Disponible en: Catalán

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Imagen de portada: el Cabo de Formentor. Foto: Rafel Jaume.

Esta historia forma parte del relato Mi romance con el Zorba y viene a continuación de La abubilla y el mirlo.

Mayo del 98. El Zorba flota a la deriva en alta mar… Foto: Isa Torres

Mayo del 98. El Zorba flota a la deriva en alta mar sobre un agua tersa como la de una alberca. Pinxo ha apagado el motor y nos ha mandado a Emili y mí botar el dingui. Quiere aprovechar la encalmada para llevar a cabo alguna tarea de mantenimiento en el casco; no recuerdo cuál, pero tampoco viene al caso. El hecho es que ahora mismo, él está a bordo de la pequeña lancha neumática. Mientras Emili escucha sus instrucciones, yo ato la amarra al guardamancebos con uno de los pocos nudos que ya conocía antes de esta primera experiencia como marinero. Todos estamos pendientes de Pinxo y nadie se percata, hasta que es demasiado tarde, de la amarra que serpentea lánguidamente sobre la superficie del agua. El dingui, con nuestro patrón de pie a bordo, va la deriva y una invisible corriente lo aleja lentamente del Zorba.

-¿Cómo lo has atado? -me pregunta Pinxo encogiéndose de hombros con las manos abiertas y ligeramente separadas del cuerpo, como hacen los futbolistas cuando piden explicaciones al árbitro por una falta que están seguros de no haber cometido.

-Con un ballestrinque- digo yo convencido de mi buen hacer.

-¡¿Con un ballestrinque?! -me increpa él incrédulo llevándose las manos a la cabeza, como cuando al futbolista el árbitro le muestra la tarjeta amarilla.

A continuación, pone los puños en jarras y me mira con una risita condescendiente, meneando la cabeza y con cara de “ya hablaremos tú y yo”, como cuando el futbolista quiere hacer ver al árbitro que no tiene ni puñetera idea pero que total no tiene remedio.

Ahora se dispone a coger los remos. Mira a ambos lados de la barca auxiliar y, con cara de no creerse lo que le está pasando pregunta de un grito, desde una ya considerable distancia, mirándome primero a mí y después a Emili: -¡¡¿Y los remos?!! – Emili y yo miramos los remos sobre la cubierta del Zorba, nos miramos el uno al otro y encogemos los hombros como hacen dos defensas centrales tras encajar un gol chorra. Ninguno de los dos nos atrevemos a decir nada. La sensación de compartir con Emili la culpabilidad de esta segunda pifia me consuela un poco, pero dudo que a él le consuele lo más mínimo compartirla conmigo.

Pinxo pone cara de que él será el último en lanzarse al mar. Foto: Mercedes Alba.

Pinxo se hace pequeño por momentos. La corriente se lo lleva a él, al dingui y a la pérfida amarra huidiza, liberada tenazmente de mi nudo infame, que me ha hecho quedar como una gilipollas. El Zorba ha quedado sin patrón y ninguno de los dos marineros reaccionamos. El resto de la tripulación contempla por la amura de babor la deriva lenta pero inexorable de su comandante en jefe, al pairo, con rumbo desconocido hacia el inmenso azul. Alguien debería hacer algo, pero el día está frío, el agua promete estar helada y a nadie le apetece un chapuzón. Pinxo pone cara de que él será el último en lanzarse al mar.

Cuando ya parece inminente la condición de náufrago de Pinxo, un repentino temblor sacude la cubierta y nos saca a todos del alelamiento en que su involuntaria partida nos ha sumido. Una serie de explosiones lo acompaña; la primera, sonora, grave y contundente; las siguientes, cada vez más agudas, sordas y acompasadas en un molto accelerando que concluye en el ya familiar runrún del Barreiros azul de 160 caballos que había estado dormitando bajo cubierta. El etéreo aroma del gasóleo se amalgama con el dulce hedor del humo en nuestras fosas nasales y una sensación de alivio nos invade -a Emili y mí más que al resto-. Nadie tendrá que nadar hoy para rescatar el dingui y a su atribulado tripulante. Alicia, que, además de monitora, es una experta marinera y conoce el Zorba desde el inicio del proyecto, ha puesto en marcha la máquina y, aferrada al timón, ya pone proa hacia la lancha auxiliar.

En cuestión de segundos Pinxo será rescatado y en cuestión de minutos yo me tendré que enfrentar a las consecuencias de mi torpeza. ¿Cuarenta latigazos? ¿Pasarme por la quilla? ¿Colgarme del palo de mesana por los pulgares? Pinxo se limitará a mirarme de arriba abajo y a repetir con una sonrisa condescendiente: ¿un ballestrinque? Tal vez habría preferido alguno de aquellos castigos más clásicos; habría sido más doloroso, pero también más épico y menos humillante. Emili, en cambio, se llevará un buen rapapolvo por no haber estibado los remos en el bote. Eso me hará sentir culpable; los dos nos hemos descuidado y, sin mi penosa maniobra de amarre, nada de esto habría sucedido. Pero Emili asumirá estoicamente la culpa y no me tendrá en cuenta el trato de favor recibido del patrón.

Durante la cena de despedida, en Es Pinzell, con Pepe Céspedes presidiendo la mesa. Foto: Pep de Es Pinzell. (Archivo Rafel Jaume).

Más tarde, me explicará que el ballestrinque se deshace fácilmente cuando el cabo atado no está sometido a una tensión constante, como es el caso de la amarra de una barca balanceada por el vaivén del mar, y que se le debe añadir un cote, un nudo simple, para que sea fiable. Durante la cena de despedida, en Es Pinzell, alguien recordará mi proeza entre risas y tragos de vino y Pepe Céspedes, omnipresente en aquellas bacanales de fin de navegación, no perderá la ocasión de adoctrinarme con uno de sus dichos más célebres: “con un ballestrinque y un cote no se escapa ningún bote”.

