su inicial, la palabra Greenpeace. Así, mostrándonos su rubia y desaliñada cabellera, emergió a cubierta subiendo la empinada escalerilla del tambucho, con la ligereza de quienes han permanecido más de media vida embarcados y con la vitalidad de aquellos para los que cada nuevo día presagia una aventura. Descalzo y en bañador, lucía sin vanidad alguna un torso fibroso y curtido y unos ojos claros, ávidos de comenzar la jornada, como si aquello fuera el más ambicioso reto que jamás en la vida hubiera osado proponerse, con un chapuzón en el espejo de las nítidas y calmas aguas de la playa de s’Alga.

Tan solo en petit comité y sin previa demanda se le soltaba la lengua. Foto: Rafel Jaume.

Nada más lejos de eso, el experto lobo de mar tenía muchas historias que contar; pero no lo hacía nunca a petición de su ocasional auditorio ni por alardear de su apretado currículum. Cuando alguien le decía: “¡Venga, Xurxo! Cuéntanos lo de aquella vez que…”, él parecía avergonzarse y ponía cualquier excusa para no hacerlo. Tan solo en petit comité y sin previa demanda se le soltaba la lengua. Entonces, su generosidad no tenía límites y narraba con todo tipo de detalle y con una gracia exquisita sus peripecias por los mares, ríos y océanos del todo el mundo.

El sol acababa de elevarse tras la fina franja de sistema dunar que comunica el agreste islote de s’Espalmador con Formentera. El tenue rocío que humedecía la cubierta comenzaba a desvanecerse y los tripulantes más madrugadores nos aposentábamos sobre los bancos de madera húmeda. Una de las pasajeras, que, por mor de los pequeños y rosados grumos que infestaban por docenas la superficie de la amplia dársena natural, ya se había quitado de la cabeza la idea de un baño de mar y se conformaba con uno de sol naciente, viendo sus intenciones, quiso prevenirle: “¡Cuidado Xurxo; hay medusas!”

Aquello, lejos de desanimar al bravo patrón del barco, pareció darle alas. Dando a entender que atribuía la advertencia al exagerado celo de una voluntaria ecologista para con el bienestar de aquellas molestas criaturas y no, como habíamos entendido todos, al propósito de evitarle a él una dolorosa experiencia, trotó, como un niño en su primer día de vacaciones, directo a la borda de babor y, sorteando el guardamancebo, se lanzó al mar exclamando -casi cantando- con su melódico acento gallego: “¡Que se jodan las medusas!”

… los días en que la brisa salobre del mar me escarchaba de sal la cara… Foto: Rafel Jaume.

Ahora que tengo la cómoda -digámoslo así- fortuna de permanecer perpetuamente sentado o acostado; ahora que mis manos y mis pies, privados del sentido del tacto, se niegan a transmitirme cualquier sensación agradable del exterior y que, de no ser por este intenso dolor que me atenaza brazos y piernas y esta maldita rampa que me quema por dentro en todo momento, no sabría si aún están en su sitio; ahora que esta eterna y forzada quietud me niega el derecho de balancearme a placer, poner una pierna sobre la otra o agarrar las cosas que el azar coloca ante mis ojos, recuerdo con nostalgia, a veces dolorosa, pero más a menudo reconfortante, los días en que la brisa salobre del mar me escarchaba de sal la cara, mis manos se curtían a fuerza de sufrir el roce de escotas y amarras y la piel áspera de mis pies pisaba firme la noble madera de la escorada cubierta del Zorba.

El amado y añorado Zorba. Un motovelero de dos palos, 18 metros de eslora y 40 toneladas de teca, iroko, caoba y sapeli, construido el año 77 en los astilleros Rocafull, del Cabañal, Valencia, con el nombre primerizo de Santa Ana. Armado con un Barreiros de 160 CV y aparejado de mayor, mesana, trinqueta y génova, había sido comprado y rebautizado como Zorba por un adinerado empresario madrileño. Finalmente, pasó a manos mallorquinas. Cuando el nuevo dueño no quiso hacerse más a la mar, lo cedió a Greenpeace. Pero la nave era demasiado pesada y lenta de maniobra para usarla como buque de campaña. Entonces a alguien de la oficina que esta ONG tenía en Palma se le ocurrió la idea de convertirlo en buque escuela de educación ambiental.

 

… y la piel áspera de mis pies pisaba firme la noble madera de la escorada cubierta del Zorba. -vaaale… eso es el bauprès-.Foto: archivo Rafel Jaume.

