Disponible en: Catalán

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Imagen de portada: Arturo observa el mar. Foto: Rafel Jaume.

 

Esta historia es la continuación de 

      1. Mi Romance con el Zorba
      2. Centinelas de una Mar Inmensa
      3. Cabrera es…
      4. Cabrera a Vista de Halcón
      5. Cabrera a Oscuras
      6. El Alcalde de Cabrera y la Paradoja de Teseo
… la desilusión había ido carcomiendo el entusiasmo inicial de aquel escuadrón de centinelas del mar… Foto: Rafel Jaume.

El embate jugaba dulcemente con las olas, les daba forma, las redondeaba, las hacía a todas parecidas pero peculiares a la vez, sin permitir que ninguna de ellas se atreviera rivalizar con las demás. Cada vez que una pretendía destacar sobre las otras, en altura o en premura por besar la orilla, la castigaba condenándola a deshacerse en una eclosión de espuma. Esta juguetonería del viento ponía trabas a nuestra tarea de atisbar cualquier indicio de vida marina, más allá de las ya familiares pardelas, y de algún paíño que de vez en cuando rompía con su batir de alas juguetón y descompasado la monótona elegancia con que las primeras sobrevolaban la sinuosa superficie del agua.

El Zorba navegaba a motor, con la mayor y la mesana izadas y con la trinqueta y el génova desplegados. El cielo había despertado encapotado y la superficie terrestre no se había caldeado lo suficiente para que el embate empujara la nave con la fuerza que hubiera deseado el patrón. Por eso había renunciado al placer de navegar puramente a vela. Lluis quería fondear en alguna cala resguardada cerca de Capdepera antes de que la oscuridad le impidiera elegir una buena clapa de arena donde largar el ancla sin dañar los algares del fondo; pero no quería perder tampoco la ocasión de hacer algún avistamiento importante y, para ello, había que adentrarse en alta mar.

… y la cubierta del Zorba parecía más un balneario que una atalaya de vigilancia. Foto: Rafel Jaume.

Tras la euforia y la excitación a raíz de haber visto esa mañana la solitaria aleta de un delfín -falso augurio de una fructífera jornada- que identificamos y registramos como Tursiops truncatus, anotando las coordenadas y su rumbo, la desilusión había ido carcomiendo el entusiasmo inicial de aquel escuadrón de centinelas del mar y la cubierta del Zorba parecía más un balneario que una atalaya de vigilancia. A media mañana, a pesar de las cuatro nubes deshilachadas que apaciguaban tímidamente la luz cenital, suavizando su brillo y favoreciendo la visibilidad, el mar era un collage de sombras grisáceas, reflejos metálicos y blancas rompientes. Nuestros ojos desenfocaban y el runrún del motor invitaba más a echar una cabezada que a otear el horizonte. Tras horas sin divisar ninguna otra aleta, ningún resoplido ni -el sueño de cualquier oteador marino- ninguna cola de cachalote alzándose poderosa sobre las aguas, muchos de los sufridos vigías habían desistido de ser los primeros en gritar el mítico “¡por allí resopla!” inmortalizado por Melville y dormitaban perezosos sobre cubierta, tomando un sol tenue en apariencia, pero suficientemente cálido para hacer agradable la siesta.

El almuerzo alivió momentáneamente el aburrimiento y el buen humor volvió a bordo. A media tarde, cuando ya habíamos aceptado la mala disposición de Poseidón a dejarnos disfrutar de la placentera compañía de sus criaturas, alguien rompió el tedioso silencio. -¡Allá se ve algo!– Sólo los que aún manteníamos la guardia hicimos caso. El resto estaban hartos de falsas alarmas y todos habíamos comprobado cuán fácil es vislumbrar a lo lejos la aleta de un delfín o el rebufo de una ballena cuando tus ojos no desean ver nada más. Esta vez, sin embargo, la cosa parecía distinta.

… todos mirábamos hacia el objeto flotante no identificado, entrecerrando los ojos… Foto: Rafel Jaume.

¡Es algo blanco! -describía impreciso el oteador sin apartar la mirada de sus prismáticos.

-¡Será una rompiente! -replicaba aburrido, con una mezcla de sorna y apatía alguno de los dormitantes.

