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Una cagarruta de chivo en la médula

Si te digo la verdad, no sé ni cómo ni por dónde empezar, pero ya es hora creo yo de hablar del Infierno; de mi infierno particular; aquel que visité sin haber pedido cita previa en el primer día de agosto de 2010. Pero, por si no estás al día de lo que me pasó hace ahora 6 años, antes te pongo al corriente. Trataré de no hacerme pesado, que si no, esto se puede hacer muy largo y no es cuestión de ir perdiendo los pocos lectores que tengo. Así fue pues cómo ocurrió.

Casa de campo en Puigpunyent, Mallorca.
Mi casa en Puigpunyent

“Fueron unas buenas vacaciones que aproveché, con el buen tiempo que hizo, para quedarme en casa, en Puigpunyent, con Clara y Àngel”

Hacia el mes de marzo de aquel mal año, me encontraron allá por la nuca una bola como una avellana justo en medio del tuétano. Ependimoma tuvo por nombre la criatura. De ahí me venía aquel pelín de calambre en los dos dedos meñiques. Ya podía apretar, el fisioterapeuta, que no era cosa de contracturas; era el puto ependimoma los co … del cogote, quería decir. Hablando claro: un cáncer como una cagarruta de chivo en la médula espinal.

Nada; que me tenían que operar de urgencia … bueno, en un  principio iba a ser de urgencia; parecía que me había de morir allí mismo, si no. En el mismo despacho del médico me tomaron una vía, para que no pudiera salir corriendo, supongo, y me obligaron a quedarme. Pero al día siguiente, como no tenían las herramientas a punto y las tenían que recibir de Madrid, me dejaron irme a casa.

Una primavera y un verano de lujo

Na Clara
Clara

Estuve un par de semanas de baja y sin más dolor que una pizca de rampa en los dedos. Como ya me había hecho a la idea de todo lo que me venía encima, elegí tomármelo con calma. Fueron unas buenas vacaciones que aproveché, con elbuen tiempo que hizo, para quedarme en casa, en Puigpunyent, con Clara y Àngel, mi perrita y mi perro; ¡y qué buenos paseos dimos los tres juntos! Lástima de no haber sido temporada de níscalos.

Hasta que me llamaron de la Clínica Planas para ponerse manos a la obra. El artífice de la cagada fue un tal doctor A, de quien me habían contado maravillas. La operación consistía en abrir un hueco en mi nuca perforando el hueso para eliminar después al intruso a base de chamuscarlo con láser. La intervención fue según él un éxito. No había podido arrancar del todo la cepa, pero casi. Al cabo de unos días, ese casi se quedó en un 50%.

N'Àngel
Àngel

Cuando vi su obra en la resonancia magnética, no me pareció que me hubiera quitado la mitad del bulto; más bien parecía que lo hubiera esparcido en una constelación de mil pedazos. Pero yo me encontraba bien, había pasado el peligro y me planteaba una primavera y un verano de lujo: de baja, paseando por Puigpunyent con mis dos compañeros, tocando la guitarra y componiendo música con mi ordenador, de modo que no dije nada y me hice a la idea de que todo había ido, iba e iría bien. Una de las 3 suposiciones como mínimo no iba a ser cierta.

Una operación a vida o muerte

Al cabo de un mes y pico, el calambre había ido a más y las manos se me empezaron a cerrar. El médico dijo que tenía que volver a operarme de urgencia y a vida o muerte, con un alto riesgo de quedar tetrapléjico y con respiración asistida, porque esta vez lo tenía que dejar bien limpio. Creo que fue la primera vez que me dijo la verdad. Al menos acertó de lleno la predicción.

Aquí ya dejó de gustarme la cosa. Era evidente que, de éxito, nada de nada y además me soltó que “ahora vamos a recibir un microscopio mejor” y que “esta vez monitorizaremos también a nivel sensorial”. ¿Qué me estaba diciendo? ¿Que me había operado a toda prisa de la médula, sin tener las mejores herramientas y que estas herramientas las iba a recibir sólo dos meses más tarde? Ya podría haberlas pedido antes. ¿A mí qué más me daba esperar 2 meses? ¿Y por qué no había monitorizado la operación a nivel sensorial? Tal vez por eso me habían quedado las manos y los pies con rampa y sin tacto, que me parecía flotar más que andar, de no sentir el contacto con el suelo.

Hice lo que debería haber hecho desde un principio: pedir otras opiniones y buscar el mejor neurocirujano posible. Así que visité a los otros especialistas de Mallorca para pedirles su parecer. El doctor I de Son Dureta no pudo ser más claro al ver la obra de arte: “esto más que una extirpación parece una biopsia”. Como yo sospechaba, del 50%, nada de nada. Además me enteré de un par de cosas, por ejemplo, que ese microscopio tan bueno que iban a recibir en la Planas era el mismo que ya funcionaba tiempo atrás en la Clínica Juaneda y en Son Dureta.

