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14 de abril de 1980. Tres docenas de años, sí. Dicho así se dice pronto pero, si te hago el favor de ahorrarte el cálculo -que ya sé que tu cabecita no es la que era- y te digo que 3 docenas son 36 años, tal vez sentirás escalofríos y me dirás que aún no habías nacido, que te daban de comer a la boca o que llevabas pantalones cortos y recibías azotainas. Mucha lluvia ha caído del cielo desde entonces, y mucho pelo también de nuestras testas, que si hiciéramos ahora esta foto, a más de la mitad no se les conocería -a mí sí, por la silla de ruedas-. 14 de abril de 1980. ¿Que cómo puedo estar tan seguro del día exacto? Pon atención y te lo cuento.

Toda esta muchachada que ves en la estampa -si tú estás en ella, te puedes saltar lo que sigue- son mis queridos amigos del alma, compañeros de penas y alegrías de 3º de BUP del Colegio San Agustín de Palma y las caras largas que ves vienen a cuento de que estaba a punto de terminar una de las mejores semanas de nuestras entonces cortas vidas. La fotografía fue tomada en Queen’s Gate, en el portal del youth hostel donde nos alojamos durante nuestro viaje de estudios a Londres. Y ahora ya puedes dejar de buscarme, que no me vas a encontrar, porque no estaba, y el por qué de mi ausencia tiene mucho que ver con el por qué de mi certeza sobre el día en que fue tomada la foto.

Ante el puente de Londres.
Julià Julià, Toni Borràs, padre Baltasar Ramis, Cati Torrens, Joan Barceló, Rafel Jaume, Anselm Payeras, Biel Moyà y Joan Serra.

Después de una semana de visitas a museos, paseos por Hyde Park -aún no había parques en Palma- y partidas de marcianitos en la máquina del albergue -de eso tampoco teníamos todavía-, el día antes de la foto, mi amigo Joan Serra y yo –com va això, Joan?; ya me corregirás, si ves que me equivoco en algo- deambulábamos por Piccadilly Circus, en el mismo centro de Londres, y nos detuvimos ante un tablón donde se anunciaban los conciertos del mes a lo largo y ancho Inglaterra. Recuerdo  haber visto uno de Genesis, pero nos quedaba demasiado lejos. En eso que el alma se me cayó de golpe a los piés y por poco no hace un boquete y se estampa contra las vías del London Underground, que es como llaman allí al metro. Ese mismo día 13 de abril por la noche y en esa misma ciudad de Londres, actuaban los Jethro Tull, uno de los grupos que más sonaba por aquel entonces en el tocadiscos de casa.

No sé si para ti, Joan, la impresión debió ser la misma, pero recuerdo que me habría hinchado a collejas por no haberlo mirado antes, en lugar de tanto museo y tanto meter monedas de una libra en la puñetera maquinita de las narices para matar marcianitos, la Space Invaders,  que, total, no se acababan nunca. ¿De quién fue la idea ?, no lo sé, pero decidimos que no estaba todo perdido y tomamos nota del lugar de la performance, Hammersmith Odeon en Kensington Road, que casualmente era la calle ancha a la que daba Queen’s Gate y que bordeaba por su parte sur el Hyde Park. No podía caer muy lejos. Pies, para qué os quiero? Camina caminarás, hacia Hammersmith te harás.

Al cabo de un buen rato andando, echábamos el hígado por la boca. Aquella puta calle no se acababa nunca y ni rastro de ningún Odeon ni nada que se le pareciera. Resignados, hicimos lo que habríamos hecho desde un principio de haber sido mujeres o de haber estudiado inglés en la escuela en lugar de francés: preguntar. Alguien nos dijo que íbamos bien, pero que la meca de nuestra peregrinación caía fuera de nuestro mapa y que todavía nos quedaba un buen trecho. No recuerdo si aquí claudicamos y cogimos un taxi o si acabamos la excursión a pie, pero al fin, llegamos al sitio. La taquilla estaba abierta y sí, quedaban entradas. ¿Qué hacemos, que no hacemos? Decidimos volver para compartir la buena nueva con los compañeros.

Los primeros en saltar de la silla y apuntarse, fueron Ronald van den Hurkcom anam, Ronald? -, Con quien, además de compartir escalera y juegos de tarde, comulgaba también en cuanto a gustos musicales, y Joan Barceló –com estàs, Juan? -, el profesor de Naturales, quien por edad y afinidad era el maestro más cercano a nosotros y nos había pastoreado por aquellas tierras sajonas, junto con el padre Ramis.

