Disponible en: Catalán

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Tiempo para pensar es el último relato que escribí durante el primer curso de Narrativa en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonés. Lo presenté el 30 de septiembre de 2019 y lo escribí inspirándome en una reflexión que me hice un día como respuesta a una pregunta que me hacía constantemente. Creé un personaje, Blai, le creé una historia y puse en su boca, al final del cuento, esa misma pregunta.

Yo ya he dejado de hacérmela.


Tiempo para pensar

Blai se quejaba siempre de no tener nunca tiempo para pensar.

Le gustaba mucho, sentarse a pensar. Pensar en cosas que había hecho, que debería hacer, que le gustaría hacer; en cosas que nunca haría… Podía pasarse horas, cuando estaba soltero y tenía pocos quehaceres, pensando y pensando. A veces lo hacía en el sofá, pero le gustaba sobre todo pensar sentado.

Aquel mediodía Blai tenía prisa. Había terminado el trabajo antes de hora y le había pedido a su jefe de sección salir veinte minutos antes, a causa de una urgencia que le había surgido. Asuntos familiares. Tenía tanta prisa que, por no esperar al ascensor, bajó los cinco pisos a pie. Tenía prisa y bajaba de dos en dos los escalones mientras intentaba recordar dónde había dejado el coche. ¿Junto a la tienda de muebles? No. Eso fue ayer. ¿En la esquina del súper? Tampoco. Hoy… piensa, piensa, Blai… olía a… ¡Ya está! ¡Delante de la frutería!

Blai, cuando pensaba, lo hacía sobre cosas muy diversas. Tanto le daba idear un negocio innovador, como elucubrar la solución definitiva a una situación medioambiental insostenible, o diseñar un sistema para que la empresa donde trabajaba funcionara como un circuito integrado, o… Pero nunca llegó a saber si las suyas eran o no buenas ideas porque nunca alcanzó a exudarlas más allá de los linderos de su creativo cerebro. Nunca movió papeles ni buscó inversores, ni contactó con ninguna asociación ecologista, ni mucho menos, osó nunca llamar a la puerta del despacho de su jefe. Siempre surgía una nueva neura que requería el cien por cien de su inagotable ingenio.

Una mañana, se despertó sorprendentemente decidido a poner en práctica uno de esos proyectos que a veces había pensado que tal vez un día haría: proponer a Bel que se casaran. Ella dijo sí. Por eso ahora tenía prisa.

Tenía tanta prisa que no miró a ambos lados de las cinco calles que cruzó a la atropellada. Tanta prisa que, mientras aflojaba el nudo de su corbata con una mano y con la otra miraba la hora en su móvil, una moto estuvo a esto, de embestirlo. Tanta prisa que en menos de cinco minutos estaba dentro del coche; tanta que no pensó en ponerse el cinturón. Tenía prisa y, por eso, se pasó tres calles sin ceder el paso y se tragó el bocinazo de un camión y los improperios de un señor en silla de ruedas.

Blai y Bel se habían prometido amor eterno y habían acordado que sus vidas no cambiarían. Ninguno de los dos tendría que renunciar a afición, vicio o manía algunos, por mucho que desagradaran al otro.

Bel era bastante tolerante. Le dejaba comer palomitas en el cine (algo que ella siempre había odiado), fumar en la playa (algo que nunca se había privado de criticar) e incluso mear de pie (aunque los bordes de la taza permanecieran salpicados de amarillo hasta que ella pasaba el estropajo). Blai también lo era bastante. Aceptaba tener que salir al balcón cuando las ganas de fumar le acosaban, incluidos los días en que el frío le desollaba las manos y no se atrevía a sacarlas de los bolsillos para sacudir la ceniza; no ponía peros a que Bel saliera con frecuencia de juerga con sus amigas y lo dejara a solas en casa, ni siquiera a que pregonara, por toda la escalera, a base de chillidos y gemidos, que estaban pegando un polvo, cada vez que ambos convenían que ya tocaba.

Pero en algo no habían llegado a tener paz: la necesidad (ineludible para él, exasperante para ella) de Blai de sentarse a pensar.

Si ella ya estaba al llegar él a casa, justo al cerrar la puerta y después del “hola, vida” de rigor, le encomendaba un trabajo u otro. ¿Pasarás la escoba?, ¿doblarás la ropa?, ¿pondrás la lavadora?… Tenía aquella mujer una imaginación de serpentina y una caja de los truenos llena de recursos ocupacionales. ¿Se pasaba el día cavilando qué tarea encomendarle o improvisaba? Sea como fuere, si no conseguía llegar antes que Bel, Blai nunca tenía tiempo para hacer lo que había estado pensando, todo el día en el trabajo y durante el trayecto a su casa, que haría al llegar: sentarse a pensar.

Por eso, mientras conducía, pensaba si no hubiera debido pedir salir aún un poco antes. ¿Tendría suficiente con veinte minutos? Aquella mañana, entre informes y balances, se le había ocurrido una idea brillante y necesitaba tiempo para redondearla. Y mientras esto pensaba, se apresuraba. Porque los escasos días que conseguía ser el primero en abrir la puerta, ponerse cómodo y apoltronarse en su sillón a practicar el ejercicio que tanto le deleitaba y tan bien cultivaba, era incapaz de concentrarse en él, sabiendo como sabía que, en cualquier momento, oiría la cerradura de la puerta y aquel ¡hola vida!, ¿has fregado?, ¿has puesto la mesa?, ¿has lavado los platos?, o fuera cual fuera la tarea que el femenino cerebro de Bel hubiera maquinado para la ocasión. Él: ahora mismo iba a hacerlo, vida; ella: ¡es que si no te lo digo yo, no haces nunca nada! y él: ¿es que no voy a tener nunca tiempo para sentarme a pensar?

Por eso ahora Blai tenía prisa. Tenía prisa por llegar para dedicar aquellos preciosos instantes, arañados a la empresa por presuntos asuntos familiares, a su añorada afición. Tenía tanta prisa que pensó que acelerando pasaría en amarillo. De reojo vio la luz roja, de repente, el autobús, de milagro, su pie derecho, un chirrido estremecedor y una chamusquina de caucho evitaron el choque. El golpe contra el volante le rompió la nariz y le partió la médula por encima de la tercera cervical. Despertó inmóvil en el hospital.

Ahora, Blai está acostado o sentado a todas horas, y a todas horas piensa: ¿por qué precisamente a mi?

Fin


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