Una idea clara de lo sucedido

Al final me hice una idea clara de cómo había ido la cosa. Mi médico, el doctor A, de quien nadie puso en duda su habilidad como neurocirujano, ni lo haré yo, tuvo mucha prisa por operarme en la Clínica Planas, pese a no contar con los mejores medios que sí tenían otros quirófanos de Mallorca y aunque él mismo también operaba en Son Dureta. ¿Por qué?

Pensando bien, quiero creer que por simple ambición profesional. En la Clínica Planas él era la jefe y una operación de este tipo no se ve todos los días en Mallorca. En Son Dureta, posiblemente el neurocirujano jefe, el doctor I, habría querido hacerse cargo y él habría figurado sólo como actor secundario. Pensando mal, podría preguntarme qué debió cobrar por una intervención de este nivel en una clínica privada con vocación de ganar prestigio y, por tanto, de hacer intervenciones complicadas, y qué habría cobrado en la pública; pero no lo haré (Ups!! Creo que ya lo he hecho). Por bien o mal que pensara, me había hecho bien la puñeta, el doctor A; pero como por más vueltas que le dé no lo voy a enmendar, hace ya tiempo que no pensaba en ello, hasta hoy, que me he decidido a contarlo y he vuelto a hacerlo.

Diáspora tumoral y riesgo de tetraplejia

Mientras tanto, la rampa era cada día más intensa en las cuatro extremidades y los dedos de las manos se me cerraban cada vez con más fuerza. Pronto no podría coger el volante del coche (ni otras cosas más delicadas e importantes). Tenía que decidirme. Me hablaron del doctor O, un neurocirujano mallorquín que operaba en la prestigiosa Clínica Teknon de Barcelona. Una vez al mes pasaba consulta en la Clínica Juaneda de Palma y, oh casualidad, visitaba la semana entrante. Más contento que unas pascuas pedí cita. Hicimos la visita y al ver la resonancia se sorprendió de la chapuza, pero fue más diplomático que su colega de Son Dureta, el doctor I, y quiso suponer que, al doctor A, le debía haber surgido alguna complicación que justificara haber dejado el trabajo a medias. Reconoció, eso sí, que aquella diáspora tumoral le complicaba bastante el trabajo y que el riesgo de tetraplejia con respiración asistida estaba. Pero lo mencionó sólo de pasada, porque -lo recuerdo como si fuera hoy- “a usted ya la han asustado bastante”, dijo; ¡Pues se habían quedado cortos! Pusimos día para la operación: 28 de julio.

Paseando en familia por Puigpunyent
Paseando en familia por Puigpunyent

Como no podía arriesgarme a seguir conduciendo, muy a mi pesar, dejé Puigpunyent y bajé a Palma. Yo aun no lo sabía, pero no volvería a pasear nunca más por los amados encinares que rodean el Galatzó. Dejé a Clara y a Àngel, con Carmen, mi mujer, y los otros perros y fui a pasar las últimas semanas de julio con mi padre, en el Coll den Rabassa. La espasticidad me vencía. Ya no podía coger una lata de cerveza sin aplastarla. Fiestas de Cala Gamba, el gol de Iniesta en Sudáfrica y últimas cenas con los amigos. Aquellos fueron, sin yo saberlo, mis últimos días en el Edén.

Ni rastro del tumor y viaje al Infierno

Di el salto a Barcelona con mis hermanos, Tomeu y Raimond. La clínica parecía un hotel de lujo; tenía incluso un “botones” que te acompañaba a la habitación. La operación pareció ir bastante bien. Como después vi en la resonancia, lo dejó todo bien limpio; no quedó ni rastro del tumor. Un solo día en la UCI y a los dos de estar en la habitación, ya me sentaba en la butaca.

Mis hermanos volvieron a Palma y vino Carmen que, pese a haber decidido los dos, un par de meses atrás y de buen rollo, dejar de vivir juntos, quiso venir a estar a mi lado; y salió mal parada, porque le tocó vivir la peor parte de la historia. Estando con ella en la habitación, me mareé; tras un rato tumbado en cama, mi cuerpo se fue agarrotando progresivamente. Carmen llamó al médico de guardia que me tomó las constantes y dijo que todo estaba bien. Yo ya no podía moverme ni mucho ni poco y me costaba respirar.

Viendo que el de guardia no sabía hacer otra cosa que tomar constantes, pedí que llamaran a la doctora Gualis, de la UCI. En un instante la tuve a mi lado. La parálisis ya me oprimía los músculos que hinchan los pulmones y ya casi no me entraba el aire. Recuerdo haberla oído ordenar llevarme volando a la UCI, justo antes de perder el conocimiento. Lo recuperé brevemente para ver que me metían en la máquina de resonancias -después supe por la doctora que, de camino, me había practicado una traqueotomía de urgencia-. Me desperté en el Infierno.

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