Disponible en: Catalán

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Imagen de portada: Sobre el bauprés del Zorba. Foto: archivo Rafel Jaume.


Esta historia forma parte del relato Mi romance con el Zorba y es la continuación de Un Nudo Infame y un Árbol Sublime.


Magdalena, Orestes y una de las socias participantes en el proyecto. A babor, la vertiente norte de la sierra de Tramuntana. Foto: Rafel Jaume

El Zorba sobrepasa Formentor y un nuevo escenario se abre ante nuestra vista. A proa, la alta mar, sugeridora de aventuras mayores que más adelante habré de catar; a babor, la escarpada, arcana e inhóspita vertiente norte de la sierra de Tramuntana. A medida que la nave se hace mar adentro, aquella abrupta hilera de altivos promontorios y recónditos refugios se abre como un abanico de despeñaderos, riscos y acantilados; grises, amarillentos y salpicados de verde los más cercanos, azulados, imprecisos y difuminados por la lejanía y la calima a medida que se alejan y rehúyen nuestra mirada.

Esa muralla ciclópea que parece emerger de una mar que un día la maltrata, azotándola con toda la furia del mistral o la tramontana, como si quisiera carcomerle los cimientos y desmoronarla de raíz, y al otro la acuna, la arropa y la besa enternecida, como queriendo preservarla de todo mal, cuando es el levante o el siroco el que sopla del otro lado de la isla, esa pared arisca, rocosa y gigantesca esconde más tesoros de los que muestra.

Con Orestes, en un descanso del camino a Sóller. Foto: Rafel Jaume.

Por un lado, la intrincada red de valles, vaguadas y planicies que, custodiados por montañas, quebrados por torrentes y entrecruzados por una telaraña infinita de veredas, caminos de carro y senderos, la colman de verde de punta a punta. Mientras conservé el uso de piernas y brazos, escudriñé este pequeño país montañoso tanto como pude. Fue con Orestes, cuatro años más tarde de haber navegado con él a bordo del Zorba, con quien hice la más larga de mis caminatas, entre Pollença y Sóller, paso a paso y sin prisas, en tres provechosas y terapéuticas jornadas.

A finales del año 2000, fui a vivir con Carmen a Tramuntana, en una casa de montaña en Puigpunyent, mi añorado paraíso perdido. Allá arriba, pasamos un puñado de años haciendo y deshaciendo, arriba y abajo con nuestros queridos perros, la Nena, Ombra, Bru y Menta, el sendero que sube al Galatzó y recorriendo los caminos de carbonero que rodean la imponente cima ponentina. Diez años más tarde y durante los dos años y medio que permanecí ingresado, tendría que contemplar mi montaña sagrada desde la lejanía, sentado en una silla de ruedas, baldado de cuello para abajo y enfermo de nostalgia, a través de un ventanal del Hospital Sant Joan de Déu, en Cala Gamba.

En la proa del Zorba no hay preocupaciones… Foto: archivo Rafel Jaume.

En la otra vertiente de la cordillera, todo un universo vertical, ignoto y recóndito, repleto de vida y de colores húmedos, que se hunde en el abismo marino, a salvo de la mirada y de la mano del hombre, que hasta hoy no ha osado o no ha sabido cómo expoliar-lo; y que por largo tiempo sea así.

Sentado en el bauprés, cabalgo sobre las olas. En la proa del Zorba no hay preocupaciones ni teléfonos ni clientes descontentos, ni calculadoras ni cajas fuertes, ni fajos de billetes sucios de pasar de unas manos, no siempre limpias, a otras y de pagar negocios a veces turbios; no hay ordenadores ni claves secretas ni números de cuenta, ni saldos ni recibos domiciliados que no hay manera de que vayan a la cuenta que les corresponde; ni cheques ni pagarés ni cambios de moneda; aquí no hay cajas que no cuadran ni relojes que te dicen que hoy volverás a comer a la mala hora. Aquí solo hay silencio, paz, viento, sol y salitre.

Pero, ¿qué pasa? ¿No viramos? El Zorba se hace a alta mar; se aleja de Sa Roqueta rumbo noroeste, como si a Lluis le hubiera sobrevenido un súbito ataque de añoranza y quisiera ir a reencontrar las costas de su tierra. No sería mala idea hacer una escapadita a Barcelona. El afable levante invita a hacerlo, pero eso no estaba incluido en el programa.

… como si a Lluis le hubiera sobrevenido un súbito ataque de añoranza… Foto: Rafel Jaume.