Ante el Parlamento de Londres.
El padre Ramis, Cati Torrens, José Antonio Aznar (detrás), Germán. Barrientos (delante), José Luis Singala, Rafel Jaume, Anselm Payeras y Toni Borrás.

El padre Baltasar Ramis, era el director del colegio y el profesor de francés y muy buena persona que era, aunque se hacía el cascarrabias para tratar de imponer un poco de respeto, algo que no siempre conseguía.  Le llamábamos Mohicano desde el día que vino, recién salido de la barbería, bien pelado y con un tupé que màs parecía una cresta que le cruzaba la cabeza desde la frente hasta la nuca; aquello, su natural color moreno de piel y la facilidad de alguno de mis compañeros más creativos para sacarle punta a cualquier cosa le valieron uno de los apodos más simpáticos, divertidos y longevos de la historia del Colegio San Agustín. Más de 20 años más tarde, una chica que acababa de empezar en la UIB me dijo que aún se le apodaba así, aunque nadie sabía de dónde le venía aquel exótico y cinematográfico alias. El padre Ramis no podía entender que hubiéramos preferido  ir a Londres en lugar de a Paris; como tampoco entendió nunca por qué cuando nos hacía leer en voz alta las redacciones de francés, fuera cual fuera el tema que nos hubiera puesto, siempre tenía que salir de por medio un mohican o un indien; no podía sospechar nunca, el hombre, que aquel repentino y desproporcionado interés de sus puñeteros discípulos por la antropología del continente americano fuera por mor de su estilista.

Pero no perdamos el hilo, que se hace tarde y va a llover. ¿Por dónde iba? Ah!, sí. Decía que Ronald y Joan Barceló abrieron los ojos como platos al oír aquellas palabras mágicas: Jethro Tull, concierto, hoy. Del resto de los que estaban en el hall del albergue cuando Joan y yo llegamos sudorosos y excitados, no recuerdo que nadie diera señal alguna de saber de qué iba la movida. Los miembros más rockeros de la clase iban más de Bob Marley, Eric Clapton, J.J. Cale y de todo aquello que oliera a hierba. Al oír hablar de un tío que tocaba la flauta pusieron cara de asco y pasaron. Ellos se lo perdieron. Sólo recuerdo que Toni Pep Munar y Anselmo Payeras y me dice Ronald que también Pep Lluis Capllonch y Tolo Rigoquè feis, bergants?– se apuntaran. Si recuerdas que  alguien más lo hiciera, déjame un comentario y me ayudarás a completar esta historia.

Por la tarde, recolectamos las últimas libras que nos quedaban y partimos más alegres que una pandilla de héroes de cuento hacia el Hammersmith Odeon. Aún encontramos entradas, pero por muy poco porque no pudimos ni sentarnos. Nos colocaron de pie arriba del todo, espalda contra pared. Para mí que no quedaban entradas, pero nos debieron ver con cara de no pedir el libro de reclamaciones y nos pusieron en medio del último corredor, para no estorbar. ¡Suerte que tuvimos, todavía! Cuando empezó el concierto, comenzó también una de las experiencias más alucinantes de mi vida y también una de las aficiones que más buenos momentos me ha dado: la de coger un vuelo sólo para ir a vivir un concierto de rock.

Ian Anderson
Ian Anderson

Ian Anderson salió a escena disfrazado de noble escocés, con una capa a cuadros, botas de montar y unos leotardos blancos ceñidos. Una boina coronada por una borla completaba la pintoresca indumentaria. Barre, Evan, Palmer, Glascock y Barlow, cada uno con una disfraz diferente, tomaban posiciones y empezó el espectáculo. Podría hablar hasta mañana de aquel concierto; trataré de no hacerlo.

El líder, cantante y alma mater de Jethro Tull se movía por el escenario como un juglar, como un bufón, como un demonio, mientras la banda sonaba perfectamente sincronizada, potente, precisa, como si fuera un disco, recuerdo que pensé, pero sin los molestos ruiditos de los micro surcos, y allí arriba, su música llegaba con toda plenitud y nitidez, sin el eco que debía rebotar de la pared que teníamos detrás. El sonido llenaba todo el espacio y me entraba por los oídos, por los agujeros de la nariz, por los ojos, por la boca, que tenía abierta y no podía cerrar, y no seguiré enumerando agujeros para no hacerme grosero, pero ya te puedes imaginar por donde más. Mi delgada caja torácica entera se llenaba de aquella mágica mezcla de sonidos y ruidos, convertida en una orgánica caja de resonancia a punto de estallar. La música me rodeaba y me penetraba, y no podría haber dicho si la escuchaba con los oídos o con el corazón y las entrañas.

