Disponible en: Catalán

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De octubre de 2018 a esta parte, las Crónicas del Zorba se han ido distanciando de cada vez más. Por aquel entonces empecé a estudiar narrativa en la Escuela de escritura del Ateneu Barcelonès y a escribir relatos breves aplicando las técnicas estudiadas. Ahora, mientras consigo desatascar esas crónicas de Cala Tuent, donde las dejé varadas en noviembre pasado, quiero compartir contigo alguno de esos relatos escritos a lo largo de estos dos años.

El primero de todos, Un crack o un pringado, nació como un simple ejercicio. Debía narrar la escena de un robo en un cajero automático, primero mediante un narrador cámara (describe la escena sin saber qué piensan ni qué sienten los personajes) y luego desde un narrador externo focalizado en el ladrón. La extensión permitida no me dejó darle a la escena el final que quería. Después se lo añadí y así me quedó.


Un crack o un pringado

 

I

Una lenta cadencia in crescendo de golpes secos, acompasados, rompe la oscuridad fría y húmeda que adormece la calle. Una farola derrama una luz turbia alrededor de un cajero automático. Una sombra pequeña y pesada se convierte, a medida que entra en escena a toques de bastón, en un hombre encogido por el peso de muchos inviernos. Un abrigo negro lo arropa, una bufanda blanca le envuelve el cuello, un sombrero gris le cubre la cabeza, unas gafas de pasta con lentes gruesas le desdibujan los ojos. El hombre llega al cajero, se encara con él y se cuelga el bastón del brazo.

Al otro lado del cruce, un punto candente inflama la aguada negrura, cae a tierra y se funde. Los dedos temblorosos del hombre deshacen un botón del abrigo y, de una cartera de piel marrón, sacan una tarjeta de crédito. Con sudadera gris, pantalón de chándal blanco y deportivas rojas, un encapuchado sale a la penumbra y cruza ligero la intersección a largas zancadas.

El hombre inserta la tarjeta en el cajero y su dedo ejecuta el trámite. La máquina exhala un rumor metálico antes de escupir el plástico y un billete azul que huele a papel nuevo. El hombre recoge con parsimonia la tarjeta y el dinero. El encapuchado irrumpe en el círculo de luz. El hombre lo guarda todo en su cartera. Unas manos ágiles se la quitan.

—¡Eh! ¿Pero qué hace? —dice agarrando a su agresor por la manga.

—¡Suéltame, viejo de mierda!

El hombre deja caer el bastón hasta su mano, lo empuña y lo blande contra el costillar del ladrón. Un tirón lo derriba mientras un crac de ropa quebrada rasga la noche.

Nadie oye el golpe sordo del hombre al caer, el crujido de un vidrio roto, un grito pidiendo ayuda ni las pisadas rojas de unas deportivas salir raudas de escena. Porque no hay nadie en la calle; tan sólo un hombre viejo, un sombrero, un bastón y unas gafas con un cristal quebrado esparcidos sobre el suelo frío y húmedo, bajo la luz turbia que derrama una farola.

Nadie ve al hombre recoger sombrero, gafas y bastón ni cómo se incorpora temblando. Nadie lo oye gritar ¡malnacido! con voz impotente. Nadie lo ve engastarse el sombrero, sacudirse el abrigo, componerse la bufanda ni deshacer cojeando el camino a su casa. Nadie lo ve llegar al portal de la vieja finca de pisos donde vive.

Alguien que estuviera en el rellano de la escalera lo vería empujar la puerta, entrar, sacar unas llaves y abrir el buzón que lleva su nombre. Pero no hay nadie. Nadie le ve la cara de estupor cuando, entre un montón de propaganda, encuentra una cartera de piel marrón con un billete que huele a papel nuevo, cual recién salido de un cajero.

II

De la entrada de un caserón que huele a meados, domina el cruce y el cajero automático de enfrente. Tiembla. Saca un paquete de tabaco y el mechero, se pone un cigarrillo en la boca y lo enciende. Echa una larga calada. El humo le calienta el pecho y le calma los nervios. Esta noche será su bautismo de fuego.

Siempre ha sido buen chico, pero está harto de ser un pringado; harto de su padre, de su madre y de su malhumorado abuelo. ¡Tofolet haz esto! ¡Tofolet haz aquello! A Tòfol no le gustan los viejos. Molestan y huelen a viejo. Y detesta que le llamen Tofolet. Tino le llama Cristoph. Tino es un crack; lleva tattoos y piercings, pero son caros y Tòfol no tiene pasta. Por eso está ahí, a punto de estrenarse, con un frío de cojones en un portal maloliente. Tienes que ser más cabrón, dice Tino. ¿Quieres ser un crack o un pringado?

Alguien se acerca al cajero. El pecho de Tòfol palpita. Es un viejo. Tòfol duda. No me gustan los viejos. El viejo llega al cajero. Es ahora o nunca. Tofolet o Cristoph. Un crack o un pringado. Una última calada, tira la colilla al suelo y sale de su madriguera. Ligero, a largas zancadas, atraviesa el cruce. El rumor metálico del cajero le indica que llega tarde. Acelera. La sangre le escalda las sienes. Tres metros, dos, uno. Le quita la cartera al viejo.

—¡Eh! ¿Pero qué hace?

Una mano le agarra la manga.

—¡Suelta, viejo de mierda!

Un dolor intenso en las costillas, un tirón, un crujido de ropa rasgada, el golpe sordo de un cuerpo que cae a tierra y Christoph sale de escena a la carrera.

Sudoroso y dolorido, se sienta a saborear su botín.

—¿Veinte euros? ¡¿Veinte putos euros?! ¡¿Toda esta mierda por veinte euros de mierda?! ¡Vaya mierda vaya mierda vaya mierda!

Tòfol acompaña esta letanía golpeando el banco con su puño y pateado en el suelo. Incrédulo, registra a fondo la cartera. El carnet de identidad muestra la cara del viejo. ¡Joder! Faustino Bordoy. Este viejo se llama igual que Tino. Más carnets, tarjetas, fotos. Una en blanco y negro de una mujer joven, una en familia y… Tòfol se quiere fundir. Los ojos le hacen chiribitas, las piernas le flaquean y su vientre amenaza tormenta. Un primer plano del viejo con Tino abrazados en plan colegas. ¡Es el puto abuelo de Tino! Su cerebro bulle. ¿Qué hago? Una idea: el carnet; la dirección. No cae lejos.

Tòfol corre. Como si el mundo le empujara. Llega. La puerta está abierta. Entra. Una cadencia de toques secos, acompasados, rompe la oscuridad. Una sombra pequeña y pesada da la vuelta a la esquina cojeando. Un encapuchado cierra la puerta de una finca de pisos viejos y se diluye en la noche.

 

Fin

 


 

Y eso fue todo.

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Salud y que tengas un buen día.

 

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