Conocí al Zorba durante la primavera de 1996. Mi vínculo con Greenpeace se había limitado hasta ese momento a pagar una cuota anual y a recibir una revista trimestral que leía de arriba a abajo y después guardaba por orden en un montón, para consultarla más adelante si lo necesitaba. Fue así como vi un anuncio que debía decir algo así como “¡Navega con nosotros!”. Te ofrecían seis días de navegación por las Islas Baleares por un precio que no recuerdo, pero que, pese a no ser barato, era asequible para un empleado de banca soltero y aburrido.

Estaba ya un poco harto de no hacer otra cosa que ir al banco y estudiar magisterio musical y guitarra clásica; además, mi relación sentimental de entonces empezaba a hacer agua y amenazaba con hundirse -si me permites el poco afortunado y lleno de malos presagios símil, dado el carácter de la historia que te estoy contando-. Me lo pensé mucho. Había llegado al fatídico punto de creer que las cosas buenas de este mundo no estaban hechas para mí y que, por tanto, no tenía derecho a desearlas. Finalmente, escuché el consejo de mi buen amigo Jordi, llené el boletín de inscripción y lo envié por correo.

En Cala Gamba con mi tío mestre Jaume y mi hermano Tomeu. Foto: Ramón Jaume.

Debo confesar con no poca vergüenza que, a pesar de haber pasado todos mis veranos de infancia, adolescencia y juventud jugando, malgastando el tiempo y holgazaneando en Cala Gamba, yo era para entonces un marinero bastante negado. Mi experiencia náutica se limitaba a las salidas al amanecer con mi padre a bordo de la Atlántida, un llaüt al que más de uno le tenía echado el ojo y del que siempre me dejaba llevar el timón; un cursillo de optimist con mi hermano Tomeu, siendo yo muy tierno aún de edad y miedoso de ánimo, a bordo del Jabato, que solo una vez recuerdo haber timoneado; las excursiones a remo con Catalina, la patera de mi tío mestre Jaume, triste e incomprensiblemente desaparecida tras años de flanquear la entrada del club náutico, con sus viejos bancos de madera gris abarrotados de niños y niñas, hasta la clapita de arena de delante del hotel Voramar, donde echábamos el viejo anclote de plomo y pasábamos la mañana nadando; alguna regata esporádica como proel con el snipe o el 420 de algún amigo que no habría encontrado a nadie más hàbil que quisiera acompañarle y un puñado de salidas, también maniobrando el aparejo de proa, con el Callao, el bote de madera que había rescatado del olvido y de la quema segura mi buen amigo Bernat quien, de vez en cuando, me dejaba coger la caña.

Aun así, tampoco era normal que a mis veinte y largos años estuviera totalmente incapacitado para pilotar yo solo una barquita de vela o motor, por pequeña y fácil de llevar que fuera. La única vez que recuerdo haberlo intentado, casi hice naufragar una lanchita a motor fuera borda, que acababa de comprar mi padre, contra las rocas de Cala Gamba. Pongo por testigo a mi hermano Mundo quien, aún demasiado joven para sacarme del embrollo, me acompañaba en la aventura.

Cala Gamba en los años 60, con can Reus abajo a la derecha y el hotel Voramar arriba a la derecha. La clapita aún no estaba; todo era posidonia. Foto: archivo C.N.C.G.

Al llegar frente a can Reus, donde solíamos nadar los amigos, un niño se acercó para agarrarse a la borda. Por miedo a hacerle daño con la hélice, en lugar de poner punto muerto como habría hecho cualquier hijo de vecino en su sano juicio, apagué el motor. Cuando el chaval se alejó, intenté ponerlo en marcha de nuevo, pero cuanto más fuerte tiraba de la correa, más poca intención hacía la puñetera máquina de querer volver al trabajo. Como el embate ya estaba bien entrado, las olas empujaban la blanca cáscara de nuez hacia las lajas de la orilla. Suerte de los remos y de mi “destreza” en esta arte, que si no, mi padre habría hecho muy mal negocio y yo el ridículo más espantoso.

Me dirás, ¿y cómo así esta soberana ineptitud? En mi descargo diré que, mientras mis compañeros de juegos dedicaban sus fines de semana a hacer regatas, yo me había decantado por el baloncesto. Valga esta verdad como excusa a mi desmaña marinera, aunque también debo confesar que todavía fui más torpe botando el balón que llevando el timón.

Pero, volviendo a mi romance con el Zorba, al cabo de unos días recibí una llamada de la oficina de Greenpeace dándome día y hora para embarcarme. Hice las cuatro preguntas de rigor a las que añadí si podría embarcar mi guitarra. Entonces, estaba preparando el cuarto curso en el conservatorio y tenía que tocar cada día para no perder la forma. Me dijeron que no habría ningún problema; que estarían encantados de tener un guitarrista a bordo.

…la elegante popa del Zorba me daba la bienvenida invitándome a subir a bordo. Foto: Rafel Jaume.

Y llegó el gran día. Me presenté en el muelle más feliz que un perro a la vista de un filete de ternera, con mi saco de lona beige colgado de un hombro y el estuche de la guitarra cogido con la mano contraria. Aquella sólida caja negra hacía un bulto considerable. Al llegar al amarre, la elegante popa del Zorba me daba la bienvenida invitándome a subir a bordo. La bañera estaba a tope de gente. Al verme llegar tan cargado, dejaron sus conversaciones y se quedaron mirándome en silencio para ver cómo atravesaba la inestable y estrecha plancha de aluminio que separaba tierra firme del buque. Siempre me ha dado pánico este momento.

Mientras mis pies pisaban la resbaladiza pasarela metálica, no podía dejar de mirar la grasienta superficie del agua que, tres metros más abajo, parecía querer hipnotizarme, dibujando sinuosas formas tornasoladas de todos los colores del espectro y llenándome las narices de ese pestilente hedor a podredumbre y gasóleo que todos a quienes nos ha gustado navegar recordamos al estar lejos del mar como el imprescindible aroma que preludia la aventura, cuando estamos lejos del mar. Todo ello parecía conjurarme a perder pie y precipitarme al vacío. Consciente del peligro de hacer una entrada triunfal que se rememoraría por siempre en las tertulias de a bordo, conseguí mantener el equilibrio entre el saco y la guitarra y cruzar con una fingida serenidad de funámbulo que a mí mismo me dejó sorprendido. Embarqué sano, salvo y seco.

Sofía me dio la bienvenida con un “¿eres Rafel?” que sonaba más a afirmación que a pregunta, porque la guitarra me delataba y porque era el último en llegar. Sofía era la directora de la oficina de Greenpeace en Palma y coordinaba el proyecto Zorba. Antes de que comenzara a presentarme a todos los espectadores de mi demostración de templanza, uno de esos personajes ya había captado poderosamente mi atención.

Lluis, patrón del Zorba a lo largo de 1996. Foto: Rafael Jaume.

Era un hombre delgado, vigoroso i enjuto de rostro, Su cabello negro, corto, y bien perfilado delataba un orden y una disciplina que contrastaba con su barba, a la que parecía haber dado la libertad que le negaba al resto de su aspecto. Aquellos ojos, oscuros y hundidos en sus órbitas a la sombra de unas cejas delgadas, parecían querer penetrar el estuche de mi guitarra y fundir su contenido. No tenía cara de querer hacer amigos. Sofía me lo presentó el primero de todos con una jovial sonrisa: “Lluis, el patrón del Zorba”. Antes de que pudiera dejar la pesada caja en el suelo y ofrecerle mi mano, sin dejar de perforarla con la mirada, me dijo con su voz ronca, profunda y con un marcado acento de la Garrotxa: “¡Esto no cabrá, aquí!”.

Tras explicarle que lo había pedido expresamente y gracias a la mediación de mi anfitriona, que se hizo responsable de haberme dado permiso, el hosco marinero claudicó: “¡Mira si cabe en el cofre que hay bajo tu litera, pero, si el barco escora, tal vez se moje!”. La cosa empezaba bien.

Al día siguiente, sin embargo, con la cara gratamente transmutada y rezumando bonhomía, Lluis me explicaría su secreto. Dada su tendencia natural al buen rollo, para evitar que la peña se tomara demasiadas confianzas y se le subiera a las barbas, había adoptado la rutina de beber algo más de la cuenta la noche anterior a cada navegación a fin de recibir a los pasajeros con una resaca del copón, de mala leche, y dejarlos acojonados. Horas más tarde, todo el mundo descubría su verdadero talante, pero nadie se arriesgaba a lo largo de la travesía a provocar la reaparición de su lado oscuro.

Salvo la primera noche, mi guitarra durmió seca y salva en su caja, en un rincón u otro de la cabina del Zorba sin estorbar a nadie. Lluis no volvió a poner mala cara.


Centinelas de una Mar Inmensa

La mar estaba plana. No como un espejo, como había estado a primera hora, mientras poníamos proa a la bocana del puerto de Palma

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Te dejo con un vídeo R.E.M. de 1993 que no podia faltar en ninguna navegación del Zorba, que nos ponía la piel de gallina y nos hacía entrar unas ganas irresistibles de enrolarnos en algún barco de campaña de Greenpeace: It ‘s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine …)

 

Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

Si te ha gustado, me lo dices, y si no, perdices.

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Y si no has tenido bastante, también puedes leer:

Salud y que tengas un buen día.

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