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Martin Barre, Barriemore Barlow (de espaldas), Ian Anderson y John Glascock.

Las canciones fueron cayendo una tras otra como frutas maduras  a punto para ser degustadas. La mayoría las reconocí, las tenía en disco o las había escuchad en alguno de los que me había dejado mi buen amigo Vicente Valderas -hola, Vicente-; sabía parte de la letra y de alguna también los acordes y las había cantado sentado con la guitarra acústica en el salón de casa. A New Day Yesterday, Cross Eyed Mary, Thick as a Brick, Locomotive Breath … evidentemente, no las recuerdo todas ni el orden en que sonaron.

Yo estaba poseído, fuera de mí; no podía creer lo que me estaba pasando, pero sí; era yo, Rafel, quien estaba allá arriba; y allá abajo, detrás de aquella atmósfera cargada de armónicos, notas distorsionadas y electricidad, saltaba, se agachaba o se quedaba de pie sobre una sola pierna mientras rasgaba el aire del Hammersmith Odeon con las notas desgarradas de su flauta mágica un ser de otro planeta. Ian Anderson no era tan sólo un compositor, cantante y multi instrumentista excepcional; era también un intérprete descomunal, con una puesta en escena nada improvisada. Tanto bailaba como un saltimbanqui medieval haciendo girar la flauta con una mano como saludaba al respetable con una solemne reverencia digna de un lord inglés del siglo XVII o se arrodillaba despatarrado como el más grosero cantante de heavy metal, con aquellos leotardos blancos que parecía que fueran a romperse en cualquier momento por su parte más impúdica.

En un momento del concierto -lo recuerdo como si fuera ayer de tantas veces que lo conté- desde un extremo del escenario lanzó la flauta hacia el cielo del teatro. El instrumento se levantó dando vueltas reflejando aquella luz multicolor que horadaba la oscuridad del Odeon, hasta llegar a la altura de nuestras narices. Creo que puedo hablar por todos los presentes si digo que un escalofrío nos recorrió el cuerpo sólo de pensar que aquel objeto precioso, capaz de hacernos estremecer de gusto, de rabia y de todo tipo de emociones, se iba a pegar la gran castaña en unas décimas de segundos contra el suelo del entarimado. Pero aquel peludo despeinado que abría los ojos como un diablo y se contorsiona como si estuviera poseído por el mismo Belcebú lo tenía todo controlado y no dejaba nada al azar; en el último momento atravesó como un saltamontes el espacio que le separaba del punto previsto del impacto y llegó justo a tiempo de detener la flauta a un palmo del suelo, en el preciso momento en que el grupo daba el acorde final y se apagaban todas las luces, salvo un único foco que, dirigido al punto exacto del rescate, nos dejaba ver a aquel estrafalario jocker en postura fetal y con la flauta en sus manos. Un número propio del Cirque du Soleil, ensayado a la perfección con una precisión milimétrica que dejó boquiabierta a la audiencia.

El concierto pasó como lo suelen hacer las cosas que nos fascinan, más deprisa de lo que yo hubiera querido, sin perder en ningún momento la intensidad ni el interés de un público inglés rendido ante el encanto y el carisma de aquel escocés insolente, que no se estuvo parado más que cuando, acompañándose de una guitarra española con cuerdas metálicas, interpretaba su repertorio acústico o durante su solo de flauta, que merecería una página entera. Pero no quiero aburrir y sólo te diré que el teatro entero enmudeció mientras aquel hombretón barbudo mezclaba melodías de música tradicional con frases de su creación, gritos, ronquidos, esnifadas y todo un repertorio de ruiditos hechos con la boca, hasta que entonó las primeras notas de la bourrée más famosa de Johann Sebastian Bach y se rompió de golpe aquel silencio como si se hubiera roto el hechizo que nos había dejado inmóviles, callados y a merced de aquel flautista de Hamelín embutido en mallas de ballet.

Pero la locura absoluta llegó en el segundo bis, al sonar las primeras notas de Aqualung. El Hammersmith Odeon se vino abajo y yo me elevé por encima de todo hasta el techo del teatro -que, por otra parte, no estaba muy lejos-. En ese momento, a mis dieciséis años, me sentí la persona más afortunada del planeta. Jethro Tull interpretaba Aqualung, su canción bandera para mí. No había más gente ahí dentro. Y cuando Martin Barre embistió su solo de guitarra … ¡Aquello me superó! Hice algo que no había hecho nunca y que nunca habría pensado ser capaz de hacer, tímido y vergonzoso como era. Me salió de muy adentro como un orgasmo del espíritu. Grité; en público, ante todo el mundo y sin pedir permiso. Evidentemente, nadie me oyó, salvo Anselm, el hombre tranquilo, que estaba a mi lado y me lanzó una mirada de esas suyas en plan: ¿qué mosca le ha picado ahora a éste? Me avergoncé y no volví abrir el pico en todo el concierto. Porque todavía había concierto. Faltaba la guinda final.