-¡No! ¡No es espuma! ¡Es algo que flota… y parece bastante grande!

Al oír esto, Lluis cogió unos prismáticos y fue hacia el lugar de donde había venido la voz de alarma mientras Magdalena hacía levantar el culo a los más perezosos para que todos participaran del hallazgo, fuera cual fuera su índole. En un instante, todos mirábamos hacia el objeto flotante no identificado, entrecerrando los ojos y protegiéndose la vista del sol con una mano los que no habían podido hacerse con unos prismáticos.

A Magdalena le tocaba el papel de ser la cara seria de a bordo. Aunque le gustara como al que más una risa y reía a placer cuando era el momento, su rol de monitora le obligaba a mantenerse firme, marcar los ritmos de la navegación y cumplir rigurosamente el programa establecido. Durante aquella larga travesía, había intentado mantenernos ocupados y distraídos, alternando la vigilancia con charlas y debates sobre temas que iban saliendo, procurando que cada uno aportara sus puntos de vista, sus conocimientos y su experiencia personal.

Lucía una melena larga, ondulada y castaña que le caía con naturalidad y total libertad sobre los hombros. Foto: Rafel Jaume.

Su hablar era dulce, pausado y calmado, rehuía alzar la voz, evitaba las estridencias y su discurso surgía fluido y claro. Estudiante de geografía, había sido educadora ambiental del GOB. Pese a su juventud, se la veía preparada y parecía tener vocación para la docencia. Cuando no ejercía de monitora, dejaba a un lado el papel de moderadora y se integraba discretamente en el grupo como una más. Su carácter abierto la predisponía a conversar de cualquier tema que tuviera un mínimo carácter cultural. Lucía una melena larga, ondulada y castaña que le caía con naturalidad y total libertad sobre los hombros. Lejos de molestarle, parecía disfrutar de sentirla mecida por el viento y no querer castigarla aprisionándola con recogedores, pañuelos ni gorros.

Aquella mañana, había aprovechado que bordeábamos Conejera y el reguero de islotes que parecen querer hermanar Cabrera con Mallorca, para hablar de su peculiar fauna. Cada uno de ellos, había explicado, es el hábitat de una subespecie endémica propia de lagartija balear, al igual que cada uno de los islotes que rodean Mallorca y Menorca. En las dos Gimnesias mayores, llevan décadas extintas a causa de la introducción de predadores foráneos. Las que toman el sol en las murallas de Palma, de un verde más pálido, son lagartijas de las Pitiusas, que fueron introducidas gracias a la proximidad del puerto y colonizaron este peculiar hábitat vertical.

L’Esponja, Na Plana, Na Pobra, un par de islotes menores y, finalmente, Na Foradada pasaban ante nuestros ojos por la amura de estribor. Luego, el Zorba viraba mar adentro y se alejaba de la costa mallorquina para surcar aguas más profundas, con la esperanza de avistar alguna bandada de delfines, tortugas o algún otro animal más grande. Pero había sido en vano y el tedio se nos había instalado a bordo como un polizón incómodo. Ahora, un misterioso objeto blanco flotando a la deriva parecía querer librarnos del malévolo influjo de ese molesto intruso. Las primeras predicciones auguraban el trozo de un barco naufragado, la boya de algún palangrero o la defensa extraviada de una barca de eslora considerable, abandonada a su suerte por la falta de pericia de algún torpe marinero, pero no fue nada de eso. Poseidón nos tenía reservada una macabra sorpresa.

La mirada vacía de una cría sonriente de delfín listado, con una fea herida punzante debajo de un ojo, nos observaba desde la cubierta del Zorba. Foto: Rafel Jaume.

Lluis puso proa hacia él y, a medida que nos acercábamos, nuestras peores sospechas, las que nadie había osado confesar en voz alta, se hacían evidentes y nos encogían el corazón por momentos, como quien estruja una esponja. Sobre la oscura agua azul, flotaba el cuerpo inerte de un animal muerto, demasiado largo para ser un pez, pero muy pequeño para ser un cetáceo. Y eso resultó ser precisamente: el cadáver de un pequeño delfín de un metro de largo.