Dos años y algunos meses antes, el Zorba zarpaba a primera hora de la mañana de Es Caló, entre el Cabo Ferrutx y Betlem, en el extremo oriental de la bahía de Alcudia, rumbo al Cabo de Formentor. La noche nos había hecho olvidar por unas horas la dramática muerte de los dos delfines. Comenzaba un nuevo día. Desayuno, zafarrancho, charla sobre alguna campaña de Greenpeace y a vigilar las olas por turnos se ha dicho. Por la amura de estribor, el horizonte y, flotando sobre él, la azulada silueta de Menorca. A babor, la bahía de Alcudia, casi salvaje en su primer tramo, en el término de Artà, donde el virgen arenal de Sa Canova, en el término de Artà, y la vasta costa de Son Real en Santa Margalida permanecen aún intactos ante la voracidad de constructores y hoteleros; urbanizada, explotada y expoliada de sus encantos casi tanto como la de Palma en su mitad occidental, donde sólo las dunas de Es Comú de Muro, protegiendo la Albufera de los temporales de tramontana y protegidas por la condición de parque natural del humedal, sobreviven vírgenes a la vorágine del cemento y del todo vale.

Las horas tempranas de mar plana no nos regalaron ningún avistamiento. A media mañana, un tibio y amable levante se imponía al enclenque embate que no acababa de encontrar su lugar aquella mañana de primavera y el Zorba desplegaba poco a poco todo su velamen. Callaba el motor. Hoy sí habría suficiente viento para navegar sin rasgar el silencio. Decidí romperlo yo. Aprovechando mi turno de descanso, saqué mi guitarra a cubierta para practicar cuatro arpegios. Pronto tenía compañía y, como no era cuestión de aburrir la audiencia, pasé a tocar algo más agradable al oído. Entonces, descubrimos que yo no era el único músico a bordo. Arturo me acompañaba haciendo sonar una flauta dulce con una destreza que nos sorprendió a todos.

… a proa, imponente y colosal, la rocosa mole del Cabo de Formentor. Foto: Rafel Jaume.

Ese hombre era una caja de sorpresas. Se sabía un buen puñado de canciones y, conocedor, por mi repertorio guitarrístico, de mis gustos musicales setenteros, me preguntó si me sonaba una melodía que acometió con decisión y soltura. ¡Vaya si la conocía! La armonía era sencilla. Los acordes no podían ser más fáciles. En un instante, estábamos tocando In dulci jubilo, el villancico que versionó Mike Oldfield a mediados de los 70. Le siguieron Portsmouth y The sailor’s hornpipe. No estoy seguro, pero imagino que también lo intentamos con la inevitable, habiendo una flauta de por medio, versión sincopada de Jethro Tull de la Bourrée en Mi menor de J. S. Bach. Así nos entretuvimos y entretuvimos al personal un buen rato, pero no conseguimos que la música sirviera de reclamo; los delfines, indiferentes a nuestra improvisada actuación, seguían sin hacer acto de presencia.

En pocas horas superábamos el Cabo Pinar, uno de los escasos reductos vírgenes por obra y gracia del ejército español. A babor, la preciosa bahía de Pollença; a proa, imponente y colosal, la rocosa mole del Cabo de Formentor. A medida que nos acercábamos, me iba haciendo la pregunta que cualquier mallorquín mínimamente letrado se habría hecho: ¿cuál de aquellos pinos que retorcían “por las rocas sus poderosas raíces” sería, si es que aún estaba vivo, el ilustre vegetal del que nos habló Miquel Costa i Llobera? La pregunta era, lo reconozco, algo tonta. Si cuando mosén Costa escribió El pi de Formentor, el árbol en cuestión ya era “más viejo que el olivo”, seguro que debía de estar muerto, seco y carcomido hasta la cepa, por más vida que hubiera recibido de “los amores del cielo”. En cualquier caso, tampoco era yo tan ingenuo entonces -o quiero pensar que no lo era- como para no entender el carácter alegórico del poema. Así, cualquiera de los Pinus halepensis que sacudían “sobre las nubes su cabellera real” podía ser perfectamente aquel “árbol sublime” que inmortalizó el poeta.

Hoy, sin embargo, releyendo el poema desde mi forzado retiro, me pregunto si el sufrido pino no debía estar hasta los pelos de las raíces de luchar “con los vientos que azotan la ribera”, por más que su resistencia a los elementos, la precariedad y las adversidades despertara la admiración de literatos y pintores deseosos de idealizar su existencia. -¡Quédate tú, aquí, a “acechar el infinito” y a soportar los bramidos de los vendavales, a ver si te entrarán muchas ganas de reír y cantar! -les habría dicho yo, de haber sido el venerable pino.

El Cabo de Formentor con el Cabo de Catalunya al fondo. Foto: Rafel Jaume.

Ahora pienso y quiero creer que aquel noble árbol, cansado de tanto rayo y tanto viento, de “reinar sobre la altura y alimentarse y vivir de cielo y de luz pura”, un buen día debió decir basta, desprendió sus raíces y se precipitó para ir a conocer de cerca a la “inmensa mar” que tantos años, cautivo de “la áspera cordillera”, había visto, escuchado y olido solo de lejos. Quiero creer que su cuerpo, descortezado y empapado dulcemente en agua salada, descansa por fin junto a alguna playa ignota, mecido por las olas, exhausto de hacer el amor con el mar.


Sentado en el Bauprés, Cabalgo sobre las Olas

El Zorba sobrepasa Formentor y un nuevo escenario se abre ante nuestra vista. A proa, la alta mar, sugeridora de aventuras mayores que más adelante habré de catar…

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