 

Aqualung no terminó con la cadencia final que todos esperábamos, sino que moduló en una progresión in crescendo hasta transformarse en la solemne Dambursters March, una de esas pomposas marchas que sólo los británicos son capaces de sacarse de la chistera. Nuestro anfitrión salió de escena y pensé si sería para dejar paso a algún miembro de la realeza. Parecía que en cualquier momento pudiera comparecer la mismísima reina Victoria o Enrique XIII, con sus seis esposas del brazo, para poner el colofón a la velada. Pero no; Ian Anderson regresó sosteniendo sobre la cabeza un enorme globo blanco que empujó hacia la bóveda de aquel templo sagrado. La esfera se elevó con descarada parsimonia mientras media docena de focos hendían la ​​oscuridad con su luz blanca en todas direcciones, esparciendo haces de luz a diestro y siniestro. El globo no había aún comenzado su descenso y ya despegaba el segundo; y entonces otro y otro; no sé cuantos pudo llegar a haber subiendo y bajando y retomando la ascensión, impulsados ​​ahora por un público enfervorizado, flotando dentro de aquel pequeño universo lleno de buenas vibraciones, mientras los acordes de aquella marcha triunfal, solemnemente oficiada por la guitarra eléctrica del reverendo Martin Barre se sucedían en una progresión armónica de aquellas de final feliz de cuento de princesas y príncipes con bodas postín.

Tenía los ojos húmedos cuando las luces de la sala se encendieron anunciando que aquello se había acabado. Tuve que disimular para que mis amigos no lo vieran, haciendo como quien mira algo interesante a lo lejos y ensanchando las órbitas de los ojos para evitar derramar alguna lágrima que habría delatado mi estado. A los dieciséis años no conviene dejar ver que eres capaz de emocionarte ante la belleza o, al menos, eso pensamos los hombres cuando tenemos dieciséis años. El sueño había llegado a su fin. Al día siguiente regresábamos a Palma.

Entrada a un concierto de Jethro Tull
La entrada que Joan Serra ha conservado 36 años.

Y ahora sólo me queda explicar cómo sé el día exacto del concierto y por qué yo no salgo en la foto. Hace unos días, recibí por Facebook un mensaje de Ronald con una imagen adjunta que me dejó boquiabierto. El resguardo de una entrada a nuestro concierto en el Hammersmith Odeon. Me dijo que no era suya, que era de Joan Serra, quien la había conservado hasta hoy. Se ve que la experiencia le afectó tanto como a mí o más, no en vano, Joan regresó de Londres con una flauta travesera bajo el brazo y ha sido el único de nosotros, que yo sepa, que ha hecho cosas importantes en el mundo de la música, como compositor. Yo, por mi parte, no quise volver a casa sin un recordatorio de lo que había vivido.

Bursting Out
Carátula del álbum Bursting Out de Jethro Tull

Mientras todos esperaban el autocar que nos iba a llevar al aeropuerto y se hacían la foto de despedida, con las maletas preparadas, yo me escabullí con Ronald hasta una tienda de discos. En la sección de Jethro Tull encontré la carátula de su último disco en directo, Bursting Out, con una foto de nuestro hombre arrodillado y despatarrado como le había visto hacer la noche antes, con un globo gigantesco flotando sobre su cabeza. ¡Mío!, me dije. A poco que puedas, escúchalo, si no lo has hecho todavía, y te harás una idea de lo que viví y torpe pero sinceramente he intentado describir tan fielmente como lo recuerdo, aunque debo reconocer que, habiendo escuchado tantas veces el vinilo comprado in extremis, es muy posible que mi recuerdo del concierto se haya contaminado con su versión enlatada y que parte de mi relato sea fruto de la fusión de ambos.

Con estas líneas he querido recordar, además de una vivencia extraordinaria, a las personas con las que viví ésta y tantas otras experiencias en el Colegio San Agustín. Compañeros, profesores y padres, los que están y los que han partido, los que leéis esto, los que aún no lo han leído y los que no lo leerán nunca; a todos los que fuisteis parte de ese pedazo de mi infancia y que ahora sois una parte irrenunciable de mis buenos recuerdos.

1979 Sant Agustí

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