Con la ayuda de un cabo con nudo corredizo y de un salabre grande, los marineros lo izaron a bordo. La mirada vacía de una cría sonriente de delfín listado, con una fea herida punzante bajo un ojo, nos observaba desde la cubierta del Zorba y acababa de chafarnos la jornada. Solo nuestra indignación superaba la desolación y la tristeza que habían tomado el control del barco a la luz de aquel funesto hallazgo.

Magdalena llamó a la oficina de Greenpeace de Palma para informar y pedir instrucciones. Dijeron que registráramos el avistamiento, midiésemos el delfín, lo fotografiáramos y lo devolviéramos al mar. Ellos hablarían con la responsable de pesca para preparar un comunicado de prensa. Minutos más tarde, la pesadilla se repetía. Una segunda cría de Stenella coeruleoalba nos hacía variar otra vez el rumbo y nos sacudía de nuevo el alma. Repetimos la operación. Era algo mayor que la primera, con una herida similar bajo el ojo, pero con la cola mutilada… y el mismo semblante risueño.

Intentando encontrar una explicación mínimamente razonable a aquella salvajada alguien sugirió que el animal habría quedado atrapado en una red y probablemente ya estaría muerto mientras lo izaban con un bichero y cuando le cortaban la cola para desenredarlo. Pero el ojo médico de Arturo tumbó la benévola suposición: la herida de la cola había cicatrizado, por tanto, el delfín estaba vivo durante la amputación y habría muerto desangrado. El diagnóstico nos arrancó lágrimas de rabia a más de uno, mientras el rostro alegre de la inocente criatura parecía querer romper el sentimiento general de rabia y tristeza con su perenne sonrisa. Tan solo algún impotente “¡hijos de puta!” pronunciado en voz baja quebraba el silencio.

Todos sabíamos lo que eran las redes de deriva: trampas mortales kilométricas que, además de esquilmar de peces los mares, capturan incidentalmente cada año montones de cetáceos, tortugas y aves marinas; pero hasta aquella funesta tarde, no habían pasado de ser para mí poco más que un mito; una de tantas cosas sobre las que lees y das por hecho su existencia sin tener ninguna prueba fehaciente de ella. Ahora, a bordo del Zorba podía contemplar, tocar y oler la más cruel, áspera y amarga constatación de que haberlas, haylas.

Era bien sabido que, cada temporada, pesqueros italianos faenaban en el mar Balear con esas malas artes. Greenpeace había denunciado también la presencia de pesqueros españoles calándolas en el mar de Alborán y abogaba por su prohibición absoluta en aguas de la Unión Europea. En 2002 se conseguiría, pero todavía en agosto de 2017, dos tortugas marinas jóvenes aparecerían muertas, envueltas en restos de red de deriva en aquellas mismas aguas.. La estéril jornada de avistamiento acababa con un siniestro y triste hallazgo. El dios de los mares nos había querido enseñar que los delfines agonizan y mueren sonriendo, pero que su sonrisa no es precisamente de gozo.

Poseidón había decretado una noche de solemne luto absoluto; dos de sus criaturas más tiernas no verían el día siguiente. Fotos: Rafel Jaume.

Mientras nos acercábamos a la orilla para fondear, el mar se vestía de negro, el cielo oscurecía, la tierra se templaba, el embate enmudecía, el amable terral tomaba su lugar y dejaba la superficie marina lisa como un estanque helado. Poseidón no andaba de humor ni estaba para juegos. Había decretado una noche de solemne luto absoluto; dos de sus criaturas más tiernas no verían el nuevo día. Esa noche no hubo canciones ni risas a bordo del Zorba. Esa noche hablamos. Hablamos del mar, de la tierra, de la vida que alojan, de la muerte y hablamos del hombre. Yo recordé una fábula que había escrito un año atrás para un trabajo de magisterio, me pareció adecuada para la ocasión y la conté. Tampoco estoy muy seguro de haberla contado aquella noche, pero si no lo hice entonces, lo haré ahora…


La Abubilla y el Mirlo

Prefacio

A principios de los años 90 me fui a vivir por mi cuenta. Había encontrado un estudio pequeño -muy pequeño- de 30 metros cuadrados terraza incluida, pero muy acogedor para mi gusto y fácil de limpiar, en el tramo del Arenal de Palma conocido como les Meravelles

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Así me ha venido a la memoria y así te he contado mi historia.

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