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Sentado en el Bauprés, Cabalgo sobre las Olas

Sentado en el bauprés, cabalgo sobre las olas. En la proa del Zorba no hay preocupaciones ni teléfonos ni clientes descontentos, ni calculadoras ni cajas fuertes, ni fajos de billetes sucios de pasar de unas manos, no siempre limpias, a otras y de pagar negocios a veces turbios; no hay ordenadores ni claves secretas ni números de cuenta, ni saldos ni recibos domiciliados que no hay forma de que vayan a la cuenta que les corresponde; ni cheques ni pagarés ni cambios de moneda; aquí no hay cajas que no cuadran ni relojes que te dicen que hoy volverás a comer a la mala hora. Aquí sólo hay silencio, paz, viento, sol y salitre.

Un Nudo Infame y un Árbol Sublime

Dos años y algunos meses antes, el Zorba zarpaba a primera hora de la mañana de Es Caló, entre el Cabo Ferrutx y Betlem, en el extremo oriental de la bahía de Alcudia, rumbo al Cabo de Formentor. La noche nos había hecho olvidar por unas horas la dramática muerte de los dos delfines. Comenzaba un nuevo día. Desayuno, zafarrancho, charla sobre alguna campaña de Greenpeace y a vigilar las olas por turnos se ha dicho. Por la amura de estribor, el horizonte y, flotando sobre él, la azulada silueta de Menorca.

Un Hallazgo Funesto

El embate jugaba dulcemente con las olas, les daba forma, las redondeaba, las hacía a todas parecidas pero peculiares a la vez, sin permitir que ninguna de ellas se atreviera rivalizar con las demás. Cada vez que una pretendía destacar por sobre las otras, en altura o en premura por besar la orilla, la castigaba condenándola a deshacerse en una eclosión de espuma.

Centinelas de una Mar Inmensa

Como centinelas de una mar inmensa oteábamos la infinita planicie azul al acecho de cualquier sombra que turbara aquella quietud. Sentados en la bañera habíamos conocido las especies de cetáceos que pueblan el Mediterráneo. Nada invitaba a sospechar sospechar el macabro hallazgo que días más tarde nos depararía Neptuno.

Mi Romance con el Zorba

Ahora que esta eterna y forzada quietud me niega el derecho de balancearme a placer, recuerdo con nostalgia, a veces dolorosa, pero más a menudo reconfortante, los días en que la brisa salobre del mar me escarchaba de sal la cara, mis manos se curtían a fuerza de sufrir el roce de escotas y amarras y la piel áspera de mis pies pisaba firme la noble madera de la escorada cubierta del Zorba.

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