Entonces aún no lo sé. Mi romance con el Zorba apenas ha comenzado y no parece que vaya a ir más allá de tantas otras aficiones esporádicas como he tenido. Un mes de vacaciones al año no da para mucho y hay que aprovecharlo bien. Hasta ese momento, lo solía repartir en dos viajes al año. Aún no sé, sentado en el bauprés del Zorba, que ese mismo verano me volveré enrolar y al año siguiente y al otro y al otro; ni sé todavía que durante los cuatro años venideros mi vida habrá de transcurrir alrededor de aquellas cuarenta toneladas de maderas nobles, cuatro velas, buena gente y montones de historias. Aún no sé que tras aquel proyecto hay una gran familia que crece a cada largada de amarras, con cada nueva hornada de tripulantes. Una familia en la que, como en todas, hay amistades y desavenencias, gente que se gusta, gente que se estorba, gente que se quiere, gente que deja de quererse, gente que se escucha, gente que se hace escuchar, y también de vez en cuando alguien más pesado que un saco de plomos, pero a quien vale la pena reír las gracias o hacer como que escuchas sus discursos para ser uno más en esta congregación tan diversa como enriquecedora.

Acariciando el timón del Zorba. Foto: archivo Rafel Jaume.

Entonces no sé aún que a bordo del Zorba descubriré rincones impensables de Mallorca, atracaré en el en otro tiempo inexpugnable puerto natural de Maó, cruzaré el canal que nos hermana con las Pitiusas para bordear Eivissa, fondear en S’Espalmador y tocar puerto en La Savina, en Formentera; aprenderé a maniobrar en situaciones de mala mar, a hacer nudos a contrarreloj, veré de cerca delfines, calderones y tortugas

Y no, no iré a Barcelona en el Zorba, aunque sí haré el camino de vuelta en la que será para mí, no la mejor ni la más divertida, pero sí la travesía de recuerdo más entrañable: aquella en que acompañaré, acariciando el timón en horas de noche y silencio, un bosque de planta autóctona mallorquina, germinado en los viveros Bioriza de Girona, para reforestar la finca de la Trapa. Un bosque al que me sentiré muy ligado, del que haré el seguimiento durante dos años, anotando sobre unos planos, que yo mismo habré dibujado, la ubicación y el estado de salud de cada vástago; unos vástagos que visitaré tan a menudo como podré, que veré a veces morir abrasados por el sol y la sequía y otras verdecer a fuerza de retorcer bajo la inhóspita tierra del valle de Sant Josep sus raquíticas raicillas; unos vástagos a los que lloraré con amargura, impotencia y rabia cuando, ya sentado en mi eterno sitial sobre ruedas, lea cómo se convierten en humo y ceniza por mor del maldito gran incendio de julio de 2013.

Pero sí navegaré de Mallorca a Barcelona, dos veces y a bordo de otros barcos, a raíz de mi experiencia zórbica.

… a bordo del Sirius, el veterano barco de campaña de Greenpeace. Foto: Rafel Jaume.

La primera, como voluntario a bordo del Sirius, el veterano barco de campaña de Greenpeace, poco antes de su desguace, gracias a la mediación de Medhi, un tripulante tunecino al que había conocido en el puerto y con quien había trabado amistad, y gracias, sobre todo, al visto bueno que me dio Xavier Pastor -¡gràcies, Xavier!- por entonces director ejecutivo de Greenpeace, no sin hacerme saber antes que me había saltado todos los protocolos y había pasado por delante de trabajadores y voluntarios mucho más veteranos que yo y con más derecho a aquel privilegio.

La segunda, como marinero con mis amigos Emili y Helena, trasladando un pequeño velero de mírame y no me toques, pésimamente equipado, desde el puerto de Bonaire, en la bahía de Pollença, con una marejada de mil demonios; el primer encargo que había recibido Emili como patrón y una de las locuras más disparatadas que he cometido en la vida, de la que aún me hago cruces de haber salido bien parado. Emili lo explica así: “Eran los tiempos en que empezábamos y, si teníamos que cruzar un barco tal día, tal día, lo hacíamos y no mirábamos ni la meteo. ¡La ignorancia es muy atrevida!” Quien dice eso fue mi mentor y compañero de marinería en la navegación de mayo del 98 -la más divertida y gamberra de mis salidas al mar-, gran animador de fiestas, juergas y desmadres, sería más adelante patrón del Zorba, de donde daría el salto a la flota de campaña de Greenpeace.

Debió ser a finales del verano de 1998 cuando Emili me convenció para acompañarlo en aquella descerebrada aventura de la que no hay gran cosa que contar, salvo que, estando al timón, estuve a punto de reventar el casco de aquella cáscara de huevo, que parecía estar hecha de papel de fumar…

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En este vídeo, puedes escuchar a Mario Rodríguez, entonces jefe de campaña de bosques, explicando el proyecto de reforestación de La Trapa, a Pepe Céspedes impartiendo una pequeña “master class” sobre el funcionamiento del Zorba, harás una pequeña visita virtual al interior del velero y nos verás a Gemma, responsable de que el Zorba no navegara nunca de vacío, a Peru, el patrón, y a mí, con una elegante camiseta naranja, estibando los plantones en los camarotes del Zorba. Peru cierra el vídeo explicando la planificación de la travesía de vuelta a Palma.


Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

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Salud y que tengas un